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El corazón del bosque
Ha pasado una hora desde que comenzó el escondite y a Julia todavía no la han encontrado. No sabe si es porque se le da muy bien jugar o porque se han vuelto a olvidar de ella.
A Julia no le da miedo el bosque, de momento.
Es de día, aún queda un rato para comer según sus cálculos.
Lo que pasa es que los árboles del bosque poseen unas copas frondosas que impiden el paso de los rayos del sol, por lo que aunque sea verano parece que Praixze sigue en pleno febrero.
Todavía sigue pensando en los ruidos extraños que, según su hermano, eran lobos sedientos de sangre.
La verdad que la vejiga le está empezando a hacer cosquillas cuando pronuncia la palabra lobo , nunca ha visto uno, solo en la televisión y en las películas, con eso le basta. De tanto pensar en esos colmillos afilados y esas garras puntiagudas, se muere de miedo.
Ahora, aparte de tener miedo, Julia se hace pis.
Julia nunca ha sido una niña miedica, de hecho, no conoce esa emoción.
Su cabeza nunca ha registrado un atisbo de miedo o terror.
Ella, en comparación con su hermano, es la más valiente de los dos.
La que siempre lleva las riendas de una defensa, la que se pone delante de las víctimas para plantar cara a los abusones.
Por eso no va a achantarse con unos simples ruidos. Pueden ser las ramas secas las que emiten los chasquidos, también pueden ser unos adorables e inofensivos animalillos que están correteando por el bosque.
Intenta respirar y convencerse, dentro de lo que puede, de que no va a saltar ningún depredador enorme por encima de los matorrales y le va a clavar los incisivos en el vientre hasta sacarle los intestinos. La tranquilidad dura unos cuantos segundos.
Unos pasos pesados la convencen de abandonar el escondite y echar a correr de manera despavorida.
No mira hacia atrás para ver si hay alguien que va tras sus pasos.
Se limita a mover las piernas de forma paralela lo más rápido que puede.
Lo poco que hace es controlar la respiración para que no le dé flato y mirar al suelo por si hay un agujero o un tronco caído con tal de evitar una aparatosa caída.
Sigue con la marcha por otros cinco minutos a pesar de que ya no escucha nada persiguiéndola a su espalda.
Cuando ya ha llegado al límite de sus fuerzas, echa a andar sin saber muy bien a dónde va.
Entre carrera y carrera esquivando ramas y troncos, Julia ha perdido el poco sentido de la orientación que tiene.
Se ha adentrado en una parte más profunda y frondosa del bosque.
Nunca ha estado allí. Si apenas había luz en las zonas más habitables, ahora hace falta unas cuantas antorchas para conseguir ver las siluetas de los árboles.
Julia sigue andando hasta que vislumbra algo. Un rayo de esperanza para ella, un rayo de luz solar para muchos. Consigue ver una parte del bosque que no está tapada con las hojas de los árboles. Aumenta el ritmo de la caminata para llegar al claro, con tal de recibir un poco de luz natural.
Julia entra en el claro, que está bañado por una luz celestial.
Es lo más hermoso que ha visto nunca, un lugar idílico.
Es un locus amoenus , es un lugar perfecto.
La hierba está poblada de una multitud de flores diferentes, es como un campo de pétalos multicolor.
Flores rojas, azules y amarillas ondean al paso de Julia.
En el centro del claro hay un pequeño árbol, cuya copa no llega hasta arriba.
Julia va acercándose poco a poco al tronco porque ha visto algo que estimula su ya de por sí mente curiosa.
Un montículo enorme de hojas secas está depositado a los pies del árbol, colándose en sus raíces sacadas de la tierra.
Se acerca todavía más hasta estar parada en frente de esa gran acumulación de hojas verdes. Mira el montón fijamente, obnubilada.
Algo, que no sabe muy bien qué es, la empuja a hacer lo que hace. Julia mete de lleno su mano derecha en el montón. Escarba un poco, porque sus brazos son diminutos y apenas puede coger las cosas, hasta que encuentra algo.
Algo que hace que su piel se erice y pase por sus venas un profundo escalofrío. Julia agarra con todos sus dedos lo que sea que esté adentro del montón y tira con todas sus fuerzas.
Lo que sigue es un grito entrecortado que retumba en las profundidades del bosque y un charco de color amarillento a los pies de Julia.
La pandilla encuentra a Julia toda meada y consternada. Se han pasado más de media hora buscándola y, cuando por fin iban a desistir y pedir ayuda en el pueblo, el grito les ha indicado su posición de forma aproximada.
Todos llegan a la misma vez al claro, aproximándose a Julia, que sigue en la base del tronco con la mirada perdida.
—Madre mía, Julia. ¡¿Tú sabes el susto que nos has dado?! Ya no te vuelvo a dejar sola nunca más —le reprocha su hermano.
—Tendríamos que volver, ya casi es la hora de comer —anuncia Xabier.
Todos asienten y están dispuestos a marcharse. Dan la espalda al árbol y comienzan a caminar para salir del claro.
La cosa es que se detienen porque ven que Julia no se mueve. Sigue de espaldas a ellos, con la mirada perdida en el montículo de hojas.
El pis ya se le ha puesto frío, pero ni siquiera se ha enterado de que se ha meado encima.
—Hermanita, ¿estás bien?
—Está muerta —asevera Julia.
—¿Qué? —dicen todos al unísono.
—Que está muerta —vuelve a repetir.
Julia se aparta de su posición original y deja al descubierto lo que había en ese montículo de hojas. Todos apartan la mirada y vomitan en el suelo seco. El olor nauseabundo del cadáver inunda sus fosas nasales.
—¿Esa no es la hija del teniente Brueca?
Todos miran a lo que queda de la chica y asienten.
En efecto, Lucía Brueca está muerta.