El susurro de las amapolas 16
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Vandalismo

Cuando Julia llega a la plaza del pueblo y aparca su Opel Astra, nota cómo la gente nativa le echa unas miradas un tanto sugerentes.

Si bien es cierto que se las echaron a su llegada, ahora parece que han aumentado en número y en intensidad.

No hay persona que no se gire para mirarla y que después cuchichea con la persona que tiene al lado. Todos lo hacen, ya saben quién es.

Saben que ha vuelto, que está viva.

Julia no puede detenerse a dar explicaciones sobre su llegada, por lo que decide que ya afrontará esa situación dentro de unos días, cuando las mentes curiosas la paren por la calle y la azoten a preguntas no del todo oportunas.

Ya se ve venir esas preguntas que ni siquiera podrá contestar: ¿Te ha raptado El Hombre de las Amapolas?

¿Te faltan partes del cuerpo? ¿Sabes dónde has estado prisionera?

¿Siguen vivos tu madre y tu hermano? ¿Has podido verle la cara?

La cosa es que hasta ayer, Julia no sabía que en su pueblo natal había habido un asesino en serie, y que, ni mucho menos, ella hubiera sido raptada por él.

Decide volver cuanto antes al motel, no sin antes pasarse por el único bar de la zona y comprarse para cenar un bocadillo de lomo adobado.

La dueña del bar se queda algo extrañada al verla, porque cuando Julia le va a dar uno de sus tantos billetes, esta se la queda mirando un buen rato, pero sin decirle nada.

Cuando ya ha cenado y se ha instalado en su incomodísima cama, Julia no puede para de pensar que es lo más cerca que va a estar de un asesino, si no resulta que ya ha estado en su cautiverio.

Según le había dicho Enriqueta, el turista alemán que cumple condena por los asesinatos se hospedaba no solo en el mismo hostal que ella, sino que la habitación y la cama eran la misma.

Intenta dormirse, sin éxito, antes de que todas las preocupaciones la alcancen.

Hace mucho que dejó de depender de los ansiolíticos para conciliar el sueño después de trasnochar noches seguidas intentando escribir.

Ahora está sola, no puede tomarse nada. Cierra los ojos y espera que la inercia y el cansancio hagan el resto.

Sus párpados cada vez pesan más, su respiración se ralentiza y ella comienza a caer en un sueño profundo.

Se despierta a las nueve de la mañana del día siguiente con un sobresalto.

Está acostumbrada después de tantos meses de pesadillas.

Pero esta vez ha sido distinto. Esta vez no ha soñado con su madre ni con el acantilado.

El sueño era distinto, nada que ella hubiera visto antes.

Solo hay una conexión entre ambas experiencias.

El bosque se repetía.

Ella estaba sola y asustada, deambulando entre ramas secas y hojas marchitas. No tendría más de cinco años. Va caminando en línea recta, como si siguiera un rastro. En un momento determinado, su mirada enfoca hacia abajo y contempla el rastro material que están siguiendo sus diminutos pies.

Sangre, el camino de hojas está cubierto de sangre seca.

Ella continúa su andadura hasta que llega al corazón del bosque, donde, debajo del árbol más grande del lugar, hay un montón de hojas. Se acerca por inercia hasta el montoncito, que debe de ser lo suficientemente frondoso como para ocultar lo que hay en su interior.

Mete la mano dentro, como si buscara algo al final de un armario. Nota algo rígido. Lo rodea con los dedos y tira con firmeza para sacarlo.

Lo que ve, la horroriza unos cuantos segundos.

Nota un ligero cosquilleo una sensación de calor en la entrepierna. Un líquido algo amarillento se desliza con premura por las piernas hasta acabar de empapar el barro húmedo del suelo. Se ha hecho pis. Se ha orinado encima porque ha sacado una mano humana cubierta de mugre del montón de hojas.

Cuando retira unas cuantas más, ya por mera curiosidad, una cabeza de una mujer se abre paso por el material vegetal, con el pelo desaliñado y los labios amoratados. Eso es en lo que más repara Julia, en sus labios cosidos.

Decide alejarse de la habitación por lo menos toda la mañana. El mal augurio que le dan esas cuatro paredes a las que llama habitación supera con creces las ganas que tiene de salir a la calle.

Y más cuando sabe que todo el mundo se le va a echar encima.

Después de saludar a la ya amargada de por sí dueña del motel Julia sale a tomar un poco el aire puro del ambiente rural.

Antes de entrar a tomarse el primer café del día, repara que algo no va del todo bien.

Y peor que va a ir, porque le han destrozado el coche.

Las cuatro ruedas están rajadas de par en par, totalmente desinfladas.

Las lunas, sin excepción, están partidas.

Los trozos de cristal están fuera y dentro del vehículo.

Los asientos están abiertos y el relleno desperdigado por la carrocería.

No hay rastro de los dos espejos retrovisores, en su lugar quedan dos muñones de metal que insinúan que allí había algo que se han llevado.

Los faros también están rotos, no servirían ni para alumbrar algo a dos metros.

La matrícula tampoco identifica mucho, porque tampoco está.

Lo que más destaca del acto vandálico, es una muy colorida pintada en ambos lados del coche. El spray rojo se ha fundido con el color auténtico de la carrocería y se ha deslizado suavemente por el metal formando dos frases obscenas, una a cada lado.

La primera pone:

MUÉRETE ZORRA

La segunda pone:

VETE DE AQUÍ

Pues sin el coche voy a llegar muy lejos , piensa.