El susurro de las amapolas 32
36%

32

Lo que de verdad importa

La noche que Lucía Brueca desapareció no pasó por casa para cenar.

Siempre que llegaba el verano acostumbraba a tergiversar sus horarios y llegaba tarde a casa.

Por eso, sus padres no le dieron excesiva importancia.

Además, esta vez podía trasnochar un poco más de la cuenta ya que eran las fiestas de Praixze.

Todos los adolescentes del pueblo estarían moviendo las caderas en la verbena, por lo que en ningún momento estaría sola.

La primera punzada de ansiedad llegó cuando su madre la llamó al móvil y Lucía no contestó. Llamó tres veces más de forma reiterada.

—Estará con sus amigas pasándoselo bien. La música está muy alta en la pista, no escuchará el tono de llamada, ya te llamará después —argumentó Brueca, siempre muy dispuesto para encubrir a su hija.

—Ella sabe que siempre que la llamo tiene que cogerlo de inmediato, es la única regla que le puse para que tuviera móvil —contesta su madre.

—Se habrá quedado sin batería. No seas tan ansias, mujer. Ya tiene dieciocho años, está en la edad del pavo y se lo quiere pasar bien.

—Batería tiene, porque da tono. Esto no me gusta...

—Amor, tienes que relajarte. La proteges demasiado.

La mirada asesina con la que su mujer fulmina a Brueca lo deja en el sitio.

—Voy a llamar a Marta, su amiga. Es solo por quedarme yo tranquila, después ya la dejo en paz.

—Haz lo que quieras —responde Brueca.

Maite marca en el teléfono fijo el número de Marta, que lo coge al cuarto tono.

—Dime, Maite.

—Marta, cariño, perdona que te moleste. ¿Por dónde andáis?

—Estamos tomando algo en la churrería.

—Perfecto, cariño. ¿Me puedes pasar a Lucía un momento?

—No, Lucía no está aquí.

—¿Cómo que no está vosotros? —Maite sube el tono mientras llama la atención de su marido, que va junto a ella.

—Se separó de nosotras mientras estábamos bailando en la pista. No la hemos vuelto a ver. La hemos llamado unas cuantas veces y no coje el teléfono.

—Vale, no te preocupes. Voy a ver si me lo coje a mí.

—Cualquier cosa me llamas, Maite.

—Sí, gracias, cariño.

Maite cuelga el teléfono y mira a su marido. Su corazón retumba en el pecho como un tambor en plena procesión de Semana Santa.

—La niña no está con sus amigas —le dice a su marido, en plena ola de desesperación.

Horas más tarde, Maite ya estaba organizando batidas de búsqueda con todas las personas del pueblo.

Buscaron a su hija todos los días de esa semana. Brueca se dejó los cascos cuando supo que su hija ya no iba a volver a casa. Él pensaba que se había escapado con algún ligue (sospechaba que su hija se estaba viendo a escondidas con un chico de su clase, El Toni).

Toni Morantes era un chaval apasionado de las motos y del fumeteo.

Se pilló de Lucía mientras daba un paseo por el campo en su moto.

Él siempre había sido un picaflor que iba de chica en chica, jugando con esos sentimientos que surgen en lo más profundo y que pueden romperse con un ligero chasquido de dedos.

Con ella todo fue distinto. El flechazo al verla con la melena color trigo ondeando al son de los girasoles, vestida con un vestido blanco estampado de flores.

El retumbar del pecho cuando ella le miró y le dedicó una agradable sonrisa.

El sudor de sus manos cuando se sentaron a hablar por primera vez.

Y, por último, la sequedad de la boca cuando vio que el primer beso era inminente.

Se enamoró de la cabeza a los pies, como en esas películas que protagonizaba Julia Roberts en los años noventa y que marcó a toda una generación antes de la publicación de Cincuenta Sombras de Grey .

Escondieron su amor mutuo por el bien de los dos.

Él lo escondió por no tirar por los suelos la reputación de chico malo que había conseguido formar con el paso de los años.

Ella lo escondió para que su padre, un policía experimentado, y su madre, una mujer bastante sobreprotectora y obsesiva, no le pegasen una paliza y de regalo le calentasen los dientes con un tiro en la boca.

Escondieron tan bien sus sentimientos que estos no salieron a la luz hasta que se dio la alerta de desaparición.

Cuando Brueca fue a preguntar al chaval, él le confesó todo lo que esperaba.

Esa noche sí había quedado con su hija, para hacer el amor y marcharse lejos del pueblo.

Llevaban mucho tiempo planeando la huida.

Lucía cumplió dieciocho años en junio, lo que le daba libertad para poder hacer lo que le diera la santa gana.

Ella quería ser libre, quería ver el mundo que la rodeaba fuera de esa burbuja compuesta por sus padres.

Lo último que vio fue el cuchillo de carnicero dirigirse a su garganta mientras una mano enguantada le agarraba del pelo.

Días después, con el cuerpo de su hija mutilado envuelto en una pila de hojas secas, Brueca experimentó el mayor dolor de su vida. El dolor de un padre que ha perdido lo que más ama, un dolor que solo entiende alguien que ha perdido a la persona más importante de su vida.

Brueca está arrodillado ante esa pila de material orgánico contemplando el cuerpo frío de su cría, esa que una vez tuvo los ojos llenos de vida y de esperanza, esa que una vez soñaba con comerse el mundo que la rodeaba.

Brueca llora de una manera en la que nadie le ha visto llorar nunca.

El teniente nunca ha sucumbido a la tristeza y ha contenido en todo tipo de situaciones el líquido de sus lacrimales.

Maite llega hasta el claro y pasa junto al corrillo de niños acompañados por sus padres.

Les dedica una mirada ausente, como si ellos tuvieran algún mínimo de culpa de lo que le ha pasado a su hija.

Va junto a su marido, que sigue arrodillado.

Ella también se arrodilla. Le pasa la mano por la espalda al padre de su hija y ambos juntan sus cabezas por los lados.

El teniente hace una seña para que la policía forense no tape el cuerpo con la manta, tampoco deja que se acerquen con la bolsa para cadáveres, no quiere que embutan a su hija como si fuera cualquier cosa.

—¿Qué es lo que hemos hecho mal? —susurra Maite a su marido.

Brueca, por primera vez en muchos años, no tiene respuesta para la pregunta que le lanza su mujer.

Esta situación es bastante inusual en él.

Brueca siempre tiene la frase perfecta en el momento perfecto.

Ahora, viéndose reflejado en los ojos sin vida de su hija, solo puede cerrar la boca y asentir en silencio.

Uno de los tantos oficiales que están asegurando el perímetro se aproxima con sumo cuidado al teniente y a su esposa. Le toca con la palma de la mano el hombro a Brueca.

—¿Qué pasa ahora? Un poco de respeto, coño, que estamos velando a la niña —ataca el teniente, enfurecido.

—Teniente —se disculpa el oficial—, los forenses han encontrado algo junto al cuerpo cuando han llegado.

—¿Y para eso molestas?

—Disculpe, teniente, dicen que es importante.

Brueca suelta un suspiro exasperado y mira de reojo al oficial larguirucho que tiene delante.

—A ver, ¿qué es lo que es?

El oficial se aparta y deja paso al cabo Manuel Morales, que le da un caluroso abrazo a su amigo y entona en susurros un ligero pésame hacia la niña.

Le tiende al teniente un sobre marrón en el que solo se lee, por la parte del reverso, en una perfecta caligrafía el nombre de la víctima: «Lucía Brueca».

Maite y Brueca lo examinan con detenimiento. No lo abren, todavía no. Temen que el dolor que están sufriendo, que ya de por sí es intenso, se multiplique.

—Es la letra de Lucía —puntualiza Maite entre lágrimas.

—Sí, lo es —corrobora el teniente.

En ese momento es cuando deciden que deben abrirla.

Mamá y Papá, espero que algún día podáis perdonarme por lo que he hecho.

Tengo que admitir que he cometido un pecado imperdonable.

Empecé a salir con un chico y nos hemos acostado varias veces.

En una de esas tantas me he quedado embarazada de él sin haber contraído matrimonio.

Tengo que pagar por ello. Él me va a hacer pagar.

PD: Toni, eres el amor de mi vida, no me olvides.

Cuando Brueca ve la carta no se limita a pensar en que la culpa la tiene el pobre chaval, ni siquiera se acuerda de la existencia de Toni.

En lo único en lo que puede pensar es que la persona, por llamarla de alguna manera, que le ha arrebatado la vida a su hija no es ni siquiera un hombre.

La persona que ha matado a su preciada hija es un monstruo salido de las profundidades del infierno.

La misa y el entierro se celebraron unos pocos días después del hallazgo del cadáver.

El féretro blanco se está quedando algo amarronado por la lluvia mezclada con el barro, que está siendo velado por las ancianas del pueblo mientras el párroco bendice la sepultura en la que va a descansar por el resto de la eternidad la hija del teniente Brueca.

Está lloviendo, en los entierros rara vez hace sol.

Los padres de Lucía depositan una corona de flores sobre el ataúd.

La multitud deja paso a Toni, que lleva en sus manos una flor para su amada.

Deposita en la madera blancuzca una amapola recién cortada mientras susurra: estas eran tus flores favoritas, mi amor .

Acto seguido se aparta y se mezcla con la multitud.

Los cuatro sepultureros comienzan a hacer su trabajo y tiran de las cuerdas para que la caja de madera descienda hasta la fosa en la que dentro unos minutos se comenzará a verter tierra húmeda.

El féretro desciende bajo la atenta mirada de unos padres destruidos y de una familia atormentada.

Llega hasta el fondo y los sepultureros sueltan las cuerdas y cogen las palas.

Echan tierra durante unos minutos hasta que ya no queda rastro de la madera que contiene el cuerpo de la joven.

Después de todo el ritual se disponen a poner la última pieza: la lápida.

Colocan la lámina de granito en la que se ve grabada una inscripción con letras genéricas junto a una foto de la niña de los Brueca.

DESCANSA EN PAZ

Tu familia no te olvida

Lucía Brueca

(13/06/1974 – 20/07/1992)

Mientras toda la multitud se aleja del cementerio en dirección a sus casas, Brueca y su mujer siguen observando cómo la lluvia empapa la recién puesta lápida que corona la sepultura de su única hija.

Semanas más tarde Brueca enterró a su mujer, que no pudo soportar la pérdida de su hija.

Se precipitó con su coche por un barranco a altas horas de la noche y con las venas llenas de alcohol y barbitúricos.

Maite yacía en el fondo de un barranco mientras que el teniente estaba muerto en vida.

Acabó con su vida y se llevó por delante la de su cónyuge.

Fue a partir de ese día que Brueca dejó de luchar por las cosas que de verdad le importaban.

Ya de nada servía madrugar para intentar arreglar algo que de por sí ya estaba roto.

Desde ese día, el alma del teniente Brueca ha estado ligada a la comida precocinada y al alcohol barato.

A partir de ese día se labró algo a fuego en lo más profundo de su ser: nunca iba a olvidar el asesinato de su hija, y tampoco iba a dejar que cayera en vano.

A partir de ese día se juró que, fuera lo último que hiciera antes de morir, encontraría al responsable de la muerte de su hija y le vaciaría todo el cargador en la cabeza.

La cosa es que si al teniente se le mete algo entre ceja y ceja, ya no hay Dios que se lo saque. Y eso puede ser muy peligroso.