41
A más de cien kilómetros por hora
En cuanto Enriqueta cuelga la llamada que acaba de tener con una nerviosa Julia, sabe perfectamente qué es lo que tiene que hacer. Porque se lo ha prometido, porque ella nunca ha faltado a su palabra. No va a ser este el día que se rompa esa racha inquebrantable.
Ella es una buena ciudadana que siempre ayuda a los más desfavorecidos.
No es como esas señoras que visten abrigos con piel de visón, calzan zapatos más caros que toda una cesta de comida y que tienen colgado en su cuello un collar con unas perlas más grandes que los empastes de sus dientes postizos.
No, ella no es como esas señoras que van a misa todos los domingos y que presumen de su generosidad.
No es así, porque esas mismas señoras se podrían envenenar al instante de morderse la lengua por error.
Y, como ella es buena, pero buena de corazón (un corazón muy puro, purísimo de hecho). Sabe perfectamente qué es lo que tiene que hacer.
Y lo hace.
Enriqueta busca lo más rápido que puede el número de contacto del teniente Brueca en su agenda. Ese número solo lo tiene por si ocurre una emergencia, esa fue la única condición que le impuso el teniente para dárselo.
Y, sin pensárselo dos veces, Enriqueta llama.
El teniente coge la llamada al segundo tono.
Al final el cursillo de móvil que me dio Toni va a servir de algo , piensa, con una mezcolanza de orgullo, alegría y preocupación severa.
La llamada alcanza al teniente Brueca en la carpa blanca que ha sido improvisada a orillas de la playa, mientras observa con detenimiento y esmero las nueve fotos que han sacados los forenses sobre los tres cadáveres.
La llamada en sí le extraña, porque hace años que no escucha su politono que le indica que alguien está intentando contactar con él. Hace ya muchos años que dejaron de llamarle. Hace años que ya solo utiliza el móvil por su linterna o por su función de pisapapeles.
Por eso sabe que, sea quien sea quien le esté llamando, es para una cosa urgente, muy urgente. La sensación se multiplica cuando, segundos después, ve en la pantalla el nombre de la persona que lo está llamando: «Enriqueta».
Descuelga enseguida tras ver el nombre.
—Enriqueta, ¿qué es lo que ha pasado? ¿Es grave?
¿Hay alguien herido? —formula el teniente en un asalto fugaz de preguntas a las que Enriqueta no puede contestar porque el teniente habla por encima de ella, cortando sus palabras antes de que pueda responder—.
Recuerda que si es algo relacionado con tu gato o problemas similares te paso con Morales.
Oye hoy no tenemos el día para estas cosas, mejor te llamo más tarde.
—¡Julia está con Xabier y va a matarla! —grita Enriqueta desde el otro lado de la línea.
El teniente no duda en lo que le dice, solo tiene una corazonada —de esas que hace años que no siente— y sabe que Enriqueta, por muy urraca que sea, no va a inventarse una cosa así.
No duda porque ahora Xabier está siendo buscado por las patrullas, ya que después del hallazgo de los tres cadáveres en la costa de Praixze, que resultan ser los distintos miembros de su antigua pandilla, todos los ojos se han volcado sobre él.
No puede ser ninguna casualidad que después de treinta y tres años desaparecida, Julia haya vuelto hacia el lugar donde fue raptada para reencontrarse con la parte de su familia que sigue desaparecida.
Así que el hecho de que la anterior sospechosa de asesinato esté ahora reunida con un potencial asesino le provoca al teniente una mezcolanza de sentimientos no muy positivos en la boca del estómago.
—¿Sabes lo que estás diciendo, verdad, Enriqueta?
—Por supuesto, me he encontrado con Julia en la comisaría y parecía asustada —relata—.
Me ha dicho que no se fiaba de Xabier y que si no me llamaba en quince minutos avisara a la policía.
Por eso le he llamado teniente, sabe que no le molestaría si no fuera una situación extrema.
Que aunque una esté vieja y sola viviendo con un gato porque sus hijos no vienen ya a verla sabe distinguir lo que es importante de lo que no —termina el discurso, porque a habladora no le gana nadie.
Desde el otro lado de la línea, el teniente suspira, exasperado y con un ataque migrañoso a punto de abrirse paso por las sienes y el interior de sus ojos.
—¿A dónde se la ha llevado?
—Están en el acantilado del manco, no pinta bien, dense prisa.
Sin despedirse siquiera, ambos cuelgan la llamada para ahorrar algo de tiempo.
Brueca no tarda en hacer una seña a Morales, que a pesar de estar enfrascado en los informes hace caso a su superior y acude a su llamamiento. Morales se para junto a él, que no tarda en volver a torcer el gesto.
—¿Qué es lo que ocurre, mi teniente? —pregunta Morales, como siempre que lo llaman aunque sea para recoger unos tristes cafés en vasos de plástico y algunos churros grasientos—. ¿Han encontrado al sospechoso que estamos buscando? ¿Han dado con Xabier?
—Sí, han dado con él. Está con Julia, la hija de los Lazkano. Tenemos que movilizar las patrullas hasta el acantilado del manco.
Morales hace un gesto afirmativo y coge su radio. Informa a las unidades pertinentes la ubicación del sospechoso y el procedimiento a seguir. Mientras, sigue a Brueca y, junto con la jueza, se montan en uno de los coches oficiales y ponen rumbo al acantilado.
La ida hasta el lugar esta vez no dura siglos, porque el teniente va a más velocidad de lo aconsejado. No se fija en los carteles, solo conduce con el suficiente cuidado para no salirse en las curvas.
—Morales, ¿tienes el teléfono de Xabier?
—Me parece que sí. —Morales busca hasta que da con el número de contacto—. Aquí está, mi teniente.
—Márcalo, a ver si te lo coge —ordena Brueca.
—Me parece que así no va el procedimiento, teniente... —puntualiza la jueza.
—El procedimiento, su señoría, me está hinchando a mí los... —Brueca se contiene antes de cometer una falta con su superior—. Márcalo, Morales.
El susodicho le hace caso a su querido teniente. Xabier coge la llamada casi al instante.
—Pero bueno, Morales. ¿Cómo te va? ¿Qué tal tu madre? No me importa. Estaba esperando tu llamada, pero no es contigo con el que quiero hablar. Haz el favor y pásame con el teniente Brueca.
Morales deja el teléfono al lado del teniente y pone el manos libres.
—Xabier, lo que estás haciendo es una soberana locura, ¿qué es lo que pretendes?
—Acabar con esta historia de una vez, ¿no le parece que treinta años son suficientes?
—Así que has sido tú todo este tiempo.
—Teniente... —Xabier suelta un bufido—. Le consideraba más listo. Yo solo soy su profeta, su encarnación. Y, recuerde, un profeta habla por un poder mucho mayor.
El coche de Brueca y las patrullas que les iban siguiendo de cerca llegan al acantilado. Ahí ven, al borde, al coche negro de Xabier.
—Ah, teniente, una cosa más...
—Dime, Xabier.
—Su hija le manda saludos desde el infierno —le dice, antes de colgar.