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La identidad
Todo el mundo lo conocía, pero nadie sabía quién era en realidad, decíamos.
Durante más de treinta años se paseó tranquilo por las calles, con las manos metidas en los bolsillos y silbando al son del canto de los pájaros.
La tranquilidad que le inundaba era fruto de sus más perversas fantasías.
No solo era un despiadado asesino en serie, sino que aparte de eso era alguien en quien se podía confiar.
Su tranquilidad residía en limpiar las malas acciones del mundo, como si fuera un ángel exterminador que se dedica a borrar la suciedad de todas y cada una de las superficies de la tierra con sus haces de luz.
Otro de los motivos para su tranquilidad era que nadie, absolutamente nadie, había descubierto su perfecta fachada.
Nadie reparaba en que él era el monstruo que había sumido aquel pequeño pueblo en el que nunca pasaba nada lo suficientemente perturbador como para que la escasa población se alterase.
Todo cambió cuando llegó él. Nadie se esperaba que un simple habitante más de un pueblo perdido de la mano de Dios, acabaría causando una masacre tan bestial.
Tanto fue la relevancia del caso que se corrieron ríos de tinta en la prensa española, que intentaba por todos los medios posibles el filtrar la identidad del asesino, solo consiguió aumentar de una manera bastante considerable la presión sobre los habitantes de Praixze.
Y es que todo el mundo, los periódicos, los reporteros, los informativos televisivos... todos y cada uno de ellos pretendían conseguir una foto del rostro del monstruo que estaba atemorizando la costa norte de la península.
Y es que la identidad es algo muy subjetivo.
Es un nombre y dos apellidos, la multitud de personas sobre la faz de la tierra solo somos nada más que eso: un nombre.
La historia cambia cuando estás en el foco del huracán mediático y eres una personalidad famosa, la gente siempre reconocerá tu nombre al completo, tendrá tu imagen labrada a fuego en su memoria.
Puede que también te reconozcan por ser hermano de, hijo de, pareja de...
y así sucesivamente. Y es que la mayoría de las personas no hemos nacido con un hilo dorado debajo del brazo y con un poderoso legado familiar cosido en el pecho.
Por eso es más fácil que una persona desconocida, alguien invisible para todos que se pierde en la inmensidad de las ciudades, cometa un crimen con más posibilidades de éxito.
La verdad es que de toda la población mundial, solo unas doscientas mil son famosas. Por lo que ese cálculo rápido nos deja una gran conclusión: la mayoría de las personas somos únicamente un número sin identidad, una pequeña estimación sin importancia en un planeta saturado de vida.
Cuando estalló todo, cuando las cosas comenzaron a torcerse de verdad... fue la primera vez en la que ni siquiera se vio capacitado para reaccionar.
¿Consiguió salvar la situación?
Sí.
¿A duras penas?
También.
Tiró una moneda al aire apostando al azar por una de sus dos caras y salió la que él quería que saliese.
Por un momento creyó que todo lo que había construido iba a derrumbarse, pero no, no lo hizo.
Desde entonces se pasó oculto entre los habitantes de Praixze.
Se mantuvo con un perfil bajo durante más de treinta años.
Nunca más volvió a sentir el incesante impulso de matar.
Pero ahora que ella ha vuelto se han precipitado las cosas.
Ha tenido que volver para remover el pasado.
Confiaba de lleno que ella ya ni siquiera recordaría su pasado, pero se ve que estaba totalmente equivocado.
La memoria es una máquina caprichosa y nunca sabes cuando va a alzar esa temida carta blanca que va a tumbar todas las figuras que hay sobre el tablero.
Después de tantos años, Julia ha terminado recordando quién es y de dónde viene.
Por eso está aquí, porque quiere saber la verdad.
Seguro que ya le han contado las peripecias del monstruo en ese año decisivo.
Seguro que ya su curiosidad ha hecho que vaya a buscar a su padre.
Seguro que no va a parar hasta dar con el fondo del asunto.
Y eso no le interesa ni a él ni a nadie.
Sobre todo porque nadie está preparado para conocer la verdad.
Durante años fue una sombra, una persona sin rostro despojada de toda identidad.
Solo tenían un nombre al que asociaban millones de facciones.
Cada suposición se escribía en condicional porque nadie sabía nada.
Podía ser cualquiera, cada persona que se veía por la calle era un sospechoso más.
Nadie se libraba de los pensamientos intrusivos.
Nadie supo jamás quién era, qué aspecto tenía o qué ropa llevaba. Resulta irónico pensar que lo veían todos los días, a todas horas y a plena luz del día. Donde todo el mundo veía un rostro amable se escondía el ser más perverso que ha creado la vida.
Obviamente, nadie sospechó. Ni siquiera se le pasó a nadie por la cabeza el nombrar su nombre para ponerlo en el tablón de posibles sospechosos.
Por ese motivo, El Hombre de las Amapolas todavía sigue libre.
Y está esperando el momento perfecto para volver a matar.