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Lo admito, fui yo
Al día siguiente, Toni Morantes yace colgado de su techo con una de sus cochambrosas sillas postrada a sus pies.
Su padre está en la habitación contigua, muerto también.
Los dos han muerto por asfixia; el anciano por la presión de una almohada y el adulto por la presión de la gruesa soga sobre la tráquea.
Brueca y Morales llegan a primera hora para revisar la escena.
La casa está impoluta, sin ningún rastro de lucha. No hay muebles destrozados ni jarrones hechos añicos. Es como si nadie hubiera pasado por ahí.
—¿Qué es lo que tenemos?, mi teniente —pregunta Morales viendo el cuerpo ya descolgado de Toni.
—Es un suicidio de manual, chico. El tío se ahorcó y se llevó consigo a su padre.
Morales no está del todo conforme con la explicación que le da Brueca.
—¿No le parece raro todo lo que está ocurriendo? Lo de la mujer desaparecida, la pandilla muerta en la playa y ahora esto. Teniente, ¿qué es lo que le dice su instinto de policía?
—Yo ya no tengo de eso.
—Venga ya, no me joda, teniente. No cree que ya ha muerto demasiada gente por esta historia. Yo creo que es hora de que le pongamos el punto y final.
—¡Dime entonces cómo coño lo hacemos, Morales. Ese tío es un puto fantasma que no deja rastro. Y si seguimos hurgando en todo esto va a volver a pasar lo mismo que hace treinta años!
En medio de toda esta discusión, llega uno de los oficiales de apoyo y llama la atención del teniente Brueca.
Han encontrado algo. Y por el tono de voz que arrastra el oficial se trata de algo que no va a ser del agrado del teniente.
Morales y Brueca van hacia la habitación contigua, en la que yace muerto el padre de Toni por asfixia.
Y es ahí cuando ven en la mesilla el único objeto que es capaz de dar sentido a toda esta escena.
El único objeto que conecta todas las líneas de esta historia.
Sobre la mesa descansa una amapola adormidera roja junto con una nota amarillenta en la que pone con letras muy rectas y pulcras:
Queda inaugurada la temporada de caza