El susurro de las amapolas 11
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El motel de las almas huérfanas

El motel ha pasado por muchas manos. Ha tenido un gran abanico de nombres, casi todos han sido obscenos. Ahora, en el cartel que cuelga de la fachada solo puede leerse:

MOTEL PRAIXZE

Antaño, el edificio que ahora sirve para hospedar a los mismos turistas de siempre era un establecimiento de alterne que brindaba placer a hombres casados. Ese edificio estaba prohibido, tenía la reputación por los suelos. Lo buenos es que se sabía quién entraba y cuándo lo hacía.

Al estar situado en el centro del pueblo, los hombres adúlteros debían de tener un especial cuidado al pasar por el rango de visión de los visillos.

Cuando comenzó a correrse la voz de los chivatazos, y el club iba perdiendo sus clientes habituales, los varones más lujuriosos buscaban formas de entrar sin ser vistos.

La que más se recuerda en el pueblo, y que se sigue comentando en alguna que otra comida familiar, es la de los pantasmas , sí, con P, así se dice en el pueblo.

Los hombres salían a partir de las doce de la noche en dirección al club, pero, para no ser descubiertos por las ancianas curiosas, se vestían con una sábana blanca que tapaba su figura.

Los espectros duraron poco, solo bastaba con que las mujeres se quedaran despiertas a esas horas para ver si sus maridos se desvelaban y cogían los mantos blancos de la colada.

El club cerró poco después. Las represalias duraron años.

Después llegó la discoteca, el restaurante chino y un sinfín de comercios más que cerraron a los pocos meses. La maldición de los puteros nunca se fue.

Ahora, parada en medio de la plaza con una maleta extragrande, Julia decide entrar en esa mezcla extraña de pensión, bar rural y casa encantada.

No es el Palace, pero me vale, mientras tenga una cama , se dice.

Entra cargando con el bulto con ruedas rezando para que no se le resbale la mano del cierre haciendo que todas sus pertenencias se estrellen en el suelo de piedra.

Cuando entra, ve a una mujer ya entrada en años con cara avinagrada.

Lleva el pelo negro recogido en un moño bajo que hace juego con la posición de las gafas de pasta.

Se dirige al mostrador, esperando que las apariencias engañen.

—Buenas noches, me gustaría instalarme en una habitación unos días —dice, muy amable, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Para cuántos días sería? —responde la otra, muy seca.

Si es que las apariencias no engañan.

—No más de tres semanas. Tengo planeado irme antes de que termine agosto.

—Pues muy bien. —La recepcionista alarga el brazo y le tiende a Julia un libro negro compuesto de celdas en el que hay fechas escritas a mano—. Ponga su nombre ahí y firme en el segundo recuadro.

Julia obedece ante el imperativo de la señora.

—Y el tema del pago, ¿cómo va? —Saca su pequeño monedero del bolso, lo apoya sobre la mesa y comienza a abrir el cierre antes de que la mujer conteste.

—Ahora se dejan veinte euros de fianza. Después, al finalizar su estancia, paga el servicio completo.

Julia abre su monedero y saca una tarjeta VISA muy reluciente.

—¿Aceptáis tarjetas? —pregunta mientras busca con la mirada un datáfono.

La anciana apenas escruta el gesto, extiende la mano y no para coger la tarjeta.

—Solo efectivo, niña. —La cara de vinagre no se la quita nadie.

Julia guarda su preciada tarjeta de crédito, ese minúsculo trozo de plástico rectangular del que presume siempre que sale a comer con sus amigas.

O salía, mejor dicho. El dinero tampoco es que le sobre, porque en su editorial cobran una vez al año.

Esa tarjeta se ha convertido en pura fachada a medio camino de las dos cifras.

Julia extiende, avergonzada, el billete azul con un veinte pintado en grande hacia la mano de la mujer. Esta se lo guarda en el puño y deposita el papel valioso en una pequeña caja de metal con un candado numérico.

Cuando la mujer ya ha puesto a salvo su pequeño ingreso, se levanta despacio de su asiento y recoge una pequeña pieza de metal que lleva grabada en un pequeño llavero de madera el número ocho.

Se la tiende a Julia.

—Aquí tiene, segunda planta al fondo. —La llave se cambia de dueño—. Espero que disfrute de su estancia.

Julia recoge la llave, sonriente, para que no se note que el carácter picado de la mujer que la ha atendido no le da un buen augurio.

Cuando comprueba que no hay ascensor y que tiene que subir la maleta a pulso, su rostro termina por torcerse.

Una subida, veinte escalones, dos tirones en la muñeca para subir la maleta y un descanso en el rellano después, Julia se enfrenta cara a cara con la puerta número ocho del Motel Praixze.

La puerta es de esas que se fuerzan con facilidad, de esas que tardan en abrirse porque el pestillo se queda atrancado.

Cuando entra a la habitación, se lleva una sorpresa.

Pero para peor.

Siempre puede ser peor.

Las paredes están recubiertas con un papel amarillento cargado de flores con colores chillones.

La cama rechina con poco movimiento que hagas. Los muelles del colchón están oxidados y medio salidos, tiene suerte de que no haya habido ningún desgarro.

Las sábanas y la almohada es lo poco que se salva, sin aparentes manchas amarillas sospechosas ni ningún rastro de fluidos corporales.

El suelo también está bastante limpio, aunque no reluciente. La única pega es que hay algunos montones de polvo escondidos en las esquinas y otros ocultados debajo de la alfombra.

El baño, aunque pequeño, es acogedor. Viene equipado como cualquier baño normal: su váter, con las dos tapas incluidas; su lavabo, con un vasito para poner el cepillo de dientes y otro para enjuagarse la boca; la ducha, con su cortina azul haciendo juego con los azulejos; el mueble espejo que sirve de trastero y de reflectante; y, por último, el ambientador para cuando liberas a la bestia.

Lo poco que queda por describir, es una mesa redonda puesta de mala manera en una esquina, con espacio suficiente para poner el portátil y un par de cuadernos; una mesita más pequeña en la que hay una lámpara y en la que solo cabe el móvil y a duras penas un vaso de agua; por último queda el armario en el que Julia vuelca su maleta.

Después de haber estado todo el día viajando por la carretera mientras le daba vueltas a la cabeza, lo único que hace Julia es descalzarse y ponerse el pijama.

Se tumba en la cama, cuyos muelles emiten un crujido doble al soportar su peso.

Mañana será otro día, y probablemente más duro que este , se recita mientras cierra los ojos y se arropa con las sábanas que le pican.

No hace falta mencionar que, esa noche, como todas las demás antes que esta, Julia volvió a soñar con el acantilado y con su verdadera madre.