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El niño pródigo
En cuanto Julia baja del coche, Xabier decide poner fin a su existencia.
Lo hace sin dudar, con la mirada fija en el cielo que recubre el océano.
Agarra el volante con firmeza al tiempo en el que maniobra, pone la marcha y vuelve a pisar el acelerador.
A Brueca y al resto de oficiales ni les da tiempo para frenar el avance del vehículo.
Para cuando quieren actuar, el SEAT ha abandonado el terreno sólido y ha comenzado a descender por el acantilado.
No es una bajada fácil, por lo que el coche va dando golpes a su paso con los restos de la montaña y cada uno le quita un pedazo de vida a Xabier.
Para cuando él ya está muerto, el coche ha quedado hecho añicos.
Lo poco que queda impacta a modo de colofón final en las rocas que sobresalen del mar y después se sumerge en las profundidades del océano, sepultando el cuerpo de Xabier en una masa inmensa de agua helada y condenándolo a ser comida para peces.
Al fin y al cabo, el destino de Xabier llevaba mucho tiempo proscrito.