El susurro de las amapolas 33
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Estás detenida

La última vez que vimos a Julia estaba luchando por no entrar al coche patrulla mientras el teniente Brueca le ajustaba las esposas.

Es la primera vez que siente el frío del metal en torno a las muñecas.

El mecanismo le aprieta los huesos después de su cierre, si las esposas permanecen cerradas un poco más puede que se le separen las muñecas de los brazos.

Ahora bien, dada la longitud del pueblo y la distancia entre sus calles, Julia no termina de entender del todo el hecho de que la suban al coche para llevarla al cuartel.

Tan solo tienen que atravesar un par de calles y aparcar en un descampado para poder atravesar la puerta de hierro que da acceso al recinto policial.

Ni que fuera yo una terrorista o una presa que necesita un traslado urgente , piensa, apoyada en el asiento de atrás.

La antigua Julia (si es que alguna vez hubo una) nunca habría descansado en la tapicería mal cuidada de un coche de la Ertzaintza.

Piensa en qué clase de mundo hace falta que una escritora, casi en la bancarrota, se apoye en el asiento trasero de un coche patrulla.

La antigua Julia, la que llenaba escenarios enteros explicando los entresijos de sus novelas, nunca habría imaginado, ni por asomo, su detención oficial.

Ella es una mujer de bien, no es una delincuente politoxicómana.

Pasados unos segundos termina por agradecer el gesto, ya que habría sido mucho peor que la paseasen por todo el pueblo esposada, con las manos a la espalda y escoltada por el teniente de la guardia civil.

Si hubiera sido así, los rostros que antes la observaban con pena mientras se repetían mentalmente pobrecita, lo que ha tenido que sufrir cambiarían su pensamiento y dirían sin reparos que se joda la hija de puta, ojalá siguiera retenida .

Menos mal que estoy en el coche , piensa.

Aunque el hecho de que la trasladen no va a evitar que todo el pueblo se entere que la han detenido.

Sobre todo porque Concha, la dueña del único bar que alimenta religiosamente al pueblo, ha presenciado en primera plana cómo el teniente cerraba las esposas en torno a las muñecas de Julia.

Esa escena es demasiado impactante y morbosa, como para apartar la mirada y hacer como que no ha pasado nada.

Enterarse se van a enterar, pero al menos no van a tirarme piedras.

O tal vez sí, quién sabe. Si me detienen y me dejan en el calabozo a lo mejor me libro de dormir en el colchón mugriento del motel esta noche , este último pensamiento la reconforta un poco, Julia daría todo lo que tiene con tal de no dormir en ese mugriento colchón esta noche.

Tampoco le hace mucha gracia pudrirse en una celda algo antihigiénica y mal ventilada.

Vale, el colchón no es lo mejor del mundo, pero voy a asegurarme de dormir ahí esta noche , Julia se fija su objetivo y va a hacer todo lo posible por conseguirlo.

El traslado dura cinco minutos, pero para Julia pasan cinco años, seis meses y cuatro días.

Esta vez, las puertas de la comisaría están abiertas.

El edificio ahora parece rebosar una vida que antes no tenía.

Se escucha algo de barullo en su interior, como si muchas personas estuvieran en una fiesta de organización de informes.

Hay algunos coches extraoficiales fuera del recinto, se ve que los altos cargos han mandado refuerzos a la costa bilbaína.

El teniente Brueca saca a Julia del coche y la sujeta por la parte de atrás, ejerciendo presión sobre el mecanismo de las esposas para que la detenida no haga nada raro. Juntos atraviesan el umbral, ese que Julia no pudo atravesar en su día, y se meten de lleno en el interior de la casa de la ley.

Siempre dicen que no hay que juzgar un libro por su portada, pero esta vez hacemos una excepción porque la fachada del ya de por sí cochambroso edificio le hace justicia al interior. En otras palabras: el interior del cuartel está igual de dejado que la pintura descascarillada de la puerta.

Dentro, en todas las mesas, hay más personas de las que se cabe esperar en el cuartelillo de un pequeño pueblo.

Hay cuatro mesas con multitud de oficiales alrededor.

En la primera se examinan mapas de la zona, en la segunda se escuchan grabaciones, en la tercera se ven fotografías antiguas y en la cuarta...

En la cuarta está la jueza Elisa Caballero junto a Morales, que esperan impacientes recibir a la acusada.

Cuando Julia cruza la mirada con la jueza el estómago le da un vuelco.

Elisa no tarda en mirar al teniente que sostiene a la detenida y le hace un gesto con la cabeza para que la lleve a una de las tantas salas de la comisaría.

La jueza manda a Morales a recoger unos expedientes y va junto a Brueca para acompañar a Julia.

Mierda, sí que estoy detenida de verdad , piensa la detenida, como si el tener las muñecas esposadas y que la esté escoltando un oficial de la policía vasca no fuera suficiente como para que conociera la gravedad de su situación.

La llevan por un pasillo angosto que le cuesta recorrer. Después se paran en frente de una puerta que está escoltada por dentro. Elisa llega junto al teniente y le lanza una mirada de soslayo a Julia, que reprime el nudo en el estómago. Pasados unos segundos la jueza grita:

—¡Puerta! —Esta se abre y el oficial que la escoltaba desde dentro deja paso al teniente, a la jueza y a la acusada esposada.

Comienza la diversión para la policía y la desesperación para Julia.