El susurro de las amapolas 42
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No hay salida

Cuando Xabier cuelga el teléfono, la cara del teniente Brueca se pone del color de un bogavante.

—¡Qué hijo de puta! —grita el teniente, al paso que sale del vehículo totalmente cegado por la rabia.

Morales y la jueza Caballero van tras él, para intentar frenarlo sin que haga ninguna tontería. Mientras él se va acercando todavía más a pasos agigantados, resoplando como una olla a presión.

Es entonces cuando se encienden las luces traseras del coche, dejando claro que Xabier está al volante y tiene pleno control sobre los pedales.

Brueca reduce el paso, tanto él como los demás oficiales sacan sus armas y apuntan al coche.

—¡Xabier sal del coche con las manos en alto y no hagas ninguna tontería! —ordena Brueca, mientras va avanzando con la pistola en mano. Nadie sale del vehículo, por lo que los oficiales lo rodean.

El coche avanza un poco más hasta el borde y se escuchan los gritos ahogados de Julia.

Brueca llega a la ventana del conductor, apunta a Xabier con el cañón de su pistola. Este mantiene la calma y baja la ventanilla, confrontándose a un teniente que está perdiendo los estribos.

—¿Qué se le ofrece, teniente? —Xabier le dedica una sonrisa lobuna de oreja a oreja—. ¿Puedo hacer algo por usted?

—Baja del coche, Xabier. —Brueca reprime el soltarle una hostia—. Te tenemos, ya no tienes salida.

—Se equivoca, teniente, siempre hay una salida para todo. —Xabier desvía su mirada hacia el horizonte, donde se erige una inmensa caída cuyo final son unas rocas afiladas engullidas por las olas.

—Ni se te ocurra, Xabier, como hagas un movimiento raro te juro que te meto un tiro en la sien con tal de que no arranques el coche.

Ahora vas a salir con las manos en alto, te vas a poner de rodillas, te voy a colocar las esposas y nos vamos a ir a la comisaría.

Después te vamos a interrogar y nos lo vas a contar todo.

—De acuerdo, se lo contaré todo. Deje que le muestre un acto que remarca mi buena fe. —Xabier sube la ventanilla ante la atenta mirada del teniente y después se dirige a Julia.

—Déjame salir, por favor —implora una Julia llorosa que se está aferrando al manillar de la puerta—. Déjame irme.

—Enseguida —le dice Xabier—, pero todavía no he terminado contigo.