El susurro de las amapolas 12
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Las viejas del visillo

Julia se levanta peor de lo que se acostó tras pasar la noche peleándose con los muelles del colchón.

La espalda le cruje tras ponerse recta en el filo de la cama. A pesar de ser joven, el dolor de rodillas y las migrañas se han convertido en sus mejores amigos.

Pasa la siguiente media hora ordenando todo lo que se trajo consigo en la maleta.

Ya duchada y vestida, baja hasta la recepción para comenzar su búsqueda. Allí encuentra, cómo no, a la recepcionista más amable de la comarca. Le dedica a la mujer entrada en años un delicado buenos días lo suficientemente sonriente para que le dedique una escueta sonrisa.

Julia sale del motel muy decidida.

La decisión le dura bien poco, porque no sabe a dónde ir.

Lo bueno es que el pueblo es pequeño y no va a tardar en darle varias vueltas.

Después de guiarse por su instinto, Julia se planta enfrente de una especie de casa cuartel a las afueras del pueblo. Es bastante probable que el edificio sea anterior a la Guerra Civil porque lo amarillento de sus muros y la pintura descascarillada por los lados no se lo quita nadie.

Una mujer vestida con una toquilla negra está sentada en un banco exterior de la fachada, próximo al callejón. Está haciendo punto con dos palos de madera y un ovillo de lana beige.

Se acerca a la puerta del cuartel y, como no, está cerrada. Ni siquiera se escucha jaleo dentro, algún ruido que indique que allí trabaja gente de bien que tiene que llevar el pan a casa.

Nunca pueden salir las cosas bien , piensa.

Desde siempre ha pensado que el universo gira torno a ella, que todo lo malo que este se reserva se lo sirve a ella en una bandeja de plata y con un lazo rosa.

Que ingenua y malcriada ha sido siempre.

Si supiera las calamidades que hay fuera de su cómoda burbuja, la de armas nucleares que se vierten sobre civilizaciones todos los días, la de muertes azarosas que no se rigen ni por un patrón ni destino divino.

Otro gallo cantaría. Lo único por lo que se quejaba en su vida anterior era se habían llevado el último trozo de tarta de queso de La Marquesina.

Julia se acerca a la puerta de acero y da un suave golpecito. El golpe no es que sea suave, pero tampoco ha sido tan intenso como para llamar la atención de los oficiales.

Vuelve a llamar, esta vez con algo más de entusiasmo.

Tampoco hay respuesta, toca subirse las mangas.

—Disculpe, ¿pueden abrirme? —Aporrea esta vez con más intensidad la puerta y el tono de su voz es lo bastante proyectado como para que en el interior la hayan oído.

Ni un paso cerca del umbral. Julia vuelve a llamar lo suficientemente insistente como para que el ruido del metal se cuele dentro del edificio.

—¿A quién buscas, niña?

La mujer mayor que está sentada en el banco le dirige la mirada a Julia.

Vista más de cerca parece aún más mayor.

No tendrá más de sesenta años, pero las arrugas faciales y las manchas oscuras de su piel hace que la imagen mental de su edad aumente considerablemente.

Uno de sus ojos es blanco totalmente, puede que una ceguera sea la causa o bien unas cataratas mal tratadas.

El pelo, recogido en un moño, es una mezcla de canas y pelos negruzcos.

Las piernas no se ven muy claras, porque enseñar algo por encima de la rodilla se considera lujurioso y ella es una señora de bien.

—Disculpe, no era mi intención molestarla.

—No pidas perdón, niña. A estos se les podría caer el techo que no se darían ni cuenta. —La mujer ladea la cabeza y echa una mirada al edificio, después suelta una risa por lo bajo.

Julia, muy insistente, vuelve a llamar.

—¿A quién buscas, niña? —pregunta otra vez la mujer.

—Al jefe, o a alguien que al menos me abra la puerta.

La mujer vuelve a reírse y Julia lo nota.

—A esos no los ves hoy en todo el día, y mañana tampoco.

—¿Y eso? ¿Usted sabe dónde están?

—Los gandules se cogen el barco una vez al mes y se lanzan a la mar durante todo el día para ver si pica algo. Si ha habido suerte, esa noche también hay barra libre. Los días de después yo creo que te los imaginas, niña.

Julia bufa y maldice por lo bajo. Se aleja de la entrada, está por marcharse cuando...

La anciana le agarra el brazo y le deja la marca de los dedos.

La respiración se le entrecorta, el corazón está a punto de salírsele por el hueco del pecho.

—Eres tú, niña —pronuncia la mujer, con un ligero tono siniestro que le hiela la sangre a Julia.

—Disculpe, ¿nos conocemos? Creo que se está usted confundiendo —reprime Julia, que intenta zafarse del agarre.

—Esos ojos verdes son inconfundibles, niña. Tienes los mismos ojos que tu madre.