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La casa de los huérfanos
Al menos no estoy muerta , piensa Julia. Esas cinco palabras han poblado su cabeza una y otra vez en el transcurso del trayecto que conduce al interior del bosque.
Su cinismo ha llegado a tales niveles, que ya no le da mayor importancia a dormir en la misma habitación en la que antiguamente residía un asesino en serie.
Puede que alguna de sus víctimas siga empapelada en las paredes , este pensamiento se le cruza de repente, sin buscarlo.
Tampoco obvia el hecho de que su madre y su hermano siguen desaparecidos y que, muy probablemente, sus cuerpos —o lo que queda de ellos— descansan en una fosa común o, peor aún, en el estómago de un cerdo.
Basta ya de pensar cosas raras , se implora.
El camino de acceso al bosque es pedregoso.
La arena seca va levantándose con el paso vertiginoso de las ruedas.
El polvo va impregnándose en las hojas de los árboles que se ciernen sobre el camino.
Son unos robles muy robustos cuyas ramas impiden el paso total de la luz, por lo que el juego de luces y sombras no ayuda a hacer el lugar menos siniestro.
Un par de conejos y lo que parecen ser perdices pululan de un lado a otro buscando refugio.
Cuando el camino se hace un poco más ancho, Julia llega a una especie de zona muerta, como si el bosque hubiera hecho un paréntesis y hubiera permitido establecer allí una residencia familiar.
Es una casa preciosa, igual que la de la foto, pero treinta años más vieja. La vegetación se ha abierto paso por encima de las vallas y algunas paredes, las malas hierbas han crecido por todo el suelo fértil arrasando con las flores.
La finca se divide en dos partes, una superior y una inferior.
La primera se sitúa arriba, donde hay un pequeño banco de madera vieja que sirve para clavarse unas cuantas astillas.
También hay una especie de zona que sirve de lumbre para hacer barbacoas junto con un pequeño compartimento para guardar las herramientas y demás utensilios.
La leña se deposita debajo de la lumbre, para que se mantenga seca y arda bien a la hora de encender el fuego.
Lo último que queda en la zona superior de la parcela es un viejo cobertizo de madera de roble que antaño servía de taller donde se arreglaban las herramientas.
La segunda parte se sitúa abajo, donde está la casa.
Es uno de esos hogares antiguos que tienen su encanto, compuesto de ladrillos y con olor a madera podrida.
El porche está bien cuidado, con su mesa en el centro y con un pequeño sofá para las visitas.
Más abajo, en dos zonas bien divididas y delimitadas, hay una pequeña piscina hecha a mano y un huerto que vio mejores tiempos y dio buenos frutos.
Ahora la piscina está musgosa, con más líquido fangoso que agua potable.
El huerto, poblado de hiedras y plantas secas, ya no da más que disgustos.
Julia aparca su coche en un pequeño descampado que no está muy lejos, debajo de un gran roble.
Se acerca hasta la puerta de entrada y se apoya en los barrotes. No es que Julia tenga una fuerza sobrehumana, pero la puerta se abre. No habían cerrado con llave o es que ya estaba abierta.
Por el aspecto y cuidado de la finca, Julia se inclina más por lo segundo. Teme que el viaje haya sido en vano, como su padre adoptivo le había avisado.
«Por cierto, niña. Deberías ir a visitar a tu padre cuanto antes, seguro que te ha echado muchísimo de menos».
Le había dicho Enriqueta antes de marcharse.
Ella no habría hablado así si mi padre estuviera muerto, no tendría sentido.
Al menos habría tenido el detalle de indicarme dónde está su lápida , piensa intentando justificar la ausencia de vida humana.
Julia avanza hasta llegar al porche.
Sobre la mesa hay una única cosa, un cenicero. Es de esos grandes para que el aire no se lleve las colillas por medio de una ráfaga. El interior está cubierto de cenizas y colillas muertas, dejadas ahí para cuando llegue el momento de verterlas en el cubo de la basura.
Solo hay dos cosas que destacan.
La primera es el olor inconfundible del tabaco añejo. La segunda es la última colilla, que está a medio consumir y que todavía humea. Ya no es descabellado pensar que hay alguien que reside en la casa.
Julia cierra los ojos e intenta agudizar el oído. Una vez leyó que si privas al cuerpo humano de uno de sus cinco sentidos básicos, los demás se agudizan. Por eso cierra los ojos, buscando escuchar algún ruido procedente de la casa.
Pero de nada le sirve la teoría si no es capaz de realizar la práctica.
Porque, a pesar de haberse esforzado en escuchar más atentamente con los ojos cerrados, no ha sido capaz de escuchar los pasos procedentes de detrás de ella.
Ni tampoco ha sido capaz de ver al hombre que le está encañonando la nuca con una escopeta de caza.