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El método
El Hombre de las Amapolas es muy metódico cuando tiene que hacer bien su trabajo, hace las cosas como tienen que hacerse, con sangre fría.
Pero claro, tiene que seguir un orden, porque si no él no puede trabajar.
Como cualquier artista, es fundamental que para ser reconocido y posteriormente recordado, tiene que firmar sus obras.
No se conforma con una simple pintada o una firma sanguinolenta sobre la carne. Lo hace a lo grande, para que cause un mayor impacto.
Quiere que lo reconozcan, quiere que cuando la gente vea los cuerpos sepan que ha sido obra suya.
De nada sirve ser alguien genérico, no basta con dejar algo que ha visto ya todo el mundo en las películas.
Por eso qué mejor que dejar un buen recuerdo, algo que perdure en la mente de todos aquellos destinados a admirar su obra.
Hay quienes la admiran, y otros que forman parte de ella. Su firma es la manera en la que mata, en cómo tortura y asesina sin piedad.
Tampoco es que siga una rutina. La siguiente sucesión de hechos son meras suposiciones que proporcionó un grupo de forenses y psiquiatras para intentar anticiparse a sus movimientos. Sobra decir cómo acabó ese intento.
En fin, he aquí los esbozos que intentan mostrar cómo secuestra, tortura y asesina a sus víctimas.
1.
Lo primero que hace es memorizarse toda la vida de su presa.
Lo hace, cómo no, discretamente. En un pueblo tan pequeño, donde todos se conocen y se protegen entre ellos, no resulta difícil saber la vida de los demás.
Cuando ya sabe todos los horarios, los patrones y comportamientos, es el momento en el que pasa a la siguiente fase.
2.
El segundo paso es secuestrar a su víctima.
Para ello dispone de todo un arsenal de químicos que permiten adormecer hasta un elefante.
Cuando su víctima se encuentra aislada, sin nadie que la escuche gritar ni resistirse, es el momento en el que decide actuar.
Si ya la propia víctima se reúne a solas con el que después será su asesino, mejor que mejor.
De normal se pone guantes de cuero negro para no dejar huellas.
Luego puede o bien restregar un paño húmedo con algún narcótico o directamente inyectar en vena alguna sustancia que haga dormir a la persona.
Cuando ya su víctima está dormidita, se la lleva a su refugio.
3.
Poco se sabe del lugar donde asesina a sus víctimas.
Por describirlo de alguna manera, tiene poca luz, está cerrado, tiene una silla firme y un banco de trabajo donde deja todas las herramientas de tortura.
Ese es un buen resumen de su espacio laboral.
Aun cuando la víctima sigue dormida, la ata a la silla que preside el centro de la sala con una soga gruesa alrededor de las muñecas.
También hace lo mismo con las piernas, anudando la cuerda en los tobillos.
Siempre lo hace con mucha fuerza, para que sea realmente difícil escapar de los nudos, sumando eso a la poca consciencia que aportan los narcóticos.
Cuando la víctima ya está consciente, le ofrece un trato.
4.
Si admites todos tus pecados, te dejaré libre .
Eso es lo que siempre les dice para después incumplir su promesa.
No se hacen tratos con el diablo . A punta de pistola, o de arma blanca según el día, la víctima escribe una carta de confesión de su puño y letra.
Cuando El Hombre de las Amapolas la ha leído, la mete en un sobre marrón y lo cierra con un sello de cera roja.
La víctima no puede escapar, porque los tobillos siguen atados.
Cuando creen que van a ser liberadas, vuelven a dormirse y les ata de nuevo.
5.
Cuando vuelven a despertar, se sorprenden por la cantidad de utensilios que utiliza para torturarlas.
Primero hace ligeros cortes por el cuerpo, lo suficientemente superficiales como para que las víctimas no se desangren a la primera de cambio.
Después golpea con saña el abdomen, solo para que se retuerzan de dolor.
Con unos alicates, agarra la nariz y aprieta hasta romperla.
Con un martillo da a la cara, para destrozar los pómulos y la barbilla.
Con la punta del cuchillo hace palanca en las cuencas de los ojos hasta sacarlos por completo.
Si la víctima sigue consciente coge unas pinzas y comienza a sacar los dientes uno por uno.
A medida que va extrayendo las piezas dentales, hace que acaben dentro del estómago.
Cuando ya se ha asegurado de que su víctima ha muerto en las peores condiciones posibles, como colofón le cose la boca con un hilo negro.
Cuando ya ha terminado de ensuciarse las manos, traslada el cadáver.
6.
Nunca ha dejado un cuerpo en el mismo sitio dos veces.
Cada lugar es distinto, especial. También lo hace porque así es impredecible que le pillen.
Y no lo deja en lugares típicos, no. Deja los cuerpos en los lugares más insospechados.
El primero fue el de Lucía, que acabó en un montón de hojas secas.
Luego el de Bernat lo colocó en un almacén.
Le siguieron madrigueras, cuevas, maleteros de coches abandonados.
Quería montar para la policía una especie de búsqueda del tesoro.
Si nadie encontraba los cuerpos por sí mismo, daba la voz de alarma a modo de falso testigo para que el juego continuara.
7.
Por último, desaparece y vuelve a empezar, como un bucle infinito de muerte y dolor.
Antes de asesinar a una víctima ya está planeando el siguiente secuestro, no quiere que el rebaño se relaje.
Él quiere que las ovejas asustadas sepan que hay un lobo sediento de sangre por los alrededores que no va a dejarlas escapar.