El susurro de las amapolas 46
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Misa negra

El cadáver de Amaia Marín descansa ligeramente maquillado en el féretro que se erige en el centro de la capilla. El maquillaje le tapa muy bien las heridas, por lo que el cuerpo posee un aspecto solemne y digno listo para la sepultura.

La iglesia de San Judas Tadeo está a rebosar el miércoles por la tarde. Multitud de familias del pueblo se han acercado a mostrar sus respetos. Y, ya de paso, corroboran que es verdad que la niña de los Lazkano ha aparecido milagrosamente pasados treinta y tres años.

Una tenue música comienza a sonar desde el palco, donde algunos miembros de la banda municipal comienzan a tocar un réquiem. En el punto más álgido de las notas del órgano, Olmo entra en escena.

Una pequeña puerta situada a la derecha se abre y entra el párroco vestido con una túnica blanca. El manto impoluto refleja la pureza de confiar la vida a Dios. Olmo llega hasta el altar donde hay un pequeño micrófono y un ejemplar de La Biblia abierto.

—Queridos hermanos, hoy nos hemos reunido en el seno de nuestra iglesia no para llorar la muerte de nuestra hermana Amaia, si no para celebrar que ella ya ha completado su paso terrenal y ya se ha reunido con nuestro señor Jesucristo.

Las personas se levantan de los bancos de madera y ponen las manos juntas en señal de rezo.

—Hermanos, oremos por la salvación de nuestras almas para pedirle a Dios que reciba con gracia a su hija Amaia. Oremos pues —pide Olmo, mientras agacha la cabeza y susurra una oración que solo escucha él.

Julia no reza ni hace ademán de hacerlo, porque ella no se identifica como creyente. Julia solo tiene fe en una cosa: en ella misma.

Cuando el rezo ya ha terminado, Olmo vuelve a mirar a los presentes.

—Permitirme entonces que lea unos pequeños fragmentos de nuestra sagrada escritura. —Olmo coge el pesado libro y va pasando con sumo cuidado las páginas del tomo. Es entonces cuando se para y comienza a leer:

Isaías 29: 13–15 (Antiguo Testamento)

“ Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí; y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado; por tanto, he aquí que nuevamente haré una obra maravillosa con este pueblo, una obra maravillosa y un prodigio; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos. ¡Ay de los que se esconden profundamente, para encubrir su consejo de Jehová! Y sus obras se hacen en tinieblas, y dicen: ¿Quién nos ve, y quién nos conoce? ”

Salmo 64: 2–6

“ Escóndeme del consejo secreto de los malignos, de la conspiración de los que hacen iniquidad, que afilan como espada su lengua; lanzan cual saeta suya, palabra amarga, para asaetear a escondidas al íntegro; de repente lo asaetean, y no temen. Obstinados en su inicuo designio, tratan de esconder los lazos, y dicen: ¿Quién los ha de ver? Inquieren iniquidades, hacen una investigación exacta; y el íntimo pensamiento de cada uno de ellos, así como el corazón, es profundo. ”

Romanos 16: 17–18 (Nuevo Testamento)

“ Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos. ”

Job 24: 13–17

“ Ellos son de los que, rebeldes a la luz, nunca conocieron sus caminos, ni estuvieron en sus veredas. A la luz se levanta el homicida; mata al pobre y al necesitado, y de noche es como ladrón. El ojo del adúltero está aguardando la noche, diciendo: No me verá nadie; y esconde su rostro. En las tinieblas minan las casas, que de día para sí señalaron; no conocen la luz. Porque la mañana es para todos ellos como sombra de muerte; si son conocidos, terrores de sombra de muerte los toman. ”

Olmo termina de leer los cuatro interminables fragmentos, que han hecho llorar a los fieles.

Después de esta lectura siguen más oraciones, reflexiones sobre la muerte tales como: ¿qué somos y qué seremos tras cerrar los ojos?

Eso solo puede decidirlo Dios . Así que después de más de una hora y media de misa, el sacerdote da las hostias consagradas, hace el ritual de convertir el vino en sangre y dice por fin:

—Hermanos, podéis ir en paz.

Todos los nativos se levantan y se manifiestan la paz con dos besos. Después van saliendo ordenadamente de la iglesia para ir en dirección al cementerio.

Y, en una de esas tantas salidas, Julia ve como una sombra encapuchada va también a ver cómo Amaia se adentra en un infecto agujero de tierra húmeda.

El cielo plomizo cubre el sol, dejando un manto grisáceo recalcando el carácter lúgubre del cementerio.

Las mismas familias del pueblo que antes estaban en la iglesia, se han acercado a acompañar a Amaia para recibir la santa sepultura. Los lugareños están en corrillo junto al agujero de tierra que está a punto de recibir con gracia el féretro de Amaia.

Cuando este ya ha descendido, los enterradores ponen la losa de mármol que sirve como sepultura. Los pocos que se acercan inclinan la cabeza en señal de respeto, y otros directamente se marchan del lugar custodiado por los cipreses.

Allí dejan a Julia, sola y desamparada, con la lápida de su madre recién puesta. Y ella no sabe qué hacer ni cómo afrontar la situación, no ha llorado, no ha sentido pena alguna. Se siente miserable por no ser capaz de velar la muerte de su verdadera madre.

Pero esa tristeza se interrumpe cuando una mano gélida entra en contacto con su hombro izquierdo. Julia se asusta y se gira bruscamente.

A su espalda encuentra a un hombre entrado en años, alguien en cuya adolescencia fue deseado por muchas mujeres y que, aun a día de hoy, sigue despertando alguna que otra pasión.

—Perdona, no pretendía asustarte. ¿Eres Julia?

Ella titubea unos segundos.

—Sí, soy yo. ¿Por? ¿Necesitas algo?

—Perdóname, que no me he presentado. Me llamo Antonio. Aunque aquí todos me conocen como «El Toni».

—Encantada —suelta Julia, con un tono muy seco—. ¿Querías algo?

—Advertirte.

Otra vez con el mismo cuento, la última vez que Julia le hizo caso a alguien que pretendía advertirla por poco acaba en el fondo rocoso de un acantilado.

—Lo siento, pero tengo algo de prisa.

—Espera, por favor —suplica él— puede que yo tenga la respuesta a alguna de tus preguntas.

—Lo siento, pero yo no me pregunto nada. No busco respuestas.

—Claro que sí, Julia. Todos buscamos algo. Todos buscamos las respuestas para las preguntas que nos hacemos.

—Y según tú, ¿qué respuestas busco yo?

—Supongo que querrás saber quién mató a tu madre, ¿no?

Julia desvía la mirada, intrigada. Claro que busca esa respuesta en concreto. Pero no sabe si fiarse o no.

—Deja que te invite a un café en el bar y te cuento todo lo que sé —emite Toni casi en una súplica—, por favor. No puedo fiarme de nadie más.

Julia no sabe qué es lo que la empuja a hacer lo que hace. Puede que sea una fuerza invisible que junta sus manos y hace un movimiento a su espalda; puede que sea el destino el que cruza sus caminos; puede que sea su curiosidad enseñando los colmillos.

No sabe qué es, pero lo hace.

Y Julia acepta tomarse ese café.