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Una misión por cumplir
De toda la vida, Xabier ha sido un chico muy obediente. Nunca ha rechistado cuando sus padres o alguien más mayor que él le pedían algo. Él siempre ha hecho caso a los demás, ha sido como un mayordomo que se presenta ante ti sin necesidad de tocar la campana.
Eso le hace muy susceptible a las peticiones.
Xabier se marca una carrera digna de una maratón oficial y va cruzándose el pueblo en un abrir y cerrar de ojos.
Tiene prisa, mucha prisa. No puede perder ni un minuto porque él y Julia corren mucho peligro.
Si se descuidan, dentro de nada los informativos abrirán con la noticia de su muerte en primera plana.
Xabier tiene miedo, pero no te creas que es un miedo infundado e infantil. No, su miedo es real, tan real que puede olerlo.
Tiene miedo porque no sabe qué fue lo que le pasó anoche, ni el día anterior. Sus recuerdos emborronados pueblan su reciente memoria a corto plazo.
Recuerda momentos efímeros, como los disparos de luz de una cámara. Y lo que recuerda, que es más bien poco, le desagrada.
Le desagrada porque lo que ha hecho es terrible.
Recuerda que estaba en su casa, viendo una película de vaqueros en Telemadrid después de cenar, como hace casi todas las noches desde que perdió a sus padres a causa del Covid-19.
Recuerda un ruido sordo, un golpe procedente del exterior que hizo sonar con eco la puerta. Recuerda que se levantó a mirar para ver si le había pasado algo a la cerradura. Y allí, lo vio, la puerta estaba semiabierta y la poca brisa nocturna que había se colaba por el hueco.
Recuerda cerrar la puerta y atrancarla con una silla, solo por si acaso, que no quería tener malas compañías. Pero ya era demasiado tarde.
No vio venir a la sombra que se le acercaba por la espalda. No vio venir la mano enfundada en un guante de cuero con la que le pasó un trapo húmedo por la cara.
Después recuerda que se cayó al suelo. Recuerda que después del impacto solo hubo oscuridad.
Recuerda que se despertó horas más tarde, bien entrada ya la madrugada. Recuerda que estaba en un lugar muy oscuro, sin apenas luz y con el único sonido de las gotas de agua al impactar contra las rocas.
Recuerda tener dos objetos en sus manos, uno en cada una.
En la mano izquierda tenía una linterna que usó para alumbrar el lugar.
Y, cuando vio lo que tenía en su mano derecha, lo soltó de inmediato.
El cuchillo que soltó Xabier provocó un ruido que se coló en las profundidades de la cueva.
El filo estaba empapado de un líquido bermellón con algo de costra.
Sangre. El cuchillo estaba lleno de sangre, y no era la suya. Él estaba perfectamente, no tenía ningún tipo de heridas.
Recuerda alumbrar un poco más allá. Recuerda haberla visto. Recuerda a la mujer muerta, con esos profundos ojos verdes sacados de las cuencas. Recuerda ver la masa de carne en la que se había convertido la mujer.
Lo que no recuerda es si él la mató o no.
Recuerda salir apresurado de las profundidades de la cueva. Recuerda ver a la misma sombra. Recuerda la nueva emboscada con el trapo húmedo sobre su rostro.
Todo vuelve a difuminarse.
Cuando se volvió a despertar ya había amanecido por completo. Ya no estaba en la cueva. Ahora estaba en el otro extremo de la playa.
Y, ante sus ojos, estaba su grupo de amigos yaciendo sobre la arena en una especie de ritual macabro. Se encuentran en una posición extraña, similar a un triángulo. Ve que tienen una corona de amapolas en la cabeza. Ve sus manos, mortecinas y finas.
Recuerda tomarles el pulso a cada uno, comprobando así que el latido de sus corazones era inexistente.
Muertos. Sus amigos estaban muertos.
Recuerda que fue hasta su coche, que estaba aparcado en la arena. Recuerda irse, desorientado, hacia el callejón en el que lo aparca.
Recuerda atravesar el pueblo, para ir a la comisaría y contarlo todo, alegando que no sabía lo que hacía. En eso está en lo cierto. No sabe si lo ha hecho o no, porque no se acuerda. La intención es lo que cuenta, al menos.
Después se encontró con Julia. Pero ¿no estaba muerta? Se despreocupó enseguida. Supo que tenía que avisarla. Su deber era advertirla antes de que le volviera a pasar algo, como hace treinta años.
Tenía que advertirla del peligro y ponerla a salvo antes de que la encontrase y la matase.
Cuando Xabier ya se ha cruzado medio pueblo a pleno pulmón, se toma un par de segundos para coger aire, palparse el pecho y tranquilizar así a su corazón desbocado.
Ve aparcado en el mismo sitio donde lo dejó esta mañana su SEAT Alhambra de color negro.
Fue un regalo (muy preciado) que le hicieron sus padres cuando consiguió sacarse el carnet de conducir.
Lo guarda desde entonces como un tesoro, con un cariño inconmensurable porque ese vehículo pintado con un color negruzco le mantiene al lado de sus padres un día más, como si se comunicasen con él desde el más allá a través del coche.
Le da al botón de la llave y las luces delanteras y traseras del SEAT parpadean durante unos milisegundos, indicando así que las compuertas del coche ya se han abierto.
Antes siquiera de que pueda abrir la puerta que da acceso al asiento del conductor, una mano enguantada con cuero negro le vuelve a cubrir el rostro.
El paño húmedo se desliza por su cara y él, presa del pánico, se deja hacer.
Pasan unos segundos hasta que recupera la consciencia.
—¿Sabes lo que tienes que hacer, Xabier? —le dice una voz.
—Sí, lo sé —responde este.
—Si fallas, si te descubren, quiero que te suicides. No quiero que desveles nada, ¿lo has entendido?
—Lo comprendo.
—Ahora bien, repítemelo una vez más, Xabier, ¿cuál es la misión que te he encomendado?
—Asesinar a Julia Lazkano —responde.