El susurro de las amapolas 25
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El nombre

Hubo un tiempo en el que ni siquiera tuvo nombre. Era algo no catalogado, algo desconocido para muchos. Una sombra sin rostro que vagaba por las calles escondiendo lo que verdaderamente era: un monstruo.

El poder pasar desapercibido es una ventaja natural de la que gozan muy pocos.

El ocultarse en las sombras le brindaba las oportunidades perfectas para cometer sus fechorías a todas horas.

Aprovechó esos momentos de anonimato, que fueron muy pocos, ya que al poco tiempo de empezar a matar se extendió la voz de la existencia de un brutal depredador por la zona costera de Bilbao.

Fue tal y como lo planeó. El rumor se extendió lo justo para que él pudiera planificar sus siguientes movimientos sin apenas impedimentos.

Todos creían que podían adelantarse a él, pero no sabían que en realidad eran ratones atrapados en un laberinto sin salida cuyo único propósito era ser manejados por él.

Pero después llegaron los periodistas para alimentar a la bestia.

Fueron ellos los que le apodaron El Hombre de las Amapolas .

Nunca se habría conformado con cualquier cosa.

Al parecer se ve que consiguió instaurar una identidad común, porque el nombre que le asignaron describía perfectamente su seña de identidad.

Pasó de ser algo invisible a ser algo reconocido.

Las puertas de la fama se le abrieron de par en par en cuestión de horas.

Las verjas doradas del Valhala dejaron caer su gran candado para dejarle paso a él.

Se instauró en un trono de hierro forjado y ya nadie le iba a bajar de allí.

No estaba dispuesto a perder su corona. La fama, su fama, se debió a actos crueles.

Él lo había conseguido de verdad, sin trampas, sin engaños, mostrándose como lo que verdaderamente era.

Con un nombre, las personas ya podían referirse a él. Muchas personas creen que cuando algo desconocido recibe una identidad es menos peligroso. No es del todo así. Muchas veces la necesidad de una explicación hace que temamos a lo desconocido.

Los titulares de los informativos pasaron de decir continúan las misteriosas desapariciones y asesinatos en Praixze, Bilbao a decir El Hombre de las Amapolas se ha cobrado una nueva víctima esta madrugada .

Todos los titulares fueron expandiendo las hazañas de uno de los mayores asesinos del país.

Cuantas más personas lo conocían más se iba agrandando la bola.

Fue acumulando público, cada vez más y más personas le buscaban en la red, cada vez más y más personas estaban pendientes de los informativos para ver si el monstruo se había cobrado una nueva víctima.

Pasó de ser un desconocido a protagonizar miles de tertulias.

Al fin reconocían lo que hacía, por fin le daban la atención que se merecía. Lo bautizaban como un artista contemporáneo del engaño y del desmembramiento.

Se creció ante el gran público y cada vez iba a más. Aparte de saciar su hambre de muerte y destrucción, se permitió ejecutar a las personas de una manera bella para ofrecer nuevos lienzos de carne a los ojos curiosos de sus espectadores.

Todo el mundo sabía quién era El Hombre de las Amapolas aún sin haber visto su cara. Todo el mundo le tenía miedo. Todo el mundo creía que lo conocía.

Tampoco es que se sepa mucho sobre el origen del término.

A la hora de barajar la denominación habría estado más acercado el denominarle destripador o degollador.

La palabra amapolas designaba el descanso de sus víctimas.

Ese letargo eterno que les queda después de los cuchillos de carnicero desfilen por la tez blanquecina de todas sus víctimas.

También puede ser que la palabra provenga por una de sus marcas personales.

La carta que acompaña a sus víctimas. Ese minúsculo trozo de papel envuelto en otro marrón.

Más en concreto, el sello rojo de cera que tiene el relieve de una amapola y que encierra los secretos más oscuros de los condenados.

La mayoría de la población se inclina más por la segunda hipótesis.

La amapola Papaver Somniferum es una especie de narcótico natural, ya que su savia contiene alcaloides, que pueden usarse para obtener opio o, para elaborar medicamentos como la morfina y codeína.

Lo más curioso es que los análisis forenses determinaron que todas las víctimas presentaban trazas de alcaloides en su sangre, en mayor o menor medida dependiendo de la edad, sexo y peso de la víctima.

Utilizaba las adormideras para inducir un sueño profundo para después raptar a sus presas.

Así era más fácil transportarlas sin que se resistieran.

Tiene sentido entonces que se le apode El Hombre de las Amapolas.

Lo que nadie supo jamás fue algún detalle de su rostro. En realidad, todo el mundo lo conocía, pero nadie sabía quién era en realidad.