El susurro de las amapolas 21
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Requiescat in pace

Cuando Brueca y Morales descubrieron el cadáver de Amaia Marín, no se imaginaban la repercusión que iba a causar su hallazgo.

En un pueblo en el que nunca pasa nada, encontrar un cuerpo sin vida siempre supone el alboroto de todos sus habitantes.

Más cuando es alguien conocido, ahí se disparan todas las alarmas.

También influye mucho la manera en la que se encuentra el cadáver, no es lo mismo encontrar a alguien que ha muerto por una caída o un infarto que si ha muerto por voluntad propia.

Ha pasado más de media hora desde que llegaron los forenses y todavía no les han dado un examen preliminar. Este tipo de análisis suelen tardar, a menos de que los altos mandos ejerzan presión.

Por el aspecto del cadáver ya se pueden esbozar algunas teorías. Casi todas apuntan a un acto grotesco y cruel.

La tez violácea y el rigor mortis apuntan a que la mujer ya lleva unas cuantas horas sin vida. Por lo que si el testigo —que todavía no han sido capaces de localizar— escuchó gritos dentro de la caverna, no podían ser de la mujer.

El cuerpo posee múltiples hendiduras de una posible arma blanca.

Por la profundidad de las heridas y la limpieza de los cortes, un cuchillo de carnicero es la opción que más se ajusta.

Según parece, las cuchilladas no siguen ningún patrón a simple vista.

Han dado las estocadas con ambas manos, por lo que no se puede saber con exactitud si el asesino es zurdo o diestro.

Los ojos, de color verde aceituna, están bañados en el color bermellón de la sangre.

El asesino los ha sacado ligeramente de las cuencas, porque cuando los de la científica han levantado el cuerpo uno de los ojos se ha desprendido de su orificio dejando al descubierto el nervio óptico.

Posiblemente haya hecho palanca con la punta del cuchillo hasta desencajar el globo ocular.

En la cara también destacan los pómulos hundidos y rotos, la nariz curvada a base de los golpes y la boca cosida con hilo del que se usa para un arreglillo a la ropa. Cuando deshacen la costura, descubren que en la boca no han dejado rastro de ni un solo diente.

Dentro de unas horas, cuando los forenses realicen un análisis más exhaustivo y redacten el informe de la autopsia, descubrirán que tanto los dientes como algunas partes del cuerpo han acabado digiriéndose en el estómago junto a la cena de anoche.

Las piernas las tiene destrozadas, con moratones y arañazos por todas partes.

Por la cantidad de raspones en la piel y la suciedad de la ropa, la víctima fue arrastrada hasta las cuevas.

Las rodillas ya son harina de otro costal, porque las almohadillas de líquido sinovial están reventadas, lo que sugiere que pasó mucho tiempo arrodillada.

Los brazos tampoco se salvan de esta espiral de destrucción.

Presentan los mismos cortes que el resto del cuerpo.

Ambos brazos están doblados en posiciones antinaturales, como si hubieran revertido la posición de los huesos.

Las muñecas están amoratadas por la presión que ejercía la soga sobre ellas.

También había algo junto al cadáver cuando lo encontraron. Un sobre marrón bien doblado y sellado con cera roja depositado a los pies del cuerpo fue lo que le llamó la atención a Brueca.

Después, cuando los forenses estaban relatando el informe preliminar de la autopsia, le dio el clic para entenderlo todo.

El patrón del asesinato ya lo había visto antes, hace treinta años. Las cuchilladas irregulares por todo el cuerpo, los ojos sacados de las cuencas, los huesos rotos y la boca sellada con hilos negros.

Brueca sabe a quién se están enfrentando. Morales puede que no, porque cuando pasó todo el revuelo él era todavía muy pequeño y acababa de perder a su padre. Hace muchos años, cuando Brueca todavía se consideraba un buen policía, investigó ese caso hasta la extenuación.

Brueca va junto a la jueza Caballero para contárselo todo. Si al final resulta que todo se repite, podrían tener el premio gordo. Si esa información consigue salir de la cueva, están perdidos. Si comienza el alboroto en el pueblo, lo volverán a perder para siempre.

—Señoría, creo que ya sé quién ha cometido este crimen.

Ella le mira, con la misma cara de mala hostia, pero con ligeros toques de acojono. La jueza no es imbécil y, a pesar de manejar cientos de casos cada día, recuerda con exactitud el modus operandi del hombre que ha cometido ese crimen.

—Es imposible —contesta ella.

—Todo se repite. ¿Es que no lo ve? Todo es igual como hace treinta y tres años. Ha vuelto a matar.

—Está encarcelado en la otra punta del país, es completamente imposible que sea él —replica Elisa.

—Entonces, si tan convencida está, señoría, ¿por qué no le ha dado todavía la vuelta al sobre para ver el remitente?

Elisa mira el papel marrón que sostiene entre los dedos y se lo tiende a Brueca. Morales llega junto a ellos para la gran revelación.

—¿Qué es lo que tenemos, mi teniente?

Brueca gira lentamente el sobre hasta mostrar el reverso. En él se pueden leer nueve palabras escritas en mayúsculas con tinta negra.

Ya tienen al remitente de la carta y, por consiguiente, al asesino.

Lo que se lee en el reverso del sobre es:

DE: EL HOMbrE DE LAS AMAPOLAS

PARA: JULIA LAZKANO