El susurro de las amapolas 15
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Yo soy tu padre

—¿Quién coño eres y qué cojones estás haciendo en mi casa? —pregunta el hombre hundiendo en la nuca de Julia el doble cañón de su escopeta de caza.

—Yo... —Julia intenta darse la vuelta para mirar al hombre a la cara, pero este ejerce más fuerza en la zona baja de su cabeza, dejando claro la posición en la que se encuentra.

Ha comenzado a notar el frío del metal, hundiéndose en su carne y entrando en contacto con el hueso.

Un poco más y el cañón le sacará los ojos por delante.

—No te muevas. —El hombre se toma unos instantes mientras sigue apuntando a la cabeza que tiene delante—. Todavía no me has respondido, ¿a qué has venido?

—Estoy buscando a un hombre —contesta, desesperada, con la convicción de que el hombre relajará la postura y bajará el arma.

—¿Qué hombre?, por aquí hay muchos.

—Se llama... —Julia se queda en blanco.

Preguntas el nombre de tu madre desaparecida pero no preguntas el de tu padre, que sigue vivo. Muy bien, Julia, ahora este amable pueblerino va a volarte la cabeza con su escopeta .

—Solo sé que vivía aquí con su familia en 1992. No sé nada más —prosigue esta presa del pánico.

—¿Y para qué le busca? ¿Le conoce de algo?

—Es un asunto familiar.

—¿Qué tipo de asunto? —dice con un tono más enfático. Ha aumentado la presión sobre la nuca, para intimidar a la intrusa.

—Creo que ese hombre es mi verdadero padre, llevo sin verle más de treinta años.

De pronto, Julia deja de notar el cañón del arma. De hecho, el hombre se ha apartado un par de pasos y puede ver por el rabillo del ojo que ha bajado la escopeta hasta el suelo.

—¿Julia?, ¿eres tú?

Ella, sin mediar palabra, se gira lentamente, muy poco a poco, porque no quiere hacer movimientos bruscos no vaya a ser que el hombre tenga el gatillo fácil.

Cuando ha terminado de dar la vuelta, el rostro del hombre la observa perplejo.

Ella reconoce al hombre de la fotografía, que es ahora treinta años más viejo.

Las facciones no le han cambiado mucho, los pómulos y la barbilla —con un prominente hoyuelo— son igual de huesudos, la nariz sigue puntiaguda.

También se ha dejado crecer la barba, que parece que no se ha arreglado en mucho tiempo, y su gran melena de pelo blanco le descansa sobre los hombros.

—Ya le digo que puede que me equivoque, a lo mejor no soy su hija y todo esto no es más que una confusión.

El hombre se acerca a ella con las manos desnudas, le aparta un mechón de pelo y la mira a los ojos, después baja la mirada a sus labios.

—No es ninguna confusión, tienes los ojos de tu madre. Y también tienes mi hoyuelo en la barbilla. Eres mi hija, y yo soy tu padre.

Al parecer los hoyuelos se heredan de padres a hijos. Basta que un progenitor lo aporte y el feto puede ser capaz de desarrollarlo. Por lo que es la prueba más fiable que tiene Julia de saber que la persona que tiene sentada en frente de ella es su verdadero padre.

—¿Cómo me has encontrado? ¿Qué es lo que te ha traído hasta aquí?

—Mi madre adoptiva murió hace unos días. En el tanatorio, mi padre me confesó que yo era una hija adoptada. También me dio una fotografía que contenía la dirección del pueblo. He seguido mi instinto y aquí estoy.

—Lo siento mucho, de verdad, por lo de tu madre y bueno... —mira de reojo la escopeta, que descansa descargada sobre la mesa—, lo de la escopeta, no acostumbro a ser así con los visitantes, pero cuando se llevan a tu hija supongo que aprendes a vivir siempre en alerta, esperando el peligro.

—¿Cuántos años tenía cuando desaparecí?

—No tendrías más de seis años, eras todavía muy pequeña.

El hombre mira a Julia con una mirada que alterna cansancio y compasión. Después de haberse pasado la vida entera luchando por encontrar de nuevo a su hija, esta se presenta en su casa hecha ya toda una mujer.

—He estado buscándote desde entonces, pero la policía os dio por perdidos a ti, a tu hermano y a tu madre. Llevo toda la vida pensando que estabas muerta en las profundidades de una gruta.

—He venido aquí para aclarar todo... esto. Me alojo en el motel del pueblo, voy a estar aquí una temporada hasta que consiga llegar al fondo.

—Aquí puedes venir siempre que quieras, al fin y al cabo, esta es tu casa —ofrece el hombre con una sonrisa tímida.

Julia saca de su bolsillo una copia a color de la fotografía polaroid y se la tiende a su padre. Este la coge entre sus manos y contempla con añoranza el recuerdo de un pasado feliz.

—¿Podrías decirme sus nombres?

—Él es Carlos, tu hermano —señala al niño sostenido por la madre—; ella es Amaia, tu madre; y yo me llamo Marco.

—¿Y ella? —Julia señala a la otra mujer que hay en la composición.

—Ella es tu tía, Cintia, vivía con nosotros por aquel entonces. —Señala a una mujer muy similar a Amaia, con los ojos castaños y con el pelo color caoba, pero con las mismas facciones que su hermana.

—¿Dónde está ella ahora? ¿Sigue viviendo contigo?

—Vive en una especie de residencia de ancianos que regentan algunas parroquias, para acoger a personas mayores que no tienen demasiados recursos. Por lo menos les dan un techo digno y un plato de comida caliente.

—¿Cómo es que ella vive allí y no contigo?

—Hace unos años comenzó con los primeros síntomas de la demencia senil, y yo no me veía capacitado para cuidarla después de lo mal que lo pasamos, por lo que los dos acordamos ingresarla con tal de evitar más inconvenientes.

Julia asiente con la cabeza.

—Que no me he desentendido, que ella sigue siendo mi cuñada. Voy a verla un par de veces por semana, bajo dando un paseo al pueblo y después cojo el autobús que me lleva al pueblo de al lado.

—Entiendo. —Julia mira su teléfono y se levanta de la mesa—. Muchas gracias por todo, pero me tengo que ir, se me ha hecho tarde.

—Un día de estos pásate a comer, nos tenemos que contar muchas cosas.

—Me lo apunto —dice mientras le da un abrazo a su nuevo padre.

Cuando ya ha dejado atrás la finca y vuelve por el camino pedregoso en dirección al pueblo, Julia es incapaz de sacarse una pregunta de la cabeza.

Ella es así, lo sobrepiensa todo una y otra vez hasta que convierte un pequeño copo de nieve en una bola gigante imposible de frenar.

Le da vueltas a una pregunta para la que todavía no tiene respuesta, y va a tardar mucho tiempo en encontrarla.

¿Cómo es posible que desaparezcan tres personas durante treinta y tres años sin dejar rastro?