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Yo me confieso
La primera vez que Brueca vio un cadáver se quedó impactado, no esperaba que en una bañera pudiera haber tanta sangre.
La segunda vez que Brueca vio un cadáver no se quedó impactado, sino en estado de trance.
No era la manera en la que habían asesinado a la víctima, él reconocería el patrón días después.
Lo que lo dejó paralizado en aquel bosque rodeado de hojas secas y una panda de niños traumatizados fue ver de quién era el cuerpo inerte que yacía sobre la hierba.
La chica que ya no podía sentir ningún estímulo externo era Lucía.
Habían denunciado su desaparición días antes.
Se jactaban de que se había escapado por voluntad propia.
Por una vez, Brueca se equivocó. Confiaba en que Lucía volvería a casa sana y salva, que se arrepentiría por haber tenido otro pronto y que pediría perdón.
Pero no lo hizo. Lucía no regresó a casa para la hora de cenar.
Ahora estaba tendida en un montón de hojas marchitas, con el cuerpo mutilado, los labios cosidos y una carta entre sus manos.
Lucía... Lucía Brueca estaba muerta.
Su madre lo estuvo poco después, al no soportar la pérdida de su hija.
Cogió el coche en una de esas tantas madrugadas en las que su marido hacía una ronda nocturna por los alrededores del pueblo.
Condujo una media hora hasta llegar a una carretera que diera con una bajada por una montaña.
No se lo pensó dos veces cuando apretó el pedal que aceleró la marcha y giró el volante en dirección al precipicio.
Unas cuantas vueltas de campana después, la señora Arana yacía en un coche destrozado al final de un precipicio.
Brueca nunca se recuperó de ambas pérdidas.
A día de hoy, sigue ofuscado en resolver el caso que no ha sido capaz de resolver.
La tristeza se le pasa con unas cuantas latas de cerveza y lo que encuentre por el mueble de la cocina.
Por eso ya no lucha por las cosas que le importan, lo único que le importaba lo perdió hace ya treinta años.
El camino hasta la comisaría es largo, y no porque el trayecto desde las cuevas al pueblo sea excesivamente extenso, no, sino que el silencio de Brueca y el acojone de Morales hacen que el ambiente esté más tenso.
—¿Usted cree, mi teniente, que él ha vuelto a matar? —pregunta Morales.
—No lo sé, chico. Por el estado del cadáver, el procedimiento es el mismo. —El teniente cierra los ojos y gime un poco por dentro. Morales aprecia el malestar de su superior.
—¿Va a poder con ello, teniente?
—¿Por qué no podría? —pregunta, retórico, al joven larguirucho que tiene como copiloto—. Llevo muchos años ejerciendo la profesión.
—Si yo lo sé, teniente, usted es un buen... policía. Es solo que me preguntaba si usted estaba dispuesto a volver a enfrentarse a eso.
—Háblame claro, coño, que todavía no me he vuelto gilipollas para que tengas que hablarme como si estuviera en un asilo. —El teniente va subiendo el tono.
—Bueno... Después de lo de su hija, a lo mejor tendría que apartarse del caso. Le vendría bien, mi teniente. Usted se obsesionó demasiado con el caso hace treinta años.
El coche frena en seco en el medio de la carretera, Morales y Brueca salen un poco hacia delante, clavándose el cinturón de seguridad.
—¡No vuelvas a nombrar a mi hija en tu puta vida, ¿me oyes, Morales?! Tú no sabes nada si me obsesioné o no, ¿sabes por qué? ¡Porque aparte de estar investigando el asesinato de mi hija estaba investigando la muerte de tu padre!
El ambiente, ya tenso de por sí, se vuelve insostenible. A este duro reproche le acompaña un primer plano de silencio. Morales no le sostiene la mirada a Brueca. En lugar de eso se limita a mirar por la ventanilla.
—Entendido, mi teniente.
Brueca deja a Morales en la puerta del cuartel para que deje las pruebas en las salas pertinentes.
Mientras, el teniente va en busca de la principal sospechosa.
La hija, que ha estado desaparecida por más de treinta años, de Amaia Marín.
Piensa parar en el único bar del pueblo para preguntar a Concha si ha visto a la susodicha.
Brueca ya sabe que Julia ha vuelto, porque doña Enriqueta ya se ha encargado de propagar las buenas nuevas.
A esto les siguen unos veinte minutos de colocación de las pruebas recolectadas en la cueva.
La jueza Caballero entra por la puerta del cuartel acompañada de varios oficiales y un par de forenses.
Se meten junto con Morales a la sala de las autopsias y, aparte de depositar el cadáver en la camilla, colocan el sobre bajo una luz y una especie de lente amplificadora.
Abren el sobre quitando primero el sello de cera, con sumo cuidado de no romperlo. Después sacan el papel, algo amarillento, y se disponen a leer su discurso. Esas letras, esa confesión por parte de la víctima, les horroriza.
CARTA MANUSCRITA DE LA VÍCTIMA
Mi nombre es Amaia Marín y quiero hacer una confesión. Hace más de treinta años que cometí el mayor error de mi vida, y hoy vengo a confesarlo y a pedir perdón por todo el daño que hice.
Desaparecí la tarde del 28 de agosto de 1992. Pero no lo hice sola, ese día, mis dos hijos también desaparecieron. Llevo oculta más de treinta años, pero hoy es el día en el que debo confesar lo que hice.
No soy ni una santa ni una mártir, solo una madre que buscaba proteger a su familia. Aun así, no me siento orgullosa de lo que hice. Sé que después de escribir estas palabras voy a morir, sé que hoy se acaba todo para mí.
Por eso, quiero confesarme.
Hace más de treinta años, maté a un hombre.