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Los motivos
Hay veces en las que no se puede explicar el porqué de algo.
Resulta imposible saber los motivos que mueven a una persona hacer una determinada acción.
Los seres racionales siempre buscamos una explicación hasta para lo que no la tiene.
Intentamos convencernos a nosotros mismos de que todo debe tener un por qué, algo que ha movido los hilos para acabar en una fatídica acción.
Él sí que sabe por qué lo hace. Todo debe de tener un sentido. No hace nada gratis ni deja nada al azar. Al final, él solo es una mísera marioneta que se mueve por un poder mayor.
El mundo ha dejado de ser ese paraíso idílico creado hace millones de años.
Hace milenios, el paraíso se abría ante los ojos de todos, un lugar en el que no existía la infelicidad o el dolor.
Ese planeta ya no es el mismo, ha sido contaminado por individuos que priman el dolor y el sufrimiento a la pureza.
La pureza, ese objetivo inalcanzable. Nadie es del todo inocente.
Todo el mundo tiene muertos en el armario o pelusas debajo de la alfombra.
Un alma pura es aquella que no ha cometido ningún acto inmoral.
A día de hoy no existe ningún alma pura.
Con rascar un poco la superficie impoluta de cualquier persona, acaba saliendo la porquería de lo que verdaderamente está hecha.
El mal y el dolor pueblan la tierra que conocemos.
La acumulación de errores provoca masacres y destrucción.
Al final cada decisión, sea grande o pequeña, implica una renuncia.
El efecto mariposa habla mucho de eso. Por poner un pequeño ejemplo: si una mujer y un hombre no hubieran caído en la tentación mordiendo un fruto ya de por sí prohibido renunciado a su estancia en el paraíso, ninguno de nosotros estaríamos aquí hoy, puesto que Dios le otorgó a Eva la capacidad de engendrar nuevas vidas .
Hasta las almas más puras, las engendradas por El Señor, sucumbieron a la tentación, volviéndose impuros.
Solo hay una manera de no cometer errores.
Al igual que a un niño se le recompensa con un caramelo cuando hace algo bien, también hay que darle un castigo ejemplar si infringe las normas. Este sistema de recompensas y castigos permite establecer unas pautas con las que mantener en sus cabales al rebaño.
Alguien que comete un error tiene muchas probabilidades de reincidir.
Pero si se castiga el fallo y se corrige el comportamiento, puede que el error deje de existir.
Aunque sea una forma radical, puede que sea la apropiada.
Algo que muere, por propia naturaleza de la definición, deja de existir.
Si la persona que comete un error desaparece, el error también lo hará.
Aunque para lograrlo haya que matar. El fin justifica los medios. Siempre hay que sacrificar algo. Si quiere conseguir un mundo puro, sin errores ni personas despreciables, debe hacer lo que sea para mantener el mal a raya.
La mejor manera de no cometer errores es no actuar. Para que alguien no pueda actuar, tiene que morir. No se trata de una muerte gratuita, eso ya es matar porque sí. Hay que matar a las personas que ya han cometido un error imperdonable, de esa manera no volverán a cometerlo.
Y, de paso sirven de ejemplo para las generaciones posteriores. Si un niño ve el castigo hacia uno de sus iguales, tomará ejemplo y no hará falta aplicar un segundo correctivo. Este mismo principio puede aplicarse a la sociedad.
Los motivos por los que alguien decide asesinar varían de un crimen a otro.
Una infidelidad no perdonada puede dar lugar a un ensañamiento, la pérdida de cien fajos de cocaína puede acabar con un tiro en la nuca y el robo de una manzana puede acabar con el corte de ambas manos.
Toda acción tiene una consecuencia. A veces la consecuencia fatal es inevitable, por lo que hay que evaluar de qué manera se hace menos daño.
Todo el mundo debe ser consciente de que haga lo que haga, deben de acarrear con las consecuencias de sus actos.
Hay veces en las que estas razones no se pueden explicar.
Resulta un trabajo insano y agotador dar un sentido a lo que hacen otras personas.
Cuantas más explicaciones se buscan, más dolor se crea alrededor de los hechos.
Otras tantas, hay quien decide no hacerlo, después de todo, el conformismo siempre ha sido una buena opción.
A veces es mejor no conocer la respuesta para las preguntas que nos hacemos.
Todo el dolor comienza siempre con una pregunta, y así se suceden un sinfín de interrogantes cuya respuesta suele ser peor que las propias suposiciones.
Al fin y al cabo, todo pasa por algo.
Cada persona está destinada a cometer ciertas acciones, a vivir su propia historia.
La gracia de este juego divino es no saber si hay alguien superior que está moviendo nuestros hilos.
Puede que la vida sea un libro cuyas páginas están en blanco y nuestras acciones las letras que rellenan sus páginas.
Puede también que solo seamos muñecos de madera tirados por hilos de lana, encadenados a una mano negra que nos mueve.
Además, las personas tienen que aprender que cada acción tiene sus consecuencias. Que cada movimiento supone la caída de una cadena de fichas de dominó que pueden acabar en tragedia.
El que no conoce su historia, está condenando a repetirla, sumiéndose en un bucle de errores y castigos.
Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.