13
Historias de la abuela
Pasado un rato desde el susto, y habiéndole hecho la anciana un hueco en el banco, Julia está dispuesta a escucharla.
—Así que usted conocía a mi madre. ¿Qué es lo que recuerda de ella?
—¿Fumas, niña?
Julia sonríe por lo bajo, sabe que todavía no ha conseguido desligarse del todo del tabaco.
—Uno de vez en cuando.
La mujer extiende la mano y forma una especie de uve con los dedos índice y corazón. Julia saca de su bolso un paquete arrugado de cigarros y le da uno a la mujer, que se lo lleva a la boca con sus raquíticos dedos. Julia enciende con su mechero la punta, y la mujer disfruta de la primera calada.
—El médico me dice que tengo prohibido fumar, que mis pulmones de anciana ya no aguantan. Se creen que lo saben todo. Yo siempre les respondo lo mismo: una vez al año no hace daño. —Le da otra calada al cigarro y tose levemente al inhalar el humo.
Ambas mujeres se quedan en silencio escuchando el canto de los pájaros.
—Tu madre estaba llena de vida, siempre traía una chispa que la hacía el centro de atención.
—Yo no me acuerdo mucho de ella, ¿qué es lo que puede contarme?
—Lo mismo que podría decirte otra persona de mi quinta. No habéis vivido nunca en el pueblo, vuestra casa está a unos veinte minutos de aquí, en el bosque.
—¿Vivíamos en el bosque?
La mujer asiente. Se termina el cigarro, lo tira y lo pisa, restregándolo contra la baldosa haciendo que la ceniza tiña de negro el hormigón.
—Bajabais todos los días al pueblo, para ir al colegio, para jugar con los otros niños... —La mujer toma las manos de Julia y las posa en su regazo—. Siento mucho lo que le pasó a tu familia, fue una noticia horrible para todos. Durante años no supimos nada ni de tu hermano ni de ti.
—Mi hermano —interrumpe Julia—. ¿Sabe dónde está?
La anciana niega con la cabeza.
—Llevamos años sin saber de vosotros. Y, hasta hace unos minutos, yo no sabía dónde estabas tú.
—¿Qué fue lo que le pasó a mi familia?, ¿por qué dice que fue horrible?
La anciana echa la vista atrás mientras que con los ojos entabla una mirada melancólica con el horizonte.
—Todo ocurrió el 28 de agosto de 1992. Ese día no bajasteis al pueblo, como estabais acostumbrados a hacer. La única que bajó fue vuestra madre a comprar el pan. Yo misma me la crucé en la plaza, pero ni siquiera se acercó a hablar conmigo.
—Mi madre, ¿cómo se llama?
—Amaia —responde la mujer sonriente.
—Siga, por favor.
—Ese día, ella estaba nerviosa, tenía prisa por irse. Era muy inquieta, siempre haciendo cosas de aquí para allá. Pero ese día ella no estaba nerviosa por sus quehaceres. No volví a saber de ella en todo el día, hasta que por la noche dieron la voz de alarma.
—¿Quién dio la voz de alarma?
—Tu padre y tu tía. Vinieron corriendo hasta aquí, chillando como posesos. Suplicaban ayuda y os llamaban a gritos a ti y a tu hermano, también a Amaia. Les envolvía una tristeza y rabia absoluta.
—¿Por qué, qué pasó?
—Ellos gritaban que habíais desaparecido, que no os encontraban por ninguna parte. Que no habíais regresado a casa.
Julia no da crédito a lo que está escuchando. Parece imposible de creer ya de por sí el tener otra familia, pues el nivel dos es desaparecer de la faz de la tierra y enterarte años después.
—Toda la gente del pueblo se volcó en vuestra búsqueda, no dejaron piedra sin levantar —prosigue la anciana—, pero nada dio resultado. Al poco tiempo se acabaron las batidas y os dieron por muertos. Vuestro padre y vuestra tía no tiraron la toalla y os siguieron buscando durante años.
—Hasta ahora, que he aparecido yo.
—Las malas lenguas se cebaron en esa época, que si un divorcio y vuestra madre os secuestro, que si habíais tenido un accidente en la playa... Las personas realistas aceptaron la versión de la policía.
—¿Y cuál fue esa versión? —Julia no puede más con tanta intriga.
—Que habíais sido las nuevas víctimas de El Hombre de las Amapolas, y que, probablemente, vuestros cuerpos desmembrados aparecerían más pronto que tarde en algún recoveco cercano.
—¿El Hombre de las Amapolas? —pregunta, atónita, porque el hecho de mezclar un nombre como El Hombre de las Amapolas y el sintagma de cuerpos desmembrados en la misma frase ha producido una reacción química en el cerebro de Julia que ha hecho que se disparen las alarmas.
—Así fue como lo bautizó la prensa cuando vinieron al pueblo movidos por la noticia.
Cada día eran más, parecía que las furgonetas y los equipos televisivos se multiplicaban.
No quedaba un solo habitante del pueblo al que no le hubieran acosado y hecho una pregunta al respecto.
Eran buitres movidos por la carroña, el morbo que da una historia tan truculenta como la de aquellos años.
—¿Qué pasó ese año? ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué todo el mundo le tenía miedo?
—Todo el mundo le tenía miedo porque El Hombre de las Amapolas fue el mayor asesino en serie de la comarca.
Julia traga saliva y se ahueca un poco la camisa. Se da un poco de aire con la mano izquierda al tiempo que se agarra al banco con la derecha.
—¿Un asesino en serie? —formula, retóricamente, porque Julia no es sorda y sabe perfectamente lo que ha escuchado.
—El mayor hijo de puta que ha pisado esta tierra.
—¿Qué es lo que recuerda de él?
—Lo que veíamos, lo que nos contaban los oficiales, lo que salía en el periódico y en los informativos...
—La mujer se aclara la voz y mira a los ojos a Julia, como quien va hacia una rueda de prensa dispuesto a admitir todos los errores que ha cometido—.
Comenzaba raptando a sus víctimas, le daba igual un hombre que una mujer joven o una persona mayor.
Nunca se ponía en contacto con la familia, no dejaba rastro de la desaparición, tampoco pedía un rescate o una compensación económica.
Mataba por puro placer, por diversión, como si arrebatar vidas fuera un juego lúdico para él.
De normal la familia se enteraba a la par que la policía, cuando se descubría el cuerpo lleno de magulladuras e incisiones.
Solo dejaba una cosa en la escena del crimen junto al cuerpo, una carta.
—¿Qué tipo de carta?
—A ti te encanta preguntar, niña. La carta estaba escrita a mano, de esas que seguramente tú has visto en los museos. Pero estaba contada de una forma particular. El que la escribía, no era El Hombre de las Amapolas, sino que parecía que la escribían las propias víctimas.
—Estaban contadas en segunda persona, como si los muertos se estuvieran hablando a sí mismos. —De algo sirve ser escritora, por lo menos te sabes las distintas voces de un narrador y manejas los tiempos verbales.
—Exacto. En esas cartas las propias víctimas admitían lo que habían hecho mal, daban a conocer al mundo sus pecados.
Hubo quién admitió violaciones, hubo quién admitió robos...
También afrontaban su inminente asesinato como un castigo, como algo para compensar el desorden que habían provocado sus malas acciones.
Puta justicia poética , piensa Julia.
—¿Lo atraparon?
—Unos días después de vuestra desaparición encontraron hospedado en el hotel a un turista alemán que llevaba viviendo en el pueblo unos cuantos meses en la habitación número ocho.
Cuando la policía registró a fondo a fondo la habitación encontró un buen puñado de fotografías de las víctimas y unas cuantas drogas que suponen que usaba para adormecer a sus presas.
—Y él, ¿cómo se declaró?
—No contestó a la pregunta en el juicio, no lo afirmó, pero tampoco lo negó. No ha vuelto a abrir la boca desde que ingresó en la prisión. Sí que es verdad que después de su encarcelamiento, los asesinatos frenaron.
—¿Y usted cree que mi madre fue raptada por él, cree que yo pude escaparme?
—Eso ya es mucho suponer, niña. Tú no te centres en lo que sucedió, pasados unos años la gente olvidó el asunto, como si no hubiera existido nunca. Tú deberías hacer lo mismo, niña. Estás viva, y eso es lo más importante.
Julia se queda pensativa, mira a la nada. En unas cuantas horas este pueblo ha pasado de ser el típico donde nunca pasa nada al pueblo donde a la mínima que te descuidas se te aparece un loco de la esquina y te saca un riñón a punta de navaja.
La mujer ve con atención la posición de las manecillas de su viejo reloj de pulsera. Se saca de la toquilla una bolsa de plástico y mete la bufanda a medio hacer con los palillos y el ovillo de lana. Se levanta como puede posando sus manos en los riñones.
—Me voy, niña, que me he entretenido más de la cuenta y me esperan para cenar. Un placer haberte visto, a ver si nos cruzamos otro día.
—Espere, antes de que se marche, ¿usted podría indicarme cómo se va hacia la casa de mis padres?
—Tú conduces por el camino que entra al bosque, te adentras un poco y verás una finca de tamaño considerable rodeada por una valla de alambre. No tiene pérdida alguna.
—Muchas gracias, siento haberla entretenido tanto rato. Ya no la molesto más.
—Enriqueta, me llamo Enriqueta. Deja de tratarme de usted, niña, que me haces sentir aún más vieja.
—Vaya con Dios, Enriqueta. Un placer.
Julia comienza a marcharse en dirección al motel.
—Por cierto, niña. Deberías ir a visitar a tu padre cuanto antes, seguro que te ha echado muchísimo de menos.