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La costa de los ahogados
Mientras que Julia atraviesa cabizbaja los escasos metros que separan el umbral de la puerta y la calle peatonal, Brueca y su equipo se preparan para ir al lugar del crimen.
Lo de la preparación es algo relativo. De normal, cuando a uno le dicen que la policía se está preparando para hacer un operativo o para ir a la escena de un crimen, la mayoría de las personas se imaginan a hombres macizos vistiéndose con unos trajes similares a los de los GEOS y cargando metralletas portentosas que están deseosas de esparcir una buena ráfaga de pólvora.
Nada más lejos de la realidad. Ni se visten con trajes especiales ni se enfundan un armamento digno de un campo de batalla.
Las únicas armas que cogen son las porras y las pistolas reglamentarias.
También se hacen con las llaves del coche.
Con todo el pelotón armado, por llamarlo de alguna manera, Brueca, Morales y la jueza Caballero emprenden el trayecto hasta la playa.
La ida hacia la playa dura siglos, o eso le parece a Morales.
Desde que han salido de la comisaría y puesto rumbo hacia la costa, ni el teniente ni la jueza han abierto la boca.
Brueca conduce, agarrando el volante con firmeza y la vista fija en la carretera.
Morales va de copiloto, junto a su querido teniente, sosteniendo la radio en la mano derecha por si le dan más indicaciones.
En la parte trasera del vehículo oficial va la jueza Caballero, con su mirada de mala hostia posada en su tableta de marca Apple de ultimísima generación.
Va observando los informes preliminares de la autopsia de Amaia Marín.
El teniente Brueca da un leve giro a la izquierda y allí es cuando ven en, una cierta lejanía, el dispositivo policial que se ha organizado alrededor de la costa bilbaína.
No tardan más que unos quince minutos más en llegar hasta el operativo, donde les espera la faena con los brazos bien abiertos.
El operativo policial que se cierne sobre la costa está compuesto por cinco coches de la Ertzaintza, una carpa grande y una manta térmica en el centro de la arena, que los forenses descorren de vez en cuando para hacer fotos a los tres cuerpos que hay debajo.
La triada de agentes de la ley va hacia la carpa blanca, que es bastante grande porque se han fusionado dos estructuras idénticas y se han tapado con una lona blanca que absorbe y restringe la propagación del calor.
—¿Qué es lo que tenemos, Encina? —pregunta el teniente a su ya amigo y compañero de confianza.
Juan Carlos Encina ha compartido más horas con Augusto Brueca en el bar que comidas con su familia.
Se formaron a la vez en el cuartelillo y desde ahí han sido como dos hermanos separados al nacer.
Ambos comparten la parsimonia del oficio, la afición por la pesca y el mar y la cata obligatoria todos los viernes de lo que ellos llaman zumo de cebada.
—Tres cuerpos, dos chicos y una chica —afirma Encina.
—¿Eran del pueblo?
—Los tres nacieron aquí, pero cada uno se mudó a una parte de España diferente.
—¿Alguna relación? ¿Sabe cómo han coincidido aquí?
—De momento no tenemos gran cosa, jefe. La científica sigue haciendo lo posible para sacar la causa de la muerte lo más rápido posible.
—¿Vamos junto a los cuerpos? —sugiere la jueza en un acto de indagar un poco más en la escena del crimen.
Brueca, Morales, Encina y la jueza Caballero van junto a la orilla, ese lugar donde impactan las olas más rezagadas.
La playa sigue desierta, como esta mañana.
Se ve que nadie ha visto nada porque todas las unidades disponibles estaban demasiado ocupadas en sacar el cadáver de Amaia Marín de las profundidades de las cuevas, en la otra punta de la playa.
Nadie ha visto nada. Nadie sabe nada.
Cuando llegan a la orilla, junto a la manta térmica, hay dos policías de la científica embutidos en trajes blancos para no contaminar el lugar de los hechos.
Ambos portan cámaras, también van equipados con dos maletines plateados que contienen un kit básico con las herramientas necesarias para las tareas preliminares de un forense.
Tienen guantes de látex, polvos para huellas de distintos colores, pinzas y algunos elementos más que configuran el día a día de la policía científica.
La jueza Caballero mira de soslayo a uno de los operarios con su ya habitual cara de mala leche.
—Descorred la manta —ordena, el tono de su voz, grave y conciso, deja ver que quiere la tarea hecha para ayer y que, si se retrasa más de lo que a su majestad le gustaría, podría abrirles un expediente a esos dos pobres muchachos.
Ambos jóvenes obedecen inmediatamente las órdenes de su superiora. Agarran entre los dos la manta térmica por los extremos y tiran hacia atrás, dejando al descubierto la brutal escena.
Cuando ven los cuerpos, cada uno reacciona de una manera diferente.
Morales se gira para tomarse un momento, lo suficientemente largo como para respirar y tranquilizarse; Brueca se lleva el dedo pulgar a los labios y emite un rezo que, por como lo susurra, solo escucha él; la jueza Caballero sigue con una mirada asertiva y con unas facciones inexpresivas.
Los tres cuerpos están en posición de estrella.
Cada uno en un extremo, como si alguien hubiese imitado la estructura triangular.
Sus pieles, que un día fueron más o menos morenas, ahora presentan una lividez mortecina digna del blanco más puro, como el de la luna.
No hay signos de violencia aparente. Ni una sola gota de sangre en la ropa ni ningún arañazo suelto en las extremidades.
Lo que sí que les perturba del macabro ritual es un detalle insignificante, algo que en cualquier otra parte del mundo pasaría desapercibido o como la obra de un loco.
No aquí. En Praixze ese detalle significa mucho, significa una lucha incansable, una carrera incesante que empezó hace treinta años para atrapar a un hombre miserable.
Los tres cadáveres tienen en la cabeza una corona de flores rojas. Más en concreto, como ya están sospechando el teniente y la jueza, son amapolas adormideras. No hace falta el más mínimo análisis para demostrar que así es.
—Esto no tiene ningún sentido, no ha matado como otras veces. De normal solo se lleva una víctima y la tortura. Este no es su procedimiento —explica el teniente más para Morales que para la jueza, que ya está lo suficientemente enterada.
—Puede que no lo haya hecho él —intenta explicar la jueza.
—Pero las amapolas son su seña de identidad ¿no? Por algo se le apoda El Hombre de las Amapolas —interviene Morales.
Brueca emite un suspiro de exasperación.
—¿Han podido sacar algunas conclusiones acerca de la causa de la muerte? —pregunta la jueza a las dos personas de traje blanco.
—De momento nada concluyente, habrá que esperar a los informes oficiales de la autopsia —le responde la mujer.
—¿Y qué es lo que sacan en claro con el informe preliminar?
—Viendo la disposición de la escena —interviene el hombre— está claro que se trata de una especie de ritual.
Por la corona de amapolas nos inclinamos a pensar que es el mismo asesino que estamos buscando.
Pero, como bien han puntualizado, esto es algo completamente distinto a lo que hemos visto antes.
Como pueden observar ninguno de los cuerpos presenta marcas defensivas, tampoco hemos encontrado ningún tipo de piel o sedimento bajo las uñas, por lo que creemos que no fueron atacados.
—¿Conocían a la persona que les asesinó? —formula la jueza.
—Es probable, pero no podemos saberlo con certeza. La ausencia de estas marcas sugieren que no fueron atacados. Tampoco hemos encontrado heridas por arma blanca o algún que otro indicio que demuestre que sufrieron un violento altercado.
—Entonces, ¿cómo pueden explicar las muertes?
—Por la ausencia de heridas, la posición tan medida de los cuerpos y la desaparición de la rigidez, me inclino a pensar que pudieron ser inducidos en el sueño.
—¿Está seguro de eso, agente? —inquiere la jueza.
—No sería nada extraño, es una muerte rápida, indolora y que imposibilita a las víctimas ofrecer cualquier oposición a su agresor.
Además, he mandado analizar una pequeña muestra que hemos encontrado en uno de los cadáveres.
—El forense va junto a la mujer, se inclina hacia su rostro y señala con sus dedos cubiertos de látex su labio fino destensionado.
Por el labio se puede entrever un reguero de un líquido espeso que no parece sangre, más bien tiene el color del vino—.
Sea lo que sea que les suministraron saldrá reflejado en el análisis toxicológico.
—Muchas gracias, agente —responde, de una manera cordial, la jueza—, ¿podría facilitarnos sus identidades?
—Yo no los he visto en la vida —afirma Brueca.
Morales da un paso al frente, sin adentrarse de lleno en la composición del ritual.
—Sí que sabe quiénes son, teniente, lo que pasa es que hace muchos años que usted no los ve —le replica Morales.
—Ahora sí que no te sigo, chaval.
—Seguro que los recuerda cuando eran más pequeños.
—Morales, por favor, déjese de hacer de detective privado y facilítenos sus identidades —le ordena la jueza.
—En su pandilla solían ser seis, sumando a Julia y Carlos. —Morales señala a la mujer—. Iraia. —Morales señala con un amplio arco a los dos hombres—. Jon y Aitor.
Es entonces cuando el teniente Brueca cae en la cuenta y reconoce las facciones de los fallecidos. Se le escucha decir, en perfecto euskera, la palabra Dios .
—Pero falta uno —anuncia Morales.
—¿A qué se está refiriendo? —inquiere la jueza.
—Que antes eran seis. A Julia la han tenido retenida en la sala de interrogatorios. Carlos lleva desaparecido más de treinta años. Iraia, Aitor y Jon están muertos. Falta uno.
—¿Quién es el que falta, Morales?
—Falta Xabier —completa el agente.