El susurro de las amapolas 48
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Poner sobre aviso

Julia y Toni están sentados uno en frente del otro. Ninguno de los dos habla, tan solo observan su café humear mientras se preguntan qué es lo que les ha llevado hasta allí.

Julia opta por romper el hielo, al fin y al cabo, para algo ha accedido a venir.

—Decías que tenías respuestas, empieza a hablar o me termino el café y me voy.

—Sé que ahora mismo te parece que soy un pirado que va por ahí soltando revelaciones —comenta Toni.

—Ah, que no lo eres —bromea Julia.

—Tengo alguna información que puede servirte para esclarecer algunas incógnitas.

Julia asiente, ya sabe lo que quiere decir con eso.

—¿Cuánto pides por esa información? —inquiere Julia mientras posa los codos encima de la mesa.

Toni se ofende levemente con la pregunta de Julia, porque no es dinero lo que él está buscando.

—No quiero tu dinero —asegura— lo único que busco es que me hagas una promesa.

A Julia es mejor que no le hablen de promesas, que luego mucho habla pero lo que es cumplir, no las cumple.

—¿Qué clase de promesa?

Toni se desabrocha el abrigo y saca de un bolsillo interior una abultada carpeta negra que tiende a Julia.

—¿Qué es esto? —pregunta Julia mientras abre la carpeta y saca delicadamente los documentos.

—Es una copia de los archivos del «Caso Amapolas» —aclara Toni— mi padre también era un integrante del cuerpo y me los consiguió.

—¿Y eso no es un poco ilegal?

—Bastante, de hecho. Pero fui yo quien le insistió a mi padre para poder investigar por mi cuenta. La primera víctima fue mi pareja por aquel entonces. Y yo no iba a permitir que su muerte cayera en vano.

Julia sigue observando, incrédula, todos los informes y transcripciones de los interrogatorios. Las fotografías en color de las escenas del crimen que muestran los cuerpos mutilados parecen sacadas de una película de exorcismos.

—¿Y qué quieres que haga yo con todo esto?

—Necesito que tú investigues. Puede que con estos documentos tú saques más conclusiones que yo. Ambos sabemos que aquí hay algo muy raro.

—No sé yo... —Julia duda, porque cuanto más se mete en el mundo oculto de Praixze, más cosas oscuras salen a la luz. Y ya se está tomando en serio la amenaza pintarrajeada de su coche.

—Por favor... —suplica Toni mientras coge de la mano a Julia— no tengo a nadie a quien recurrir. Todos en este pueblo no son los que dicen ser. Aquí rascas y rascas y solo hay mierda. Te lo suplico.

Pero por qué tengo que ser yo, joder. ¡Que no soy la protagonista de una de mis novelas! , piensa Julia mientras mira a Toni, que tiene la mirada de un corderito que va camino del matadero.

—Escucha, Julia, piénsatelo esta noche y si mañana sigues queriendo no saber nada, me devuelves la carpeta, ¿vale?

Y una vez más, la curiosidad de Julia vuelve a abrirse paso.

Y no es por el mero hecho de ser una morbosa, que también, sino porque desde que llegó, motivada por esclarecer el enigma de su misteriosa adopción, ha notado que las cosas no van todo lo bien que deberían.

Eso sumado a los recientes y macabros acontecimientos, terminan por convencerla.

Así que por segunda vez en todo el día, Julia accede a las peticiones de Toni.

Cuando Julia ya se ha marchado en dirección a la pensión, Toni paga los cafés y se marcha del bar.

Enfilando la última calle antes de llegar a su casa, le sucede algo que le deja helado.

Una sombra surge de su espalda y, de una manera tan fugaz, con la mano enguantada, le pasa un paño humedecido por la cara.

Y es entonces cuando los acontecimientos se precipitan.