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Un encargo para la escritora muerta

El teléfono de Julia resuena en la madrugada.

Ella se despierta ante el inminente sobresalto que supone que un politono de música pop le perfore los oídos en torno a las siete y media de la mañana.

Se asusta mucho más cuando ve que la persona que la está contactando es Rodrigo, su jefe.

Con tantos días de desconexión Julia se había olvidado por completo de la existencia de Rodrigo y de su contrato editorial.

Mierda, no tengo nada para entregarle , se lamenta.

Y es que ella ahora no está en su mejor momento, porque se ha pasado toda la noche revisando los documentos que le entregó ayer Toni Morantes, y son de lo más interesantes. Julia ha podido completar así los huecos que le faltaban en la historia para ahora poder resolver el misterio.

Aunque ahora no puede pensar en eso porque su jefe la está llamando y como siga sonando y la llame por segunda vez sí que va a sentir el verdadero terror.

Por lo que lo coge sin contemplar las consecuencias.

—Buenos días, Rodrigo —saluda, muy amable, sobre todo porque se está jugando su permanencia en el mundillo editorial—, ¿cómo estás?

—Dejémoslo solo en días , porque serian buenos si hubiera recibido el documento con tu nuevo manuscrito.

—Rodri… —Julia solo utiliza este diminutivo cariñoso cuando al director de la editorial está a punto de estallarle alguna vena de la frente— Ya sabes que estoy teniendo algunos problemas para escribir la nueva novela. Pero te juro que antes de…

Al otro lado de la línea, suena una palmada estrepitosa. Un sonido que indica que una palma inquieta ha chocado con la madera de una mesa de despacho.

—Me cago en mi puta vida, Julia, te he dado unos días más de plazo y ahora tú me haces esta putada.

Dime cómo le explico yo ahora al editor jefe que vas a retrasar a todos los departamentos.

Vamos a tener que posponer el lanzamiento de tu novela hasta el ejercicio que viene, dentro de un año.

¡¿Acaso sabes lo que nos jugamos con este lanzamiento?

! ¡¿Sabes cuánta gente está esperando leerte de nuevo? !

Julia se muerde la lengua porque está empezando a ser consciente de la gravedad de la situación. Va a alterar toda la programación de la editorial y, por si fuera poco, interrumpir el trabajo de todos los departamentos.

—Rodrigo, estoy un bloqueo creativo muy fuerte.

Mi situación personal en este último año ha sido nefasta.

Me he separado de mi marido, mi madre está muerta y por si fuera poco en su entierro me he dado cuenta de que soy adoptada.

Puede que otro año de margen me venga bien para airear la cabeza y poder escribir algo con alma.

Rodrigo estalla en carcajadas. Lo hace de una manera sarcástica, no se está riendo de verdad.

—¿Y tú de qué te ríes ahora?

—Escucha, Julia. Me da exactamente igual, yo tampoco te cuento mis problemas más allá de si lo escribes se queda en mierda o puta mierda.

No te cuento cómo me ha ido mi último examen de próstata ni de si mi mujer ha decidido irse con un cubano mucho más joven que yo.

Lo único que me importa es hacer bien mi trabajo y, oh sorpresa, hacer ganar dinero a una de las mayores editoriales españolas.

Porque, cariño mío, la editorial no es una ONG que te costea los viajes por Bangladesh y que te sube el porcentaje de las regalías cuando tú lo pides.

No sé en qué clase de mundo vives, pero no eres una bohemia por irte a una cafetería perdida de la calle Olavide y pedirte un café de especialidad que solo sabe a agua de fregar.

Eres un producto, Julia, un bien cultural cuyo único propósito es entretener a personas que están tan vacías con su vida que se refugian en las páginas de un libro para tener algo a lo que aferrarse.

Eres un clavo ardiendo, Julia, no eres más que un pasatiempo pasajero que dura unas horas y que solo sirve para que la gente deje de estar amargada en sus casas mientras se recrean en la mierda de vida que tienen.

No eres una revolucionaria, no lo eres y no lo has sido nunca.

No eres especial por poner palabras en un folio, no lo eres tú ni lo es nadie que destaque en el panorama literario actual.

Tus textos no tienen alma, Julia, no lo han tenido nunca.

Eres pretenciosa, quieres llegar a un nivel más alto del que tienes, quieres ser la nueva Emilia Pardo Bazán de la literatura criminal y no lo eres.

Formas parte del gran porcentaje de autores cuyos textos no valen ni la mitad de lo que pagan por ellos, porque lo que es talento, déjame decirte que no lo tienen.

Lo único por lo que se te publicó la novela fue porque seguía un patrón que la gente compra compulsivamente, el departamento de evaluación de manuscritos sabía que iba a venderse como churros, por eso la cogieron.

No tienes talento más allá de ese patrón, no intentes contradecir a tu algoritmo interno.

Solo vales para escribir literatura de aeropuerto, porque si te haces la chica misteriosa ni te van a imprimir la tirada de prueba.

Eres de esa gente que se lleva el portátil a cualquier sitio y quiere parecer interesante, pero que en el fondo solo lo hace para romantizar un trabajo que muchas veces no se merecen.

A ti se te dio la oportunidad de destacar por encima de personas cualificadas y con talento, pero tú fuiste la que cayó en gracia.

Pero, en el fondo de toda esa patraña de mentiras que intentas vender, eres un pan sin sal, un huevo sin cáscara, una gota de agua sucia en un mar de mediocridad.

Tú, Julia, tú y los mismos de tu calaña sois la razón por la que el prestigio se ha esfumado de nuestro arte.

Julia se queda callada, no sabe cómo rebatir un argumento de tal magnitud.

No puede rebatirlo porque todo lo que le ha dicho Rodrigo, es poco para lo que se merece.

No ha dicho ninguna mentira que ella misma no sepa.

La única razón por la que sus novelas tuvieron éxito fue porque contó con la inestimable ayuda de su marido.

Debe sincerarse, porque ese secreto no lo sabe nadie más que ella y su antiguo cónyuge.

Jacobo era el que tenía el talento, al que le daba el cerebro para escribir párrafos y párrafos con un mensaje sustancial.

Ella escribía algunas partes, pero era Jacobo quien se encargaba de planificar toda la novela: los personajes, los giros, las escenas…

Era Julia quien se encargaba de pasarlo al papel, y ahí es donde se perdía la frescura de los textos.

Julia era quien daba la cara por los dos, ya que Jacobo no quería ser el rostro mediático de la creciente literatura de consumo. Por eso le dejó a Julia la autoría total, ya que lleva siendo su sueño desde niña. Por eso Julia se define a sí misma como una impostora.

Desde que se divorció de su marido, Julia ha perdido una mitad como escritora.

En todo este año se ha enfrentado a una cruda realidad que lleva consumiéndola todas y cada una de las veces que se sienta delante de la hoja en blanco dispuesta a rellenar de palabras el documento de texto.

Sin Jacobo, Julia no es nadie.

Porque el talento lo tenía él, era él quien se merecía el verdadero prestigio.

Julia solo fue un cucúlido que se aprovechó del enamoramiento —y deseo de anonimato— de su marido. Ella usurpó el puesto que su marido merecía por derecho propio.

Lo único que pueden darle es un premio Goya porque ha interpretado el papel de su vida.

Ella ya no vale nada.

Ella ya no será nadie. Tendrá que volver con el rabo entre las piernas a echar currículums para que la contraten de teleoperadora.

Ya nadie la parará por la calle para pedirle una firma, ya nadie la volverá a invitar a los estrenos más esperados del cine español, ya no volverá a tener la vida que tiene.

Y eso es justo lo que ella deseaba.

Romper con todo lo que ella ha creado. Pinchar con una aguja de acero la burbuja invisible que recubre la microsociedad que ella misma ha creado.

No quiere ser perfecta y maravillosa, quiere vivir, quiere arriesgarse.

Por todos estos motivos, Julia cuelga la llamada.