El susurro de las amapolas 10
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Pueblo pequeño, infierno grande

Julia entra en el pueblo bañada por unos anaranjados haces de luz que descienden por el oeste.

El pueblo se erige en lo alto de un montículo, donde la carretera dibuja una espiral por la colina para acceder a él. Al coche le cuesta lo suyo subir el montículo, que el motor tiene ya unos años y a duras penas arranca a la primera.

Mientras suena un chirrido similar a una nevera estropeada en plena agonía, Julia repasa un poco la historia de su pueblo “supuestamente” natal.

Se sitúa en la costa de Bilbao, muy cerca del mar.

A medida que el acantilado se pronuncia y el bosque se acaba, se erige un faro que ilumina a los pescadores perdidos en alta mar.

El mar ha llevado el pan a las casas en Praixze desde siempre, el mar les ha dado todo lo que poseen y las olas embravecidas mueven sus destinos.

Las gaviotas surcan los cielos de forma infinita buscando comida y algún nido vecino como refugio.

El relieve del municipio es predominantemente llano, si bien destacan dos pequeñas sierras, la de Praixze, al norte del río Balar, y la del Pentor, en el límite del valle.

No hay que olvidar otros cerros aislados, como el cerro del Pinar, Casas Verdes o Las Espadragas, entre muchos otros que no son tan altos.

Puede que sean muchos nombres, pero todos los montes son muy similares, solo se dan pequeñas variaciones en la flora y algo de fuerza del viento.

El río Alvar cruza el territorio de sureste a noroeste, y en él desembocan el arroyo de la Mosgasosa y el arroyo de Praixze.

La poca vida que tiene el riachuelo son unas generaciones de renacuajos que acabaran metamorfoseando en unas cuantas ranas saltarinas.

Ya pocos salmones se ven en esas aguas, y mucho menos las truchas, que desaparecieron hace ya mucho tiempo.

La altitud oscila entre los 1088 metros en la sierra de Praixze, y los 730 metros a orillas del río Alvar.

El pueblo se alza a 862 metros sobre el nivel del mar.

Es destacable el trazado de las calles y la arquitectura popular que todavía perdura en muchos de sus rincones.

Hay multitud de sendas turísticas que realizan un recorrido por todo el patrimonio cultural del pueblo.

Tiene un castillo propio digno de todo un linaje de condes de la noche. Se construyó bajo los dominios de la orden de Santiago, cuando pasaba por el terreno vasco. Su forma poligonal se debe a un conde altruista que hizo una generosa donación a cambio de un matrimonio concertado.

La iglesia de San Judas Tadeo, el patrón de las causas perdidas, se erige en la plaza del pueblo.

Su construcción comenzó alrededor de 1214, sobreponiendo la infraestructura sobre los resquicios de un antiguo templo romano.

Tiene planta de cruz latina, de una sola nave, con dos capillas laterales en el crucero.

En el exterior de la iglesia, el aparejo de sus muros está formado por verdugas y machones de ladrillos, buscando el refuerzo de las esquinas y de la fachada baja con grandes sillares, las cuales muestran restos de los antiguos grabados romanos pertenecientes al anterior edificio.

En el interior se alza una bóveda encamonada con lunetos y vanos termales utilizados como ventanas para iluminar el templo.

En unas excavaciones arqueológicas recientes, se ha descubierto una cripta bajo el altar mayor.

El retablo es moderno, sustituyendo al anterior que fue quemado junto con todas las imágenes en la guerra civil española.

La antigua capilla del bautismo está ubicada en la base de la torre del campanario, donde se ha dejado al descubierto un arco de medio punto construido con sillería de moliz dando acceso a la misma.

Si hablamos de demografía, a mediados del siglo XIX Praixze contaba con dos mil quinientos habitantes.

Esta es la cifra más antigua que se ha registrado, lo que sugiere que el pueblo adoptó su identidad común en este siglo.

Hoy, en pleno 2025, la cifra no supera los setecientos paisanos.

La chavalería emigró a las grandes ciudades en cuanto pudo, la tercera edad se quedó echando raíces en la plaza.

Pocos niños se avistan desde las terrazas, no ha habido ningún nacimiento desde el 2010.

La poca juventud que visita el pueblo, está de visita en casa de los yayos.

Julia aparca el coche en una calle desierta.

La verdad que vivir en un pueblo perdido, tiene sus ventajas.

El aire puro y la brisa marina inundan de un oxígeno sin contaminación los dos pulmones.

La falta de ruido tampoco está nada mal para una escritora que tiene que cerrar la ventana del despacho todos los días para dejar de escuchar el ruido ambiental de la capital.

Julia cruza el pueblo hasta llegar a una pequeña plazoleta donde hay un par de árboles, una zona despejada con una portería, una especie de bar y un edificio casi en ruinas.

Cuando lee el letrero de este último, ya sabe dónde va a dormir.