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La invitación
Julia camina tranquilamente por la plaza cuando el párroco de la iglesia la aborda sin pleno aviso.
De primeras se asusta un poco, pero se le pasa cuando le ve la cara.
Olmo Mendoza es el claro ejemplo de que si el tiempo no te atropella, te conviertes en un vino.
Pero no en un vino peleón, que está hecho con las uvas pochas de la vendimia; te conviertes en un vino que es una acumulación de carísimas mayúsculas y que se vuelve mejor con cada día que pasa.
Por eso Julia se extraña al ver a un párroco tan bueno, porque seamos sinceros, hay cuatro tíos que merecen la pena en el seno de la iglesia, el resto son igual de antiguos que las capillas.
Olmo tiene la cara perfilada en mármol, con unos vértices afilados y puntiagudos que resaltan la forma de su mentón.
El pelo rubio y repeinado hacia un lado brilla a causa de la gomina.
Los ojos azules, un poco más oscuros que el cielo, hacen que su mirada se sienta como un juicio que no termina nunca.
De cuerpo tampoco va nada mal, con los brazos esculpidos con una buena musculatura que si bien no es de culturista, da el pego.
A pesar de estar vestido como el resto de los mortales, bajo esa camiseta de lino se dejan ver unos abdominales bien definidos que suplican que alguien se recueste en ellos.
Sobra decir que las piernas van a juego con el glorioso conjunto.
Olmo Mendoza está bueno y no aparenta tener cincuenta años.
Por lo que cuando interrumpe el paso de Julia, a esta le empiezan a sudar las manos y a resecarse la boca. También da un pequeño salto, fruto del susto.
—Perdona, no quería asustarte —se disculpa Olmo.
—Ni te preocupes, soy bastante despistada, ¿sabes? Voy todo el día pensando en mis cosas y no me doy cuenta de hacia dónde estoy yendo, así que me tropiezo con gente todos los días...
Conforme Julia sigue hablando su voz se va apagando, porque cuando está nerviosa le da una especia de diarrea verbal y no sabe qué dice ni cuándo parar.
—Eres Julia Lazkano, ¿verdad?
—Mucho, ¿y tú? —contesta ella mientras observa el prominente mentón del hombre que tiene delante.
—¿Perdona? —Olmo esboza una sonrisa.
—Sí, sí... soy la hija de los Lazkano.
—Perfecto, justo te estaba buscando.
—¿Para?
—Pues verás... es algo delicado para ti.
Pídeme que me vaya a tu cama y me falta tiempo para echarme a correr. Por ti hago lo que sea, tío macizo , piensa Julia en un arrebato de lujuria. Y es que tantos meses con abstinencia a la diversión en la cama acaban por pasar factura.
—No te preocupes.
—Me gustaría que asistieras al funeral de tu madre, lo vamos a celebrar esta tarde a eso de las seis.
He pensado que te interesaría. Vamos a rezar un poco y después a repasar algo de su vida.
He supuesto que tras lo que ha pasado, te habrás quedado con ganas de saber quién era ella —le explica Olmo en el mejor tono que puede para sobrellevar un tema tan delicado.
Y tal y como ha venido la ilusión, esta se diluye como un azucarillo en una taza de café hirviendo. Ni polvo, ni casquete, ni hostias... un funeral es lo que le espera a Julia esta tarde.
—Por supuesto, cuenta conmigo. Allí estaré —le corrobora Julia.
Olmo asiente y se marcha sonriente mientras va saludando a sus feligresas más mayores.
Por lo menos Julia no va a tener que comerse la cabeza para ver qué se pone en el funeral, tiene la ropa negra que se puso en el entierro de su madre adoptiva en Madrid.
Al menos es una muy buena oportunidad para averiguar algo más sobre su madre.
Qué remedio, habrá que ir.