El susurro de las amapolas 29
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Vida campestre

A Carlos le encanta despertarse con los primeros rayos del alba.

Suele ser el primero en levantarse en casa, justo antes de que su madre comience a freír el pan para el desayuno. Como es el primero en levantarse, aprovecha y se da un pequeño paseo por la finca acompañado de la resfrialdad mañanera que inunda todo el campo.

Siempre sigue la misma rutina. Primero va hacia el corral para saludar a las gallinas y a darles de comer.

Le encantan los animales. Siempre les da de comer a eso de las siete de la mañana.

Después va al huerto para asegurarse de que entre la tierra de cultivo no se haya colado alguna mala hierba que estropee la cosecha de tomates y lechugas.

Ya de paso, si la cosecha está lista para recoger, se coge alguna pieza como recompensa por vigilar el alimento.

Por último va hacia la piscina, que siempre se llena de suciedad, bichos y hojas por mucho que la dejara limpia la noche anterior.

Coge del cobertizo una pequeña red, se sube al bordillo y comienza a retirar todo lo que no debería estar flotando en el agua cristalina.

Ya soy un niño grande , piensa todas las mañanas tras terminar, hago tareas de mayores .

En realidad, Carlos es el más productivo de la familia. Se levanta pronto y hace sus quehaceres antes que los demás para luego tener todo el día libre.

Cuando entra en casa, a eso de las siete y media de la mañana, la mayor parte de la casa está ya levantada.

Su padre preside la mesa colocando las tazas y los platos, también yéndose a la cocina para colaborar en todas las tareas que pueda.

Su tía está ayudando a su hermana con el desayuno y ordenando la suciedad de la noche anterior.

—Buenos días, campeón, ¿cómo has dormido? ¿Ya has hecho todas tus tareas? —pregunta su padre.

Carlos levanta un pulgar en señal de positividad.

—Tu hermana sigue dormida, ¿puedes ir a despertarla? —pide su madre.

Mientras que los adultos van finalizando la tarea de poner la mesa, tostar el pan y preparar la leche caliente, Carlos va a despertar a su hermana.

La habitación de sus padres es en la que más fresco entra.

Tiene dos camas de matrimonio y una cuna grande en el centro, donde sigue durmiendo Julia a pesar de tener ya una edad para dormir en la cama.

Se acerca a la cuna y le rasca la barriga para despertarla.

Julia, que lleva un rato despierta, se hace la remolona porque todavía no quiere despertarse.

Su hermano, que ya la conoce, aplica el mejor de sus trucos.

—Vamos, Julia, que tenemos que desayunar.

Ella no se levanta, tampoco abre los ojos. Su hermano prefiere pasar a la acción. Un ataque de cosquillas inesperado pilla a Julia por sorpresa. Ella se retuerce de la risa y va dando pataditas para zafarse del cosquilleo.

Una vez toda la casa está levantada, se desayuna en familia, como es debido. En la mesa se habla, sobre todo, del reparto de tareas del día. Como los niños ya no tienen que ir al colegio porque es verano, pueden ayudar con algunas tareas que no requieran un gran esfuerzo.

El reparto de tareas siempre suele ser el mismo: Marco se encarga del bricolaje, cortar la leña y arreglar cualquier cosa que se haya roto; Cintia se encarga del cuidado exterior de la finca y de regar todos los arbolillos que rodean la casa; Amaia limpia la casa y después se va turnando con su hermana para hacer la comida; Carlos, para este punto, ya ha terminado todas sus tareas; y Julia no hace nada, porque es la pequeña de la casa.

Los días en la casa suelen ser bastante aburridos para los pequeños.

Al no tener colegio no tienen gran cosa que hacer por la mañana y, como ya no tienen tareas que hacer, se aburren en exceso.

Por eso, casi todas las mañanas, intentan convencer a su madre para que les deje bajar al pueblo para jugar con sus amigos.

—¿Podemos bajar al pueblo? —pregunta Carlos a su madre.

—¿Os deja vuestro padre? —contesta sin apartar la mirada de la tabla de cortar.

—Ya sabes que siempre nos deja si tenemos cuidado.

Amaia resopla, tiene la misma papeleta casi todas las mañanas desde mediados de junio.

Carlos empuja a su hermana al frente, para que mire a su madre a los ojos. Amaia mira a Julia y la pequeña abre sus ojos de par en par, estirando sus morritos a la par como un corderito degollado.

—Por favor, mami —suplica la pequeña.

Al final Amaia siempre acaba accediendo, pero no porque el rostro angelical de Julia la haya convencido, sino porque le encanta hacer un poquito de rabiar a sus hijos para que estos le hagan la pelota.

—Venga, podéis ir. Pero tenéis que estar puntuales para la hora de comer.

—¡Bien! —victorean ambos niños a la vez.

Cuando ambos desaparecen por el umbral de la puerta principal, Amaia se ríe por lo bajo.

Ay la inocencia de los niños.

El camino que atraviesa el bosque y que conduce al pueblo es hermoso de día. De noche los niños prefieren no atravesarlo porque creen que van a ser la cena de una manada de lobos.

Los niños se van abriendo paso por las zarzas y por las ramas caídas de los árboles mientras siguen un pequeño sendero de tierra que lleva al pueblo.

—Hoy te toca elegir a qué jugamos, Julia.

—¿A mí? —pregunta entusiasmada con una sonrisa que atraviesa toda su cara y que termina en los hoyuelos de sus mofletes.

—Sí, ya eres lo bastante mayor para poder elegir a qué jugar. Así tienes todo el día para ti.

Julia salta y canturrea de felicidad. Desde que su hermano le dio permiso para bajar con él al pueblo para jugar con sus amigos, Julia soñaba con elegir el juego del día.

—Entonces, ¿a qué vas a querer que juguemos, tata? —pregunta Carlos sacando a Julia de su ensimismamiento.

—Pues... —Julia se lo piensa— ¡Al escondite!

Carlos hace una seña de aprobación.

La alegría de los niños se disipa cuando escuchan el crujido de una rama seguido de unos pasos apresurados. Ven una especie de sombra corretear entre la maleza, pero no distinguen exactamente qué es lo que es.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta Julia mientras se aferra a la cadera de su hermano.

—Eso han sido los lobos, ¡que están hambrientos y vienen a comerte! —Carlos intenta meterle miedo a su hermana, pero en vez de eso consigue que esta estalle en una carcajada.

Ambos niños continúan su camino hasta el pueblo.

Llegan diez minutos después. Atraviesan algunas calles saludando a todos los vecinos y los residentes de Praixze les reciben con una sonrisa.

Llegan al centro de la plaza y se paran. No ven a ninguno de sus amigos, por lo que llegan a la inequívoca conclusión de que se han vuelto a olvidar de que habían quedado para jugar. Esto no es nada nuevo, les pasa casi todos los días.

—¿Dónde están todos, chache?

—Me da que vamos a tener que ir a buscarles.

—¿Nos vamos de aventura?

—Sí, Julia, nos vamos de aventura.