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Dar el brazo a torcer
Julia se detiene ante el dilema que le presenta Xabier. Hace tan solo diez minutos que se han reencontrado, y ya están comenzando los problemas.
Su viejo amigo está nervioso, tiembla como si en su cuerpo se estuvieran moviendo un puñado de placas tectónicas. Tiene miedo, o más bien terror. Sus pupilas son el reflejo de un grito que no puede manifestarse.
—Julia, por favor, decídete o seremos dados por muertos —implora su amigo, temiendo fervientemente por su vida.
Julia duda, como ya lleva haciendo un buen rato. Y es que es normal que en esta situación más bien atípica uno dude. No todos los días te reencuentras con tu amigo que te dice que si no vas con él te va a matar un psicópata perturbado.
—De acuerdo —responde Julia—, ¿qué es lo que tienes que contarme?
Xabier vuelve a mirar a ambos lados y a Julia. Ella puede ver el terror en su expresión facial, acompañado de un sudor frío en la frente. Mientras, él puede ver a una Julia indecisa, vulnerable, que tiene que intentar proteger a toda costa.
—No podemos hablar aquí —explica Xabier—, él tiene ojos y oídos por todas partes. Tenemos que ir a un lugar más tranquilo.
—¿Y a dónde vamos?
Xabier medita durante unos cuantos segundos, después tiene una idea. Suelta a Julia del agarre y se aparta de ella.
—Espérame aquí, vuelvo en unos diez minutos. Tú no te muevas.
Julia asiente. Xabier enfila la calle y se va corriendo hasta perderse en sus callejones. Una punzada de miedo y desconfianza se apodera del corazón de Julia. Aunque parece que las intenciones de Xabier son honestas, no termina de convencerle la situación.
Por suerte, cuando una mujer vestida con una toquilla negra cruza la esquina y la ve, un atisbo de esperanza se apodera de ella.
—¡Enriqueta! —llama Julia a viva voz mientras saluda a la mujer enérgicamente de la mano.
—Hombre, niña —Enriqueta se va acercando poco a poco a Julia—, que ya me han contado que te han llevado a la comisaría. Qué mal rato has tenido que pasar.
—La verdad es que sí —le da la razón—. Enriqueta, necesito que me haga usted un favor. Es una cuestión de vida o muerte.
La última parte de la frase la podemos tomar de manera muy literal.
—Claro, niña. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Te encuentras bien?
—Sí, estoy perfectamente. ¿Tiene usted móvil, Enriqueta?
—Hombre, por supuesto. —La mujer saca el cachivache de última generación y se lo enseña a Julia—. Aquí donde tú ves a una vieja, soy toda una moderna. Me lo regaló mi hijo por si me pasaba algo estando sola. La verdad que me apaño bastante bien con el cacharro.
—De acuerdo, pues necesito que me haga un favor.
—Lo que necesites, niña.
—Dentro de unos minutos va a pasar Xabier a por mí. Si yo en un cuarto de hora, aproximadamente, no la he llamado, avise de inmediato al teniente Brueca. ¿De acuerdo?
—Claro, niña —Enriqueta le tiende el aparato a Julia para que esta se guarde su móvil en la agenda—. ¿Seguro que va todo bien? —formula con un ligero tono de preocupación, ese tono que solo puede tener una persona mayor con un buen corazón.
Cuando Julia va a responder a la pregunta de la anciana, suena un claxon en la lejanía.
Xabier llega hasta donde están Julia y Enriqueta montado en un SEAT Alhambra de color negro.
Se trata de un monovolumen grande, de siete plazas.
Con los asientos bajados, el maletero cuenta con más de dos mil litros de espacio.
A simple vista parece un coche familiar que podría llevar un padre divorciado que va a recoger a los niños en la puerta del colegio.
No llama la atención en un pueblo tan pequeño.
No es una furgoneta tipo Mercedes Vito, por lo que se mueve bien por todo tipo de carreteras estrechas del pueblo.
El modelo estuvo en producción hasta 2020, así que sigue viéndose por la calle, no canta a antiguo.
—Ya estoy listo, Julia —anuncia Xabier—. ¿Nos vamos?
—Hombre, hijo, cuánto tiempo. ¿A dónde vais pues?
—Hola, Enriqueta, nos vamos a dar una vuelta con el coche a las montañas. Luego nos pasamos. —Xabier mira a Julia—. Vámonos, Julia.
Antes de irse, Enriqueta le estrecha la mano a Julia, como un símbolo que demuestra que cumplirá con lo que le ha prometido.
—¿Subes, Julia? —vuelve a preguntar Xabier.
Y, en efecto, Julia sube al coche.
Lo importante no es que Julia se haya subido al coche con Xabier. No, eso es lo de menos, no importa en absoluto.
Lo que verdaderamente importa, lo que nadie salvo él tiene en cuenta, es lo que le ha sucedido hace exactamente diez minutos.