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En las profundidades
No saben exactamente quién dio la voz de alarma.
Lo que sí saben es que la llamada la contestó Morales.
Javier Morales es la persona más joven del cuartelillo.
Desde bien pequeño se interesó por las labores de la policía.
Su padre, que en paz descanse, también fue policía del pueblo en su día.
Se pasaba las tardes con él viendo El Equipo A y ambos jugaban a que eran agentes encubiertos.
Él fue quien le enseñó a usar un arma, a hacer nudos y a defenderse si alguien le hacía algo inapropiado.
Por eso Javier no puede explicarse cómo su padre pudo acabar en las manos de un asesino.
Desde el día en el que vio el cadáver de su padre tendido en el suelo, envuelto de sangre y con múltiples hendiduras propias de un cuchillo, Javier se juró a sí mismo que, aunque fuera lo último que hiciera en su vida, atraparía a El Hombre de las Amapolas y le metería una bala entre ceja y ceja.
Javier es la persona más responsable del cuartel, porque él se encarga de abrir las puertas mientras los demás están mojando las porras en el café.
A las siete y veinte minutos de la mañana, el timbre de un teléfono fijo resuena en el cuartel.
Cómo no, la persona que contesta a la llamada es Morales.
Un testimonio anónimo —se supone el de un corredor— había alertado de unos gritos extraños en el interior de las cuevas.
Las cuevas que se encuentran en la playa de Praixze tienen muchos nombres, casi todos bastante difíciles de pronunciar si no hablas un euskera nativo.
La mayoría de la gente las conoce como las cuevas de las brujas, donde se creía que en el siglo pasado las hechiceras se reunían para hacer rituales y sacrificar animales.
Cuando Morales y Brueca llegan a la entrada de las cuevas, no ven a un alma transitando la playa.
—Pues el tío ese ha sido un cagón de manual y se ha largado —sentencia Brueca.
—Puede que haya entrado a investigar, al escuchar los gritos a lo mejor ha entrado por si alguien necesitaba ayuda —defiende Morales.
—Le hemos dicho por activa y por pasiva que nos esperara en la arena. Somos policías, sabemos lo que hacemos —reitera el teniente.
—Usted, teniente, si hubiera escuchado unos gritos en el interior de las cuevas y a esta hora, ¿qué es lo que habría hecho? —pregunta el más joven a su compañero el veterano.
Brueca chasquea la lengua.
—Pues supongo que hubiera entrado lo más deprisa posible para intentar ayudar. Ese es mi deber como policía y como ciudadano —responde.
—Entonces, teniente, ¿por qué juzga si no conoce los hechos? Puede que el testigo esté dentro y necesite ayuda.
Brueca lanza una mirada de pocos amigos hacia Morales.
—No empieces con tu rollo pasional, Morales.
Vaya la verdad por delante, Brueca y Morales nunca se han llevado demasiado bien. Aunque en el ámbito profesional nadie tiene queja, porque anteponen su trabajo a sus rifirrafes personales. Ahora bien, no van a ir juntos a tomarse unas cañas.
Lo que pasa es que el teniente lleva ya muchos años al pie del cañón, soportando las tonterías de un pueblo que demanda atención constante y en el que cada uno ve como mejor opción el defender una razón que no tiene antes que entonar el mea culpa .
El teniente está chapado a la antigua y cree que la sociedad en la que vive ya no tiene remedio, que el poder es una máquina bien engrasada y que todo va a estar jodido haga lo que haga.
Por eso, Brueca ya no lucha por las cosas que de verdad le importan.
Su vida dejó de importar hace ya muchos años, a lo único que aspira es a jubilarse.
Morales, sin embargo, tiene el oficio idealizado con su cañón de purpurina.
Se levanta todos los días a las cinco de la mañana y se va a correr.
Después abre el cuartelillo y se sienta en su mesa esperando a que el deber entre por la puerta.
Eso es lo más interesante que hace en el día, salvo cuando viene Enriqueta a contar anécdotas o a quejarse de lo mal que está el mundo.
Sus compañeros le dicen que está bastante obsesionado con la saga de Misión Imposible y que deje de leer tanta novela policial, que la vida real es muy distinta.
Pero él a palabras necias, oídos sordos; Morales sigue viciándose los viernes por la noche a los podcasts de true crime presentados por Beatriz de Vicente.
A lo que él aspira es a convertirse en un gran espía, en un agente encubierto en donde cada misión se juegue el cuello para salvar a la humanidad de la extinción total en el último minuto y sin mancharse el esmoquin.
Con lo que va a tener que aguantarse es en escuchar día sí y día también las penurias de doña Enriqueta.
Por eso, cuando Morales y Brueca se juntan para trabajar, parece que están en una película mala de policías de los años ochenta y noventa.
Esas películas donde no dan una bala y sin embargo consiguen que los malos mueran de las maneras más absurdas.
Esas películas donde los dos inspectores son igual de patéticos.
Brueca y Morales no pierden el tiempo en discutir, se arman con sus linternas y entran en la cueva sin esperar a nadie más.
Ya dentro el espacio parece aún más pequeño.
A pesar de la enorme entrada rocosa, el interior se ensancha conforme se adentran en la cueva.
Esto de normal no supondría un problema, de no ser porque al teniente Brueca le aterran los espacios pequeños.
De momento solo hiperventila, porque sabe de sobra que la gruta luego se agranda al llegar más profundo.
Pero siempre lo pasa mal en el primer tramo.
Según van avanzando van alumbrando con las pequeñas linternas que encontraron en el trastero del cuartelillo.
Cuando llegan a lo más profundo y la cueva se abre ante ellos, dudan qué bifurcación coger para ir hacia el foco de los gritos.
—¿Y ahora qué hacemos, mi teniente? —pregunta Morales a su superior.
—Ni idea, Morales. Creo que nos han tomado el pelo, aquí no hay nada. Será mejor que volvamos al cuartel.
Brueca es el primero que se da la vuelta, pero Morales no, no lo hace. Se queda petrificado en medio de la bifurcación con la linterna apuntando al suelo. Brueca se da cuenta de que su compañero no se mueve.
—¿Qué pasa? Morales no estoy de humor para tus tonterías.
El caso es que, por una vez, el motivo por el que se ha parado Morales no es ninguna tontería.
—Creo que debería ver esto, mi teniente.
Brueca resopla y el eco de la caverna intensifica su emoción de no tengo ganas de trabajar hoy . Pero, cuando apunta hacia el suelo, al mismo lugar en el que tiene puesto el foco Morales, también se queda paralizado.
Un minúsculo pero perceptible rastro de sangre, que goteó hace unas horas de una nariz rota, se postra ante ellos. El mismo rastro les indica dónde deben buscar.
La X marca el lugar.
—Morales —llama el teniente.
—¿Si, mi teniente? —responde el nombrado.
—Llama al cuartel para que manden unidades desde Bilbao, diles que es muy probable que necesitemos a la policía científica.
Ya ves que si la van a necesitar.
Las unidades de apoyo no tardan más de veinte minutos en llegar. En cuanto mencionas sangre, gritos y un lugar cuanto menos perturbador, las fuerzas de seguridad acuden con rapidez a la llamada del pueblo en apuros.
El pelotón ejecuta su trabajo nada más bajar de la furgoneta. Los compañeros han acordonado la entrada a la cueva y se han asegurado de que ninguna mente curiosa vaya por ahí a fisgonear.
La jueza Elisa Caballero (imponente, cuarenta años y cara de mala hostia) espera impaciente junto con la policía científica a entrar en el lugar en el que se supone que ha pasado algo.
—¿Podemos proceder? —pregunta hastiada la jueza, que lleva perdiendo la paciencia desde que entró en la gruta.
—Por supuesto, señoría —responde Brueca.
El equipo se adentra en la oscuridad y llegan hasta una especie de sala rocosa en la que no hay salida. Pero, lo que sí hay es algo que les perturba. En el centro del lugar hay algo a lo que la policía ya está acostumbrada. Algo que siempre genera un vuelco del estómago y unas cuantas arcadas.
Brueca y Morales alumbran el lugar.
Una mujer de ojos verdes ensangrentados les observa atada a una silla. Todo rastro de lo que ella fue, ha sido borrado
—Llamen a los forenses —ordena la jueza a Brueca y a Morales.
La mujer está muerta.
Amaia está muerta.