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Un lugar asfixiante y una añoranza perdida
Si le preguntas a Julia por el lugar más asfixiante sobre el planeta Tierra te dirá: su piso de lujo en el centro de Madrid.
Esa respuesta la daba antes, cuando entre copas y risas sus amigas —ahora inexistentes— le preguntaban por el lugar del que quería escapar a toda costa.
Ella quería escapar de su propio hogar, de ese piso que encierra unas emociones tan perversas que le impiden siquiera alcanzar las llaves y abandonarlo.
Nunca podrá escapar de su jaula de oro. Ese caro y espacioso piso, que se ha pagado ella misma, es el lugar del que ella quiere huir a toda costa.
La conversación era más o menos así:
—Y si pudieras escapar de algún lugar, dejarlo atrás para siempre, ¿cuál sería?
Julia ni siquiera dedica unos minutos a pensar la respuesta, la suelta sin tapujos, sin envolverla con trapos calientes para que cuaje mejor.
—Me iría de este piso, para siempre. Lo vendería y no volvería nunca.
Sus amigas se quedan boquiabiertas y estupefactas al escuchar la respuesta de su amiga.
Cualquiera daría una millonada por vivir en ese piso de lujo en el centro de Madrid.
Es espacioso, tiene mucha luz natural, las ventanas dan a los cuartos de los vecinos buenorros...
Por eso no entienden como a Julia le encantaría irse de allí y vivir en cualquier sitio inferior a ese.
—Pero ¿por qué quieres irte de este piso? ¿Es que no ves lo que tienes delante? Esto es un palacio. Cualquiera se moriría por vivir aquí.
—Pues... no lo sé. Supongo que me vendría bien cambiar de aires.
La cosa es que Julia sí que conoce la respuesta de verdad, esa que se calla por vergüenza y por no tener que admitir que hace algún tiempo se equivocó de decisión y que ahora, viéndolo con algo de perspectiva, se arrepiente.
Se calla la respuesta por su propio bien y por la paz en su grupo de amigas.
Lo que pasa de verdad, lo que no se atreve a contar a sus amigas más íntimas es que ese piso la agobia demasiado.
La agobia hasta el punto de cogerle del cuello y estrangularla hasta asfixiarla.
Porque ese piso contiene una gran cantidad de recuerdos que, según el día, prefiere revivir u olvidar.
Porque ya no puede ver las fotos con su exmarido guardadas en un cajón y que ella pone todas las noches en la mesilla para sentirse acompañada; porque eso le crea la falsa ilusión de que Jacobo va a aparecer por la puerta un día cualquiera de septiembre empapado por la lluvia y que va a lanzarse a sus brazos.
Julia echa de menos abrazar a su exmarido por las noches.
Porque, contra todo pronóstico, ella seguía enamorada de él cuando ambos ratificaron la decisión de firmar los papeles del divorcio.
Julia echa de menos que él la envuelva con sus brazos y la estreche contra su pecho algo peludo y que la susurre al oído antes de dormirse cariño, eres la mujer de mi vida .
Echa de menos los paseos por Gran Vía los domingos y comer unos aperitivos en El Mercado de San Miguel.
Echa de menos las tardes que se pasaban abrazados viendo cine clásico, de ese en blanco y negro que nadie entiende pero que te da la legitimidad de volverte culto.
Eso quedó atrás hace mucho tiempo. Cuando ambos dejaron sobre la mesa del juzgado las alianzas de oro que cubrieron sus dedos en su boda, sabían que ya no iban a verse de la misma manera.
Y ya no van a poder verse igual, porque Jacobo tiene una nueva pareja.
Elena se llama. Es guapísima, lo sabe bien porque le ha echado un vistazo a sus redes sociales.
Tiene un perro, es profesora de guardería, los niños la adoran, Daniel la adora (no habla de otra cosa en casa)...
Es, simplemente, la mujer perfecta para Jacobo.
Y, dentro de unos meses, van a irse a Mallorca para casarse.
Jacobo va a casarse con la mujer de su vida, y Julia sigue sola.
Julia echa muchísimo de menos a su marido. Porque está sola en el mundo. Y porque sigue enamorada de él. No entiendo por qué decidimos divorciarnos , piensa.
La cosa es que sí que lo sabe, pero no quiere admitirlo en voz alta porque si no la AMPA (la Asociación de Madres y Padres de Alumnos) la va a considerar, y puede que hasta con algo de razón, una madre de mierda.
Sobra decir que el mejor sexo que tuvo en su vida fue con su marido Jacobo.
Se lo pasó muy bien esa hora en la habitación del hotel, pero se olvidaron de ponerse protección.
A las tres semanas ya tenían la prueba de embarazo con dos rayitas.
Se quedó embarazada por imbécil e impulsiva, que el calentón no se lo quitaba nadie.
Jacobo estaba tan ilusionado con el bebé, que Julia pensó que era un buen momento para ser madre.
Puede que eso fuera lo que acabó por destruir su matrimonio.
Para que mentir, sigue pensando en su marido a la hora de acostarse.
Sí, Julia se sigue refiriendo a Jacobo como su marido.
¿Qué firmaron los papeles del divorcio hace ya la hostia de tiempo?
Sí, pero a Julia siempre se le olvida añadir el prefijo ex.
Se arrepiente de haberlo dejado escapar, de no haber luchado por tener un futuro juntos.
Lo de ser una madre de mierda ya se lo considera Julia por su cuenta.
Lo que pasa es que desde que nació Daniel, su único hijo, dejó de estar con la persona que más le importaba.
En cuanto a Julia le formaron una cicatriz con treinta y siete grapas en la barriga, ya que su hijo nació por cesárea y no por parto natural, designó en la persona de su marido el papel de madre y padre al mismo tiempo.
Julia estaba demasiado centrada en su carrera como escritora como para centrarse en cuidar a un hijo que ella ni siquiera deseaba.
Por eso le dejó al cargo de su padre. A día de hoy, debido a eso, Daniel prefiere estar con su padre más que con su madre.
Su hijo prefiere a su padre antes que a la mujer que le dio la vida, y ni siquiera puede culparle por ello.
Ella nunca va a perdonarse el no ser lo suficientemente buena para él.
Julia se divorció de su marido porque creía que él merecía una pareja mejor y una mejor madre para su hijo. Por eso firmaron los papeles del divorcio, porque ella prefirió liberar a su marido de una carga que no le pertenecía para buscar un futuro mejor.
Por eso Julia no le impidió a Jacobo subirse a aquel tren con su hijo para llevárselo a la Costa Brava.
Por eso ni siquiera se despidió. Por eso ni siquiera fue a la estación para verlos por última vez antes de su partida.
Por eso Julia no le dijo al hombre de su vida que aún lo amaba y que quería pasar el resto de su vida con él.
Por eso Julia quiere marcharse del que es su hogar, porque si no nunca podrá olvidar al que ha sido (y sigue siendo) el amor de su vida. Ese piso siempre le va a recordar el centenar de momentos felices que vivió junto a él y que ya no van a volver a repetirse.
Ahora bien, esa respuesta ya ha quedado obsoleta porque cuando se lo preguntaban ella no había descubierto que era adoptada y que tenía otra familia en un pueblo vasco perdido de la mano de Dios.
Y, por si fuera poco, aún no estaba detenida. No ha sido hasta hace unos veinte minutos que Julia ha posado sus glúteos sobre la tapicería de tela que recubre los asientos de un coche patrulla de la Ertzaintza.
Por eso ahora ha cambiado de opinión respecto a su concepción de lugar asfixiante. Ahora si le preguntas a Julia por el lugar más asfixiante sobre el planeta tierra te dirá: la sala de interrogatorios número dos del cuartel policial de Praixze.
Quiero volver a mi casa, la echo de menos . Es la primera vez que este pensamiento atraviesa de par en par la mente de Julia, nunca antes se había materializado. El lugar del que antes ella quería escapar, ahora se ha convertido en el refugio de una escritora que no sabe tener el culo quieto.
La sala de interrogatorios número dos de la comisaría de Praixze no es lugar acogedor. Es una habitación muy pequeña que no superaría el tamaño de un cuarto de mantenimiento.
Ahora en ese minúsculo espacio solo hay cabida para una mesa plegable y un par de sillas de madera. Cuando no se toman notas se suele utilizar una pequeña grabadora que todavía va con cintas y que Morales guarda en uno de sus cajones.
No hay ventanas. No hay relojes. No hay nada que indique al detenido cuánto tiempo ha pasado desde que entró en la sala.
De hecho, este es uno de sus tantos puntos fuertes.
Al ser un espacio tan cerrado y con una iluminación deprimente, da la sensación de que las paredes se cierran en torno al detenido.
La calefacción está activada todo el año y se aumenta la temperatura dentro de la sala, para crear esa atmósfera seca e irritante.
El teniente Brueca acciona una grabadora antigua que deposita en el centro de la mesa.
—Podemos comenzar, señora Lazkano. Tenemos que hacerle muchas preguntas, y no tenemos mucho tiempo, vamos a contrarreloj —dice la jueza Caballero.