El susurro de las amapolas 53
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La mujer que vivía sin vivir

Un chirrido metálico arranca a Amaia del sueño. No es difícil despertar a la matriarca de la familia, porque desde hace años duerme con un ojo abierto y con el otro medio cerrado.

Desde el día del incidente. Desde el día en el que dejaron atrás todo lo que eran. Desde el día en el que Amaia Marín cometió el peor error de su vida con el cañón de una pistola.

Por eso ahora vive en un estado de alerta permanente, agudizando sus cinco sentidos para estar preparada cuando suceda algo terrible.

Esta noche van a llevarse a mis hijos , piensa, desesperada.

Se levanta tambaleándose de la cama y se dirige hacia la mesilla, donde guarda una pequeña pistola que solo se permite utilizar en caso de defensa propia.

Nunca antes del incidente había disparado un arma y, sin embargo, las balas de esa pistola acabaron con la vida de dos hombres.

Las primeras tres balas impactaron en el cuerpo de un mismo hombre. Tres disparos, misma víctima. La cuarta bala que salió del cargador atravesó el pulmón de un pobre diablo y le cortó la respiración en el acto.

Del primer cadáver Amaia prefiere no recordar nada, pero el segundo viene a ella todas las noches como un flashback en forma de pesadilla recurrente.

Una noche como otra cualquiera hace un año, un extraño se coló en su casa sin que le vieran. Sonó un chirrido metálico, igual que el que le ha despertado esta noche.

No grites .

Agarró la pistola, solo por si acaso y le puso el silenciador. Aun confiaba en que hubiera sido el viento moviendo las ramas.

No fue el caso. Cuando llegó al salón vio a la figura humana encapuchada portando un cuchillo en su mano.

No grites .

Forcejearon y lucharon. Él le hizo una hendidura en el muslo. Ella le rompió la nariz. Él le asestó varios golpes en las costillas. Ella le dio algunos cabezazos.

Antes de que el atacante diera por finalizada la pelea, le susurró a Amaia al oído: el patrón te manda recuerdos desde el infierno .

No grites .

Y Amaia, como buena madre coraje, como buena guía del clan familiar, sacó las fuerzas de donde no había y agarró la pistola.

Un disparo certero en el costado derecho. El pequeño trozo de metal le perforó el pulmón. Murió casi al instante. En plena agonía antes de desfallecer, Amaia le susurró al matón: cómeme el coño, pedazo de mierda .

Y el encapuchado soltó su último suspiro.

Los niños no se enteraron y Amaia se pasó el resto de la noche cavando la tumba en el jardín.

Por eso ahora, cada vez que escucha un ruido, Amaia se pone en modo supervivencia y activa un sexto sentido.

Lo que sea por proteger a mis hijos , piensa.

Inspecciona toda la casa en busca de un intruso no deseado, calculando minuciosamente los pasos que da para no hacer crujir la madera que recubre parte del suelo.

Y llega a la habitación de los niños. Y descubre lo más aterrador que puede llegar a ver una madre.

Las crías no están en el nido.

Alguien se las ha llevado.

Va corriendo otra vez a la habitación de matrimonio para despertar a su marido.

—Marco... alguien se ha llevado a los niños —le susurra mientras le agita para despertarlo—, no están en la habitación.

—Nena, estarán en otro lado de la casa. Nadie se los ha llevado. Tienes que descansar, no estás bien —intenta tranquilizar su marido, sin éxito.

—¡¿Qué me estás llamando?, ¿loca?! —ruge enfurecida—, ¡sabré yo lo que le pasa a mis hijos, que les he dado de mamar!

Amaia deja a su marido con la palabra en la boca y sale a toda prisa de la casa.

Cuando llega al porche, se le bajan los humos. Los niños están jugando con unos bichos en un tarro. Amaia respira, tranquila. Nadie se los ha llevado. Ya les regañará mañana por el susto, que ahora es muy tarde.

Lo último que hace antes de volver a dormirse es guardar el arma de fuego de nuevo en el cajón.