El susurro de las amapolas 17
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Encierro

Sé que este cautiverio acabará algún día, sé que él me liberará y podré volver a vivir mi vida.

Podré volver a abrazar a mis hijos. No tengo claro si se acordarán de mí, de su madre, la mujer que les dio la vida.

Tampoco estoy segura de si siguen vivos, todo puede pasar.

Daría todo lo que tuviese por volver a mirarlos a los ojos, por volver a sentir su piel en contacto con la mía.

Para mí no hay mayor dolor que el de una madre que ha perdido a sus crías.

Sé que la decisión que tomé en esa calurosa tarde de agosto fue la correcta, gracias a haber dictado una sentencia mis hijos están a salvo.

Eso me reconfortó los primeros meses de cautiverio.

No hay día que no piense en ellos, no hay día en que lamente lo que hice.

Todos estos años me han servido para pensar la manera de largarme de aquí, de abandonar el que ha sido mi hogar todos estos años. Sé que si salgo puedo acabar muerta, pero no soporto vivir en este asfixiante agujero en el me acompaña el sonido de una gotera.

Nada ha dado resultado. Primero intenté arañar las paredes, pero enseguida descarté la idea cuando se me empezaron a resquebrajar las uñas. Después intenté abrir la compuerta a la fuerza, pero hay algo pesado que impide abrirla desde dentro. Al final decidí adaptarme a mi nuevo hogar.

Ahora vivo bien, él me trae todo lo que necesito para sobrevivir. No me falta agua ni comida, tampoco la higiene básica. Suele quedarse poco, pero agradezco que después de tantos años siga preocupándose por mí.

La mayoría de las veces me encuentro sumida en la oscuridad, porque la lámpara de aceite que cuelga del techo emite apenas una tenue luz que no alumbra más allá de un simple redondel.

Pero esa luz es suficiente para ver y hacer mis cosas.

Al final, los ojos se acaban acostumbrando a la cantidad lumínica.

Por la vitamina D tampoco me preocupo, ya que en cada comida tomo algunos suplementos vitamínicos para poder resistir.

No le tengo miedo a la oscuridad, no lo he tenido nunca, no va a ser este el momento en el que llegue. He vivido mucho, he soportado todavía más. La ausencia de luz no va a ser la causante de un ataque de pánico. Tengo que agradecer tener un sitio donde poder refugiarme.

Recalco, respiro bien porque la trampilla tiene algunos agujeros que filtran el oxígeno del exterior.

Cuando pasas tantos años sin contacto humano, apenas tres visitas al día de un par de minutos, una acaba perdiendo un poco la cabeza, pero solo un poco.

Me suele traer cosas para que me entretenga.

Tengo que mantener la mente ocupada para poder mantenerme cuerda.

Si estuviera todos los días pensando compulsivamente en todo lo que he hecho, hace ya años que habría desarrollado algún tipo de trastorno mental.

Así es cómo me entretengo esperando a que vuelva.

Cuento las horas como buenamente puedo mientras hago diferentes actividades.

Al final siempre acabo perdiendo la noción del tiempo.

Ese es mi mayor miedo, que me deje aquí encerrada sin comida ni agua y que la trampilla no vuelva a abrirse. Un ser humano es capaz de sobrevivir un total de siete días sin comida ni agua. Yo, que no soy vieja pero ya voy arrastrando una edad, no sé cuánto podría sobrevivir dada la situación.

Nunca se ha dado el caso, siempre está puntual a la hora del desayuno, la comida y la cena. Me mantiene en buenas condiciones y me cuida sin hacer un mal gesto. Es cariñoso y bondadoso. He de decir, que nunca me ha tratado con desprecio.

No he reparado nunca en agredirle ni en matarle, él me cuida y yo debo de estar agradecida por sus tratos.

Otras personas me habrían dado la patada.

Él me mantiene a salvo, con sus más y con sus menos.

Tampoco es que yo sea una persona violenta o propensa a ejercer la violencia, pero él no me ha dado nuca motivos para hacer algo semejante.

Bastante que me mantiene con vida después de tantos años, debería darme con un canto en los dientes.

Hace más o menos media hora que se ha marchado. Me ha traído la cena y se ha despedido hasta mañana. Esta vez se ha quedado poco, mucho menos de lo habitual, porque dice que últimamente siente a una presencia husmeando por los alrededores y que no le da buena espina.

Por eso me extraña el escuchar el mecanismo de la trampilla abriéndose.

Cuando baja un poco su cuerpo y veo el contorno de la figura, no siento alivio, sino terror.

No es la misma persona.

Se acerca a mí y me tiende la mano con una sonrisa.

Me han encontrado.

Ya no estoy a salvo, quizá nunca lo estuve.

Sé que esta noche se acabará todo.

Sé que esta noche voy a morir.