El susurro de las amapolas 27
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Un error

Hasta las mentes más brillantes cometen errores milimétricos.

Sin ir más lejos y por no hacer la lista eterna, ¿cuántos criminales o asesinos se habrían salido con la suya de no ser por un único error? Multitud de planes, sean asesinatos o no, se frustran todos los días a pesar de estar milimétricamente pensados.

Da igual cuánto se desglose un dossier, se estudie un mapa, se trabajen las coartadas... al final siempre hay algo minúsculo, diminuto, imperceptible ante la revisión de tantos ojos cínicos que acaba echándolo todo a perder.

Todos ellos, todos y cada uno de ellos comparten un rasgo en común.

Todos los asesinos que descansan hoy entre tres paredes y una reja de acero cometieron un error que desplomó su perfecta fachada y sacó a relucir el peor de todos los males.

Un solo detalle puede hacer que todo salte por los aires y que ni siquiera tú mismo te des cuenta.

Aunque el egocentrismo ciegue sus ojos, El Hombre de las Amapolas también ha cometido un error.

No lo va a reconocer en la vida, porque en el fondo sabe que no lo cometió aposta.

Él sabía lo que podía pasar, lo sabía y aun así no lo hizo.

Por eso está ahora debatiéndose entre lo que debe hacer.

Duda. Duda mucho más de lo que cabría esperar de una mente tan perturbada. Al final se decide. Va a hacerlo.

Tiene que poner punto y final a su sufrimiento, porque, aunque él lo niegue, ha cometido un error.

Un error imperdonable.

Un error que le puede poner en jaque.

Un error por el que puede perder todos estos años de anonimato.

Un error que tiene nombre y apellidos.

Ese error se llama Julia Lazkano Marín.

Lo que ignora es que Julia es capaz de hacer cualquier cosa por proteger a los suyos.

Cualquier cosa, y a cualquier precio.