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Las víctimas
Nadie sabe cómo elige a sus víctimas. Si has hecho algo que considere imperdonable, date por muerto.
Durante años, miles de psiquiatras y psicólogos intentaron descifrar qué es lo que contenía la mente de este asesino tan perturbado. Formularon numerosas conjeturas que acabaron en callejones sin salida, usaron teoremas matemáticos para determinar los motivos.
Nada de todo ello sirvió. Al final resulta inútil intentar predecir el comportamiento de una persona.
Según se dice, todos somos distintos, nadie es igual que el anterior.
Entonces es ilógico intentar anticiparse a los movimientos de un humano.
Y si ya contamos que es un psicópata de cuidado ni te cuento.
No sigue ningún patrón concreto. Le da igual degollar a un anciano, acuchillar a un adulto o desmembrar a una niña. No tiene preferencias en cuanto al tono de piel, el pelo o la raza.
Mata, sin más. Para él asesinar es como una rutina, algo que debe seguir porque es su misión en este mundo. También puede considerarse como su trabajo, ya que sus motivaciones para matar le fuerzan a cumplir con una serie de tareas, que no son otras que quitarles la vida a diferentes personas.
No hay conexiones entre las víctimas, no existe un nexo común. Lo único que las conectaba era que residían en el mismo pueblo.
Tampoco se podían establecer conexiones en las fechas.
Raptaba de día, tarde y noche. A todas horas, le daba igual que fuera impar, par o capicúa.
Las fechas no eran señaladas, daba lo mismo invierno que verano, otoño o primavera.
Se ve que no tenía una agenda muy apretada y que cualquier día y cualquier hora le venían bien para hacer el mal.
Secuestraba sin mostrarse, jamás nadie vio cómo se los llevaba.
Las personas se esfumaban y, al cabo de los días, los cuerpos mutilados aparecían por los alrededores suplicando un entierro digno.
Tampoco había un número de días específico en los que podía dejar el cuerpo.
Podían pasar dos, cinco o hasta incluso quince días hasta que aparecían los cuerpos.
Conforme las personas iban desapareciendo, el miedo iba aumentando. No solo porque muchas familias perdían a sus seres queridos, sino porque a la policía se le agotaban las vías de maniobra y los sospechosos.
Todos esos acontecimientos generaban miedo, agitación e irascibilidad.
Él lo sabía. Eso era lo que él quería. El miedo es la clave de todo.
En un círculo vicioso de desconfianza, las presas priman la supervivencia antes que la moral.
La agitación hace crecer el estado de alerta, donde uno reacciona por puro instinto, sin darse cuenta de las consecuencias que pueden tener sus acciones.
La irascibilidad hacía saltar a los ciudadanos que tenían la mecha corta causando así un reguero de disturbios, lo que le dejaba vía libre para moverse de un lado a otro sin despertar sospechas.
Él causó un caos que todavía perdura.
La primera persona que desapareció fue Lucía, una joven de dieciocho años.
La policía se jactó enseguida de que se trataba de una gamberrada que hacen los jóvenes.
Una escapadita para que pudiera ver al novio sin necesitar el consentimiento de sus padres.
Cuando a los tres días unos niños encontraron el cuerpo acuchillado de la chica, las tornas cambiaron.
A las dos semanas desapareció Bernat, el profesor de gimnasia en el colegio.
No hubo rastro de él en días, nadie se puso en contacto con la familia.
La policía le culpó de la muerte de Lucía y pusieron una orden de búsqueda y captura.
También apareció muerto, en un pequeño almacén abandonado en la montaña.
A Bernat le prosiguió Manuel, el padre de Morales. El mismo procedimiento, distinta víctima.
Y así acumuló más de nueve asesinatos.
A priori parecía que las víctimas no compartían ninguna relación. Eso es verdad, distintas edades, distintas profesiones y distintas vidas. Era como si matara de una manera desorganizada, sin importarle quién perdiera la vida. Puede que solo lo hiciera por diversión.
Pero los asesinos en serie se caracterizan por la minuciosidad y por el orden.
Solo hubo dos elementos que hicieron creer a la policía que se trataba de un asesino en serie.
El primer elemento es una carta embutida en un sobre marrón muy bien doblado y sellado por cera roja.
En el dorso del sobre solo se pueden leer veintiún letras, que forman el nombre del asesino “ El Hombre de las Amapolas” .
Contienen un discurso en segunda persona, las cartas eran manuscritas y redactadas por las propias víctimas, que, a la hora de redactarlas, se hablan a sí mismas (esto lo determinaron diferentes análisis en grafía).
Con un puñado de letras, confiesan todos y cada uno de sus pecados por los que se les condena.
Como si juzgara y castigara a su antojo, como si decidiese sobre la vida de las personas.
Hubo quien confesó robos, otros delitos menores y algún que otro comportamiento que El Hombre de las Amapolas determinó que debía ser castigado.
El segundo elemento es el patrón —el único identificable— de las muertes. La manera en cómo torturaba y asesinaba a sus víctimas.
Pero eso es otro capítulo aparte.