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La peña
Julia y Carlos emprenden la marcha para encontrarse con sus amigos.
Ellos siempre llegan puntuales cuando quedan para jugar, a pesar de que viven en la otra punta del pueblo y que deben atravesar un bosque para venir.
Julia y Carlos bufan porque ahora deben recorrerse todo el pueblo para ir en busca de sus amigos.
Esta secuencia, a pesar de estar protagonizada por niños de entre diez y cinco años, podría ser muy épica. Como los montajes del director con música de John Williams que sirven como hilo conductor en una secuencia de presentación de una banda de ladrones.
En vez de ser ese tipo de secuencia, épica y con rótulos con tipografías genéricas que aportan el nombre del personaje, la secuencia se asemeja más al proceso de reclutamiento de la serie Shin-chan, donde Shinnosuke (acompañado de Himawari en este caso) va de casa en casa recogiendo a Kazama, Nené, Masao y Boo-chan.
Pues eso mismo hacen Julia y Carlos en pleno agosto.
Primero van a por Aitor, el listillo del grupo.
Es de esos niños al que los abusones encasillan como empollón con gafas.
Nada más lejos de la realidad. La cosa es que Aitor, aparte de tener gafas, es un chico que, como dirían las abuelas a la zagalería, es más listo que el hambre.
Aitor tiene pretensiones de irse del pueblo para conseguir un futuro en nada menos que en la capital.
Después van a por Iraia, la cabecilla del grupo.
Es pequeñita pero matona. Si te descuidas se te ha metido en un embolado que solo se zanja con un par de dientes fuera de las encías.
Por lo demás es una niña encantadora, amiga de todo el mundo, responsable...
Por eso, cuando se cansa de ser la niña pródigo, se dedica a chinchar un poco a sus amigos.
Vamos, lo normal para una niña de su edad.
Después pasan a recoger a Xabier. Aquí entramos en un terreno un poco sensible porque el niño nos ha salido más blando que una miga de pan remojada en leche.
La cosa es que a Xabier le da miedo todo, y cuando dice todo es todo.
No puede salir de casa sin agobiarse ni una sola vez.
Los demás no le culpan porque él se encarga de mantener su casa mientras sus padres están trabajando de sol a sol en los pueblos vecinos.
Él limpia, cocina, va al mercado... Todos sus días son iguales desde que empezó el verano.
La cosa es que Xabier es más leal que un cachorro al que sacas de la calle.
Por último van a por Jon. Él sí que vive la vida sin ninguna preocupación.
Es el más sensato de los cinco, y junto con Aitor hace un tándem que ríete tú del dúo dinámico.
Es algo callado, no se lo vamos a negar, pero cuando abre la boca siempre suelta un comentario que encaja perfectamente con el momento, con las palabras justas y con la acidez calculada para escueza pero no haga daño.
Pues ya está todo el circo montado.
Caminan un poco hasta colarse en unas pequeñas ruinas que hay antes de entrar al bosque. Antaño estas sirvieron como refugio para algunos soldados durante la guerra. Ahora lo usan los niños como si fuera su base secreta.
—¿Y a qué vamos a jugar hoy? —pregunta Xabier.
—Hoy elijo yo, que vosotros siempre elegís juegos muy aburridos —contesta Iraia.
Se escuchan un par de bufidos por parte de los asistentes. Un par de miradas asesinas después los sonidos se calman.
—Al final acabas siempre eligiendo tú, Iraia. Eso no es justo, cada día nos toca a uno —replica Carlos.
—Tenemos que ser justos, es la base de la convivencia entre amigos —comenta Jon.
—Hoy podía yo, tate. Me lo has dicho... —le susurra Julia a su hermano.
—¿Qué dice ahora la niña? —protesta Iraia.
—Porque le he dicho que hoy podría elegir el juego ella, que ya es mayor.
—Pues me parece una buena idea, que Julia siempre está jugando a lo que decimos sin protestar —opina Aitor.
—Es que es más buena —alaga Xabier.
—¿Osea que vamos a hacer lo que diga una niña?
Yo lo flipo. —Iraia sigue protestando. Es algo habitual en ella cuando algo no le cuadra, pero luego al final se deja hacer y acaba cediendo.
Intenta llamar un poco la atención para que los demás sepan que existe—.
Entonces, Julia, ¿a qué quieres que juguemos?
—¡Al escondite! —responde la niña entusiasmada. El brillo de sus ojos parecen estrellas en mitad de un cielo plomizo y negruzco.
—Eso es un juego de críos —bufa Iraia.
—Ni que tuvieras treinta años. Que tienes ocho, guapa —le replica Aitor.
—Pues si tú no quieres jugar, no lo hagas. Yo por mí sí, que me apetece —Xabier salta de su sitio, poniéndose en pie.
Todos le imitan el gesto y se levantan para adentrarse en el bosque a jugar. Todos excepto Iraia, que sigue sentada en el suelo cruzada de brazos y piernas. Solo cuando los demás han abandonado las ruinas, ella se arrepiente y va en su busca.
—¡Oye, que me lo he pensado mejor! —clama a viva voz.
El que cuenta esta vez es Aitor, por lo que los demás corren para esconderse.
Se toman el juego muy enserio. Aunque les parezca un juego de críos, les encanta sentir la adrenalina de esconderse y de que los puedan encontrar en cada momento.
Ese sentimiento que se les agarra al estómago es lo que acaba por convencerles para jugar.
Carlos quiere ir junto a Julia a esconderse, porque él es un buen hermano y quiere cuidarla.
Pero ella le dice que ya es mayor y que sabe volver a casa si se pierde.
Él insiste y ella no le deja.
Al final Carlos y Julia se separan, él se va para uno de los lados y ella se va hacia las profundidades del bosque.
Allá donde los árboles son más densos.
Donde por mucho que se grite nadie escucha.
Ese lugar al que tienen prohibido ir los niños porque está lleno de cuevas y barrancos por los que pueden perderse o caerse.
Julia no es muy dada a seguir las normas que le imponen los mayores, ella no se deja intimidar por los rumores. Además, tiene una curiosidad innata.
Porque allá donde los vivos no llegan, es donde ha escuchado antes los sonidos junto a su hermano.
Lo que la convence es ver una sombra escabullirse entre las ramas.