El susurro de las amapolas 40
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Una llamada esperanzadora

Hace unos cinco minutos que Julia ha dejado ver la silueta del pueblo. Han dejado atrás las pocas edificaciones que hay en ese entorno rural y van surcando las montañas hacia un destino desconocido.

Quedan diez minutos para que Enriqueta avise a la policía, tengo que saber a dónde vamos , piensa Julia.

—Y ¿a dónde dices que vamos? —le pregunta Julia a un Xabier que está más serio de lo habitual. Va mirando atentamente a la carretera como si fuera un punto fijo, como si estuviera obnubilado por la larga extensión de asfalto.

—Vamos hacia el acantilado del manco , no está muy lejos y allí podremos hablar más tranquilamente, sin nadie que nos esté escuchando.

El acantilado del manco , apodado así en Praixze gracias a la etimología popular, se debe a un lugar al que suelen ir los jóvenes con acceso a transporte los sábados por la noche.

La verdad que es un lugar bastante accesible, donde pueden entrar todo tipo de vehículos debido a su gran amplitud.

Además está lo suficientemente alejado del pueblo para que la música no moleste y lo suficientemente cerca como para volver si alguien se arrepiente de ese quinto cubata.

El sobrenombre que se le ha impuesto se debe a que en una de esas tantas fiestas un chico se cayó sobre una piedra y se partió la muñeca.

Debido a José (su mano ya está curada y en pleno funcionamiento, pero el apodo ya se le ha quedado para toda la vida), el acantilado lleva esa preciosa nomenclatura.

—¿Y no me lo puedes decir aquí y nos volvemos?, no creo que te hayan puesto micrófonos en el coche, eso solo pasa en las películas   —le debate Julia.

Xabier la mira de soslayo, con una mirada no muy alegre y bastante alejada de esos ojos de terror que Julia ha visto antes. Agarra el volante con más fuerza, tanta que hasta los nudillos se le emblanquecen y las palmas le tiemblan.

—Todo a su debido tiempo, querida Julia, no quieras ir tan deprisa. Quien mucho corre, pronto para, ya lo sabes —le replica él.

A Julia le está empezando a oler mal esta situación (a buenas horas, mangas verdes.

Que esto lleva oliendo mal desde el encuentro fortuito cuando ella salía de comisaría) y no sabe si es porque la espesa niebla que desciende del cielo se va apoderando de una manera fugaz de las montañas vascas, o porque su viejo amigo y conductor del coche está recitando de una manera algo tétrica el refranero español.

—También podemos ir al cuartel y hablar con el teniente Brueca, tú ibas hacia allí cuando nos hemos encontrado —le sugiere una Julia que ya está agarrando el teléfono móvil para llamar a Enriqueta.

—Ya creo que no hace falta, lo solucionaremos nosotros solos. No creo que haga falta involucrar a más gente de la necesaria —le responde Xabier.

El pie de Xabier se va hundiendo progresivamente en el pedal de aceleración. El movimiento casi no se percibe, solo muestra ligeras repercusiones segundos después cuando la flecha que indica la velocidad del vehículo va en aumento.

Julia nota cómo la velocidad del coche va en aumento debido a la fricción.

Ya está, lo ha decidido. Sabe lo que tiene que hacer.

Se saca el móvil del bolsillo derecho de su pantalón, lo hace de una manera lenta, con un dominio magistral de las manos, para que Xabier no la descubra (que sigue embobado con la carretera, pero por si acaso).

Julia enciende el dispositivo, se mete en la aplicación de sus contactos y busca el número que ha añadido en la agenda hace apenas un cuarto de hora.

Julia llama a Enriqueta.

Un tono. Dos tonos. Tres tonos.

Enriqueta no coge el teléfono. Julia comienza a desesperarse. Maldice el momento en el que se subió al coche de Xabier. La única esperanza de salir ilesa está al otro lado de la línea. Y no contesta a la llamada.

—¿A quién llamas? —le pregunta Xabier.

El corazón de Julia da un vuelco, pero mantiene la compostura.

—A mi padre, me ha llamado antes y no se lo podía coger. Debe de estar preocupado —le responde, mientras reza por lo bajo que no se dé cuenta de la triquiñuela.

Xabier vuelve a concentrarse en la carretera. Sigue conduciendo. Las ruedas de goma siguen girando sin parar por la carretera.

Cuatro tonos. Cinco tonos.

Al sexto tono, alguien coge la llamada desde el otro lado de la línea. A Julia la recibe una dulce voz de una anciana, algo robótica a su salida por el altavoz.

—¡Niña! Pensaba que no me ibas a llamar nunca. Estaba preocupada. ¿Necesitas ayuda?

—Hola, papá. La verdad es que me vendría muy bien —le responde, confiando en que la mujer es más lista de lo que aparenta y pille el mensaje encriptado.

—No puedes hablar normal ahora porque estás con él, ¿verdad?

Bien, Enriqueta se ha dado cuenta , piensa Julia mientras sonríe en su interior.

—Sí, es que aquí hay poca cobertura, pero sí.

—¿A dónde estáis yendo, niña?

—Pues mira, aquí, que me has pillado con un amigo que me está llevando al acantilado del manco , dice que tiene muy buenas vistas.

—Vale, ya sé dónde es. No te preocupes que ahora mismo llamo al teniente Brueca y le cuento hacia donde estáis yendo. Resiste, niña, aguanta.

—Eso, llámale mejor tú, que como te digo, aquí hay poca cobertura y se corta. Llámale tú y dale recuerdos de mi parte.

De repente, antes de que Julia cuelgue la llamada, Xabier le propina un manotazo que hace que el teléfono se le caiga al suelo del coche.

—¡Suelta el teléfono, hija de puta! —grita Xabier mientras vuelve a mirar a la carretera.

—¡Julia, niña! ¿Estás bien? —grita Enriqueta al otro lado de la línea.

—¡Socorro! —grita Julia, lo suficientemente alto como para que la mujer pueda oírlo a través de los altavoces de su teléfono.

De inmediato, Enriqueta cuelga la llamada.

—¿¡Pero a ti qué coño te pasa en la cabeza!? —le grita Julia al conductor.

—No estabas hablando con tu padre —le contesta este—, que no soy gilipollas. Estabas pidiendo ayuda.

—Para el coche, desgraciado —ordena Julia.

Xabier muestra una implacable negativa.

—No, ya casi hemos llegado.

—¡Te estoy diciendo que pares el puto coche ahora!

Xabier sigue negando la razonable petición de su acompañante.

Julia agarra rápidamente el manillar que abre la puerta del copiloto. Lo hace con fuerza, con mucha fuerza. Y, justo en el momento en el que va a tirar de él para abrir la puerta y tirarse del coche, Xabier acciona el cierre de emergencia y bloquea todas las puertas del coche.

—Pero, ¿por qué me estás haciendo esto? —formula Julia mientras se le resbalan las lágrimas por las mejillas.

—Porque tu destino está escrito, Julia. Y no puede cambiarse —explica, mientras aparca el SEAT al borde del acantilado.