El susurro de las amapolas 51
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Documentos clasificados

Unos minutos después de la regañina por parte de su editor, habiendo entrado y salido del estado de shock, Julia hace algo impensable.

Saca de la carpeta de Toni Morantes —que ya se ha enterado de su fallecimiento porque a Enriqueta le ha faltado tiempo para propagar la noticia— todos y cada uno de los documentos del caso. Extiende sobre la cama todas las fotografías y coloca encima de la mesa los informes.

Los va revisando una y otra vez, como si toda la noche no hubiera sido suficiente como para sacar algo en claro. Y es que por más que revise una y otra vez, no encuentra nada que le ayude a esclarecer el misterio que tantos años lleva sepultado en las profundidades de Praixze.

¿Qué es lo que se supone que tiene que hacer?

Ella es una escritora (fracasada e impostora, como ya hemos visto) y no tiene ni la más remota idea de lo que puede aportar.

En treinta años pueden pasar muchas cosas, se muere gente y nace otra tanta; se celebran bodas y se entierran difuntos.

¿Quién le dice a Julia que el tipo que está buscando no está ya criando malvas a treinta metros bajo tierra?

Espera... ¡eso es! Los asesinatos han comenzado en el mismo punto y de la misma forma que hace tres décadas.

Enriqueta dijo que habían detenido a una persona a la que juzgaron y condenaron como responsable.

Si esa persona está presa y han comenzado de nuevo las muertes, solo hay cuatro posibilidades .

A Julia se le vienen a la mente las cuatro de repente, hiladas por un cordel rojo que deambula por las fotografías del caso colgadas con chinchetas en el corcho de su mente:

1. El encarcelado ha escapado y ha tomado venganza.

2. El asesino tiene un cómplice que le ayuda a matar.

3. Alguien ha imitado al Hombre de las Amapolas.

4. El pobre es inocente y el verdadero asesino sigue suelto.

Solo hay una manera de descartar posibilidades y saber qué es lo que está sucediendo en realidad.

Si Julia quiere saber qué fue lo que pasó en realidad, va a tener que averiguar lo que sucedió con el turista alemán encarcelado.

Piensa que va a ser una tarea la mar que sencilla, que bastará con un par de búsquedas en Google y que encontrará la información que necesita más pronto que tarde.

Pero para este entonces tendría que haber aprendido que en esta historia nada es fruto del azar. Cualquier detalle, por irrelevante que pueda parecer a ojos ajenos, está colocado meticulosamente en el sitio que tiene que estar.

Para este entonces Julia tendría que haberse marchado a Madrid para estar con su hijo y no meter las narices en un asunto que tiene más años que la tos. Porque lo único que está haciendo es poner en peligro su vida y la de los que la rodean.

Ya ha sufrido demasiada gente por ese perturbado, esta historia debe de acabar , piensa con una entonación heroica, como si fuera una guerrera medieval en una novela de fantasía.

Lo que pasa es que Julia no es una humana mitad elfo que tiene poderes sobrenaturales.

No, no lo es.

Ella es solo un peón, una pieza microscópica en un tablero gigantesco en el que se está librando una partida contra la mismísima muerte. Ella es solo un medio por el que el asesino se aprovecha y consigue lo que quiere.

Aunque la gracia de los peones es que, si consiguen desplazarse con audacia por el tablero, pueden llegar a convertirse en reinas.

Y lo que el asesino desconoce es que Julia es una gran jugadora de ajedrez.

Y que odia perder, eso también. Más cuando se trata de salvar la vida de la gente que le importa.

Así que, ajena a todo el peligro que la rodea y con la última oportunidad de escapar en la palma de la mano, Julia sigue con su incansable búsqueda.