El susurro de las amapolas 52
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El sin nombre

Las búsquedas en Google suelen ser una tarea aparentemente sencilla.

Lo que no resulta tan fácil es encontrar el nombre del responsable de toda una masacre. Y mira que es raro, porque en el momento en el que sucede un acto de tal magnitud, los buitres salen a la caza de jugosos titulares y todo se expande más rápido que un virus.

Pero no hay nada, ni siquiera el nombre.

La única información relevante del caso es el día de la detención, y la foto que ocupa el espacio en la noticia es la del pueblo.

Es como si hubiesen borrado el rastro , piensa Julia. Y razón lleva. Lo que no sabe es que hubo cierta persona encargada de manipular los periódicos, que hizo que ciertos archivos se perdieran en algunos incendios inoportunos y que testigos fundamentales acabaran cosidos a machetazos en callejones.

(Pero mejor no nos adelantemos, que queda mucho camino por delante).

El nombre es el dato que le falta para esclarecer toda esta historia, pero no sabe de dónde sacárselo. No puede inventarse un truco de magia y meter la mano en la chistera para que salga un recorte de periódico con el nombre.

No. No puede hacerlo.

Pero lo que se le acaba de ocurrir dice lo contrario.

Julia tiene un plan que arranca dentro de diez minutos.

Solo tiene ese pequeño lapso de tiempo para ejecutar su estrategia, porque la dueña del motel (esa bruja amargadísima) se va a comer dentro de diez minutos.

Y cuando se va del motel cierra con llave el despacho.

¿Qué hay de valor en un despacho de un motel mugriento? Para la gente corriente, nada. Pero para Julia puede haber el arca de la alianza.

El primer día, el de su llegada, cuando cometió el error de instalarse en ese pueblo de mala muerte, Julia observó que la dueña tenía en su despacho toda la documentación del motel.

Y, con un poco de suerte, puede que esté la documentación de 1992. Y en ese mar de informes, puede que nuestra apasionada escritora encuentre lo que anda buscando.

El libro de registro de aquel año.

El único documento —si es que no lo han hecho desaparecer también, cosa que no sería nada raro— que puede contener el nombre de la persona que pagó —Julia se huele que injustamente, pero nunca digas nunca que luego pasa lo que pasa— por los crímenes del Hombre de las Amapolas.

Pero la dueña no va a dárselo tan fácilmente, de hecho puede que ni siquiera le haga caso.

Julia mira su reloj.

Tiene que darse prisa.

Le quedan ocho minutos.

Julia emprende la marcha hasta el baño del final del pasillo.

El general, el que pueden usar todos los huéspedes si es que al suyo propio le pasa algo.

Lo hace para no levantar sospechas. Aunque pensándolo mejor, podría haberlo hecho en su baño y se ahorraba el breve paseo.

Porque al ser la única huésped del motel, puede que de una manera u otra acabe levantando sospechas.

Tiene que intentarlo, es la única vía que le queda por agotar.

Llega al baño y comienza su plan.

Siete minutos, el tiempo apremia.

Se descalza el zapato izquierdo y se saca el calcetín, que es lo suficientemente grueso como para que no le salgan agujeros.

Después se sube al pequeño váter, que hace meses que alguien no limpia, para conseguir llegar al aparato que hace funcionar la cadena. Saca una especie de alambre y desenrosca una bola de metal algo pesada.

Acto seguido coge el calcetín y le introduce la bola y, además le mete unos cuantos gurruños de papel mojado (del resistente) y le hace un nudo bien apretado al calcetín.

También se quita el derecho, por si acaso la dueña se percata de que le falta una pieza de su atuendo.

Ahora viene la parte que le da más asco.

Vamos, Julia. En peores plazas has toreado. ¿No rellenaste una vez un pollo enorme porque a Jacobo se le antojó? Pues esto es lo mismo solo que no tienes que rellenar un trozo de carne , piensa en un momento de asquerosidad.

Seis minutos, es ahora o nunca.

Con bastante decisión, dada lo escrupulosa que es, Julia toma aire e introduce el calcetín relleno hasta el fondo del váter, de forma que tape el orificio por el que debe salir el agua.

Acto seguido tira de la cadena.

Y sucede la magia de la ingeniería.

Todo el suelo de azulejos comienza a estar opacado por un manto líquido de un color no muy cristalino. El agua sucia va recorriendo el suelo, inundando todo el baño a su paso.

Y aún queda la guinda del pastel.

Julia saca de su bolsillo un pintalabios que los más jóvenes describirían de un color rojo putón y hace una pintada con trazos irregulares para que parezca que la ha hecho un pandillero con un doble grado de arte abstracto y figurativo.

Cinco minutos, Julia reza con todas sus fuerzas para que a la dueña no le haya dado por comer hoy un poco antes, aunque la llamada de la naturaleza no hay quien la aplaque.

Ya ha completado la primera parte de su descabellado plan.

Y todavía le toca la más difícil.

Un descenso a toda prisa por los escalones después, Julia llega al austero recibidor del motel.

Y es entonces cuando descubre que su plan era como tirar una moneda al aire en la que el azar juega un papel fundamental.

Pero fíjate que pasa (poco, pero pasa) y ha salido la cara que ella quería.

Y su mente suena como una máquina tragaperras a la que se le han alineado los símbolos del premio gordo.

Clap .

Clap .

Clap .

A menos de cuatro minutos para que se cumpliera el plazo autoimpuesto por la señora amargada, Julia la encuentra recogiendo sus cosas para irse a comer.

—Disculpe —la llama Julia.

—¿Qué quiere? —contesta la otra muy seca— ¿No ve que es mi hora de la comida?

—Es que quería saber si hay más personas alojadas en el motel.

—¿Pero qué tonterías me está diciendo usted?

Si es que la gente de ciudad tiene el cerebro podrido de tanta contaminación —la última parte la dice en bajito para que Julia no la escuche y que solo la vea mover los labios—.

Usted es la única que se encuentra alojada en el motel. ¿Por qué lo pregunta, ha ocurrido algo?

Viene la parte dura. La de convencer a la dueña de que el destrozo de la planta de arriba no lo ha hecho ella.

He vendido millones de libros siendo una farsante, yo creo que puedo con esto , se mentaliza Julia.

—Es que he visto a unos chicos jóvenes salir del baño, el que estaba al final del pasillo y... cuando he entrado estaba todo destrozado.

—¡¿Cómo destrozado?! —la dueña ha picado en el anzuelo.

—Estaba el váter desbordado y habían hecho una especie de pintada.

—Me cago en sus calaveras... —murmura la dueña— ¿Has podido ver cómo eran?

Bingo . Han cantado bingo, señoras y señores, pasen a comprobar el cartón.

—Eran como medio altos, llevaban unas capuchas puestas. No he podido verlos muy bien.

La dueña del motel pone una mirada asesina y, por un momento, parece que va a hincarle el diente a Julia porque ha descubierto el engaño.

—¿Así como medio altos, con zapatillas gordas y unos pendientes? —interroga, como si supiera ya de quién se trata.

Julia hace como que duda, hay que darle credibilidad a la actuación.

—Pues llevaban la capucha pero luego se la han quitado. Las zapatillas eran así como gruesas y eran medio altos. ¿Los conoce?

—¿Qué si los conozco? —la dueña hace una pausa— cada mes me arman una los muy cabrones. Y yo ya estoy harta de quitar pintadas, en cuanto les vea les voy a calzar una hostia que les voy a poner los ojos como a una cabra.

Julia asiente.

—Gracias por avisar, chata. —Entre el apelativo cariñoso y el agradecimiento, Julia puede darse un canto en los dientes porque va a ser la única muestra de afecto que reciba por parte de esa señora.

La dueña sube con rapidez hasta arriba mientras va recitando una gran suma de juramentos y palabras malsonantes.

Ahora el despacho está desierto.

Julia tiene que aprovechar antes de que arregle el estropicio del piso de arriba.

El despacho del motel es pequeñito y está recubierto en su mayoría por un notable barniz de polvo. La limpieza no es el punto fuerte del sitio, eso está claro.

Lo único que puebla el lugar es una mesa y una silla con una pequeña lámpara y un mueble con estanterías varias en las que hay cajas de cartón con el año apuntado en negro.

Julia va revisando con la mirada la hilera de contenedores de cartón fijándose en las fechas hasta que se detiene en una.

Perfectamente colocada en el centro.

Impoluta, como si fuera nueva.

Como si alguien la hubiera puesto ahí a propósito para que Julia la encontrara.

Saca la caja de cartón que tiene grabado un 1992 y del interior extrae el libro de registro. Ese libro con celdas que Julia firmó a su llegada, se ve que la dueña no ha cambiado de proveedor.

Revisa las fechas para ver si cuadran y asegurarse de que no le han dado el cambiazo. Todo parece estar en regla.

Y ahí, en toda una hilera de celdas blancas vacías lo ve.

El nombre de la persona que ha estado buscando.

Su nombre es Klaus Drechsler.

Habiendo ya la dueña del motel solucionado el problema de “los pandilleros” y Julia habiendo dejado todo colocado tal cual estaba, solo le queda una cosa por hacer.

Buscar el nombre para ver qué encuentra. Y, esta vez, solo hay un resultado.

Una noticia que informa sobre su fallecimiento.

Encuentran muerto en su celda a Klaus Drechsler,

uno de los mayores narcotraficantes de Andalucía.

La noticia habla de un posible ajuste de cuentas entre mafias, que entraron unos tíos sin que les vieran y que hicieron morcilla al tío.

Aparte de mencionar a la mafia gaditana, hay otro nombre relevante.

Su muerte se produce a tan solo unos años después del asesinato de su mano derecha, Roberto Díez, también buscado por delitos de sangre.

Hablan de otro tío muerto en un incendio, el que era su mano derecha.

Y hablan de otra persona más.

Un nombre que esta vez Julia sí que reconoce.

De momento no se ha informado sobre el paradero de la viuda de Díez, Cintia Marín, que lleva desaparecida desde el día de autos. La policía sospecha que también han podido acabar con su vida en este ajuste de cuentas.

Pero no. Cintia Marín no está muerta. Muerta, lo que se dice muerta, no lo está, porque su padre le dijo a Julia hace unos días que su tía está viva y que va a visitarla todas las semanas.

Lo que sí que está es en paradero desconocido para las autoridades andaluzas desde hace treinta años.

Por lo menos ya tiene un hilo —algo fino, pero tendrá que valer— del que tirar.

Pero a todo esto...

¿Qué tiene que ver con el tío de las Amapolas?

Solo hay una manera de saberlo, por lo que Julia se encamina hacia al bosque en busca de su padre.