El susurro de las amapolas 19
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Dolor

Ocho horas antes de la detención de Julia

Amaia siente dolor cuando el filo del cuchillo le rasga la piel de la espalda.

Es un movimiento decidido, no se para en el transcurso del viaje por la carne, hasta que no llega al final no cesa.

Amaia tiene los ojos vendados. Tiene por vendaje una tela gruesa y áspera que hace difícil el conseguir vislumbrar algo.

Amaia nunca le ha tenido miedo a la oscuridad. Nunca le ha hecho falta temer a la ausencia de luz porque siempre que esta se abría paso ella se encontraba en un lugar que la protegía.

Ahora Amaia no está en un lugar conocido, está en un sitio donde solo hay negrura.

Tampoco puede gritar, porque le han puesto una mordaza en la boca.

Cada vez que el metal se desliza, cortando su piel con saña, ella muerde con fuerza la tela que le cubre la boca.

Las cuerdas vocales rasgan el interior de sus paredes faringales.

Los aullidos de dolor portan más decibelios de los que puede soportar el oído humano.

Los gritos se le quedan muertos en la garganta, perforándola por dentro.

Aquí no van a oírte gritar , le ha dicho. Todo lo que intentes hacer es inútil, se te ha acabado el cuento, hija de puta .

Amaia no solo siente dolor porque la están despellejando viva, sino que es el conjunto de actos lo que causan esa sensación.

Primero fue un golpe seco contra la pared del zulo, que le rompió la nariz. Su conducto nasal se ha convertido en una masa pulsante de dolor.

Después la agarró del pelo y la sacó a la fuerza, a la superficie, en plena noche.

Sigue intentando gritar, pero nadie la escucha. Allá donde la han llevado, tampoco van a encontrarla con facilidad.

Ella va a morir en las sombras, allá donde nadie se atreve a ir. Va a morir y puede que nunca vayan a encontrar su cuerpo.

No puede moverse apenas, tiene las manos y los pies atados con una cuerda gruesa que le está dejando marcas tanto en los tobillos como en las muñecas.

Se siente vulnerable, desprotegida. Siempre ha sido una mujer valerosa que ha defendido lo que es suyo. Pero, ahora, atada con una cuerda, solo piensa en tener una muerte digna y dejar atrás el sufrimiento.

Llora.

Amaia llora con fuerza a causa del escozor que le producen las heridas de la espalda que se propagan a todo su cuerpo.

Cada vez que se estira o hace un leve movimiento, el dolor se multiplica.

Está al borde del llanto, o quizás lo tenga ya, pero con la mordaza puesta los sonidos son inteligibles.

Sus lágrimas se escapan porque sabe que aquí acaba todo, tarde o temprano tenía que pasar.

Después de tantos años, ha llegado la hora de partir. Sabe que nunca más verá a sus hijos, y eso la quema por dentro.

La persona que le inflige las heridas sabe lo que hace, todos sus movimientos son calculados al milímetro para ocasionar el mayor daño posible sin que ella llegue a desmayarse. Tiene práctica, eso no se pone en duda.

Ha esperado este momento durante años, demasiados como para desaprovechar la ocasión y dejarse una herida sin labrar.

Todavía no es el momento en el que tenga que cerrar los ojos. Quiere que esté consciente, que sepa exactamente lo que le está haciendo a su cuerpo. Disfruta sabiendo que su víctima está consciente.

Ella ya no se resiste y se deja hacer, Amaia perdió la capacidad de negociar hace muchos años. Haga lo que haga, diga lo que diga, nada va a hacer cambiar de opinión a la persona que está afilando un segundo cuchillo.

La mano enguantada en cuero negro se adentra en el cuero cabelludo de Amaia. Su pelo negro, antes lacio, está ahora con la textura de un estropajo. Por eso, cuando los dedos se abren paso por esos finos hilos, el dolor es aún mayor por la rotura de los nudos.

La levanta del suelo sin apenas ejercer fuerza.

La debilidad de Amaia sumado a su complexión hace que la tarea de despegarla del suelo sea más sencilla.

Cuando está suspendida en el aire, vuelve a golpearla contra la pared de su derecha.

La hemorragia nasal, que ya había cesado, vuelve a la carga con más fuerza si cabe.

Amaia ya casi no tiene fuerzas. Su consciencia está comenzando a desvanecerse. Cada vez se nota más y más adormilada, por lo que sabe que dentro de poco se quedará dormida y no volverá a despertarse.

Sabe que ya solo hay una única salida, ya no puede hacer nada. Su destino es inevitable.

No va a hacer nada, porque el segundo cuchillo ya le está diseccionando la garganta. Está cortando la débil masa de carne que tiene por pescuezo.

Una cascada de líquido color bermellón comienza a brotar desde su papada.

Lo último que escucha antes de desmayarse, es el reguero de sangre empapando el suelo reseco de la cueva.