18
Un caluroso recibimiento
—¿No viste quién me hizo lo del coche?
La dueña del bar ladea la cabeza por enésima vez.
—Yo es que no vi nada, nena —contesta con un marcado acento gallego.
—Es que tengo las cuatro ruedas rajadas, los cristales rotos y un bonito adjetivo pintado bien grande —contesta furiosa a la par que da con el brazo en la barra.
—Las cosas aquí siempre están muy tranquilas, pero de vez en cuando hay algún que otro sinvergüenza que da alguna sorpresa desagradable. —Le sirve a Julia una taza con café solo y después le echa un buen chorro de leche caliente.
—¿Y no hay cámaras o algo para poder ver quién lo hizo?
—Aquí no hubo cámaras cuándo las necesitábamos, nena. Todo el mundo con miedo, y aquí no actuaba nin sequera Deus .
—Es lo de... El Hombre de las Amapolas, ¿verdad? El tío ese —suelta sin reparo Julia.
—Veo que ya te han puesto al día, nena.
Julia se bebe el café de un trago, como si fuera un chupito. No importa que la leche esté ardiendo, quiere ya la cafeína en sus venas.
—¿Y tú de quién eres, nena?
Julia ya había escuchado esa pregunta innumerables veces siempre que iba al pueblo de su difunta madre.
Todos los veranos en los que ella recuerda, siempre estaba la pregunta.
La dichosa preguntita, ahora entiendo por qué la gente siempre iba con pies de plomo , reflexiona.
Después de tantos años, por fin puede contestarla de verdad.
—De Amaia y Marco —contesta con firmeza.
En pocos segundos, lo rosado de sus mejillas desaparece y por su cara se abre paso una blancura que la tumba por completo.
La mujer apoya sus débiles brazos en la barra y concentra todos sus esfuerzos por no caerse al suelo.
Julia rodea el recinto y llega hasta ella. La rodea con sus brazos y la sostiene.
—¿Se encuentra bien?
—Es un milagro... —contesta con pocas fuerzas—. Te daban por muerta, tu padre nunca dejó de buscarte.
Julia ayuda a la mujer a incorporarse.
—Perdona, nena. No quería asustarte, pero me ha sorprendido verte después de tantos años. Todo el mundo tenía miedo por aquel entonces y bueno, las cosas que nos hacen recordar lo que sucedió todavía nos impactan.
—Ya me han puesto al día, no se preocupe.
—Eso seguro ha sido Enriqueta, no se calla ni una.
Julia sonríe afirmando la declaración de la mujer.
—¿Sabes?, tú antes venías aquí todos los días.
—¿Usted puede decirme algo más sobre mi madre?
—No mucho más de lo que te haya contado la cotorra, era una mujer muy viva, llena de alegría. Siempre andaba con vosotros y con vuestro padre.
—¿Por qué ha hablado de ella en pasado? Que yo sepa nunca encontraron el cuerpo, no se sabe si sigue con vida.
—Mujer, no te hagas mala sangre. Cuando pasan tantos años sin haber noticias, hay que prepararse para lo peor.
Julia baja la mirada y no dice nada.
Un sonido chirriante puebla el ambiente. La puerta de madera, igual de antigua que el propio bar, emite su característico aullido al abrirse bruscamente. Un hombre de mediana edad enfundado en un traje de la guardia civil entra en el local con paso furioso.
—¡Buenos días, teniente Brueca! —saluda la dueña con entusiasmo desde la barra.
—Buenos días, Concha.
—¿Qué se le ofrece tan temprano? ¿Un café americano como de costumbre?
—Venía buscando a una persona —contesta el agente.
—¿A quién pues?
—A una forastera que se hospedó hace unos días en el motel.
Julia se da por aludida y mira directamente al policía.
No tendrá más de cincuenta años. La barriga, algo cervecera, no le resta agilidad para caminar con tanto esmero.
Las piernas acompañan en volumen al torso.
El pelo no es fuerte, porque tiene entradas.
El teniente no es que se cuide muy bien de puertas para afuera.
—Creo que se refiere a mí —dice Julia acercándose al policía.
—¿Es usted Julia Lazkano?
Julia mira al hombre con cara de no haber escuchado la pregunta. Este, que capta la indecisión, pregunta otra cosa.
—¿Sus padres son Marco Lazkano y Amaia Marín?
—Supongo que sí —contesta no muy convencida.
—Lo son o no lo son, señorita. No se puede usted quedar a medias.
—Disculpe, hace treinta y tres años que no les veo.
El hombre cae entonces en la cuenta.
—Usted es la niña que desapareció en 1992 —comenta más como una afirmación que como una pregunta.
Julia asiente. Ya van más de treinta repeticiones del gesto.
—Pues tiene que acompañarme, tengo que hacerle unas preguntas.
—De hecho, agente, yo también quería hablar con usted. No sé si ha visto el Opel Astra de ahí fuera, el que está destrozado. Me gustaría poner una denuncia al respecto.
—No creo que esté en condiciones de denunciar nada, señora Lazkano. —La voz del policía suena como el acero. Clava su mirada en la mujer y frunce el ceño. También aprieta los labios.
—¿Por qué lo dice, oficial?
—Porque... —Brueca se aclara la voz. Se mete la mano derecha en su bolsillo derecho y saca unas esposas que pone a Julia en ambas muñecas.
—¡¿Pero qué hace?! —ruge Julia
—Julia Lazkano, queda usted detenida por su presunta implicación en el asesinato de Amaia Marín.
A Julia no le da tiempo a protestar cuando ya la han metido en el coche patrulla.