El susurro de las amapolas 7
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Me da que vuelvo a casa

Julia se encuentra sumida en una encrucijada, haga lo que haga, sabe que va a acabar perdiendo.

Siempre le pasa lo mismo. No es suficiente con una desgracia a la vez, que le tiene que pasar otra peor en la misma semana.

Unas horas antes se suponía que tenía que haber entregado el manuscrito final de su cuarta novela, cosa que era imposible porque en todo un año Julia no ha hecho nada.

Por si fuera poco ya el descontento y el cabreo que se ha llevado su jefe, su padre le ha llamado en mitad de la reunión para decirle que su madre ha tenido un derrame cerebral y que ahora está en un lugar mejor.

Las desgracias nunca vienen solas y a Julia le tiene que pasar todo a la vez.

Ha descubierto, hace tan solo cinco minutos, algo fundamental en su vida. Sus padres no son sus padres y, que los suyos verdaderos, residen en un pueblo costero de Bilbao.

Ahora siente un vacío, porque se ha sentido engañada.

Puede comprender la postura de sus padres, pero eso no justifica que no le dijeran la verdad en vida.

En su casa siempre ha habido un clima de absoluta confianza donde no hay espacio para las mentiras.

Pues bien, esas personas que le inculcaron la idea inquebrantable de la verdad le han mentido en su puta cara.

Lo del pueblo lo ha tenido que buscar en internet, porque ni siquiera le sonaba el nombre. Praixze, no tiene muchos habitantes, pero se sigue manteniendo gracias a la exportación de productos locales. Pertenece a ese porcentaje que se considera España vaciada .

Ahora, a sus treinta y ocho años de vida, se plantea qué hacer con toda esa argamasa de información.

Julia debate, durante dos largos minutos, qué es lo que debe hacer.

Siempre que está entre la espada y la pared y tiene que tomar una decisión importante la acaba cagando.

Si se queda, malo, porque tendrá que lidiar todos los días con Rodrigo para negociar un nuevo plazo y entregarle un pequeño adelanto de su próxima novela.

Esta primera idea queda descartada. Si se va, peor todavía, porque no sabe ni siquiera si su verdadera familia sigue en ese pueblo perdido de la mano de Dios.

—Tengo que conocerlos, no puedo quedarme así.

—Pero, hija, no sabes si ni siquiera siguen viviendo allí.

—Tengo que intentarlo.

Tomás se pasa la mano por la frente sudada.

—Déjalo estar, concéntrate en la novela —suplica su padre.

Julia le dedica una mirada asesina, pero luego se compadece de su padre porque él no tiene la culpa de que esté bloqueada y no haya dado un palo al agua en todo un año.

Sigue sin saber cuál de las dos opciones es peor, si intentar escribir una novela desde cero, o buscar a su verdadera familia en un pueblo perdido del norte y arriesgarse a dar con un callejón sin salida.

—Ahora tengo un vacío, me he quedado aún más bloqueada. Necesito saber quiénes son mi verdadera familia.

—No los conoces de nada —explica Tomás— puede que ni siquiera se acuerden de ti.

La última parte de la frase perfora el alma de Julia, porque no hay nada que más le duela que el olvido.

Durante buena parte de su adolescencia, fue invisible, nadie la ayudaba ni se sentaba junto a ella a menos que hubiera que hacer un trabajo de lengua.

Una vez consiguió el éxito, todas aquellas personas que la ignoraron durante tantos años estaban dispuestos a entablar amistad con ella.

El comentario de su padre le ha dolido, es agrio pero probable.

No sabe qué es lo que está intentando su padre.

¿Meterle miedo? Comprende perfectamente al hombre que tiene delante, lleva toda la vida viviendo en su casa.

Tomás tiene miedo de perder a su hija, es todo lo que le queda en el mundo.

En cuestión de horas ha perdido a su mujer, con la que llevaba cuarenta años casados, y puede que dentro de unos minutos pierda también a su hija.

No puede permitirse quedarse solo en el mundo.

No tiene familia, que murió en la Guerra Civil, ni tampoco amigos.

Solo las tenía a ellas dos, y ya solo le queda una.

—¿Y si están muertos? —continúa este— Vas a perder el tiempo.

Julia, sin mirar a su padre a los ojos, deja caer el ultimátum. Julia ha decidido, en una fracción de segundo, lo que va a hacer. Al igual que su madre, a cabezota no le gana nadie.

Las decisiones impulsivas son su especialidad, solo hay que ver con algo de perspectiva los recientes acontecimientos de su vida.

Puede que si no tuviera la mecha tan corta, no estaríamos en esta situación.

Puede que siguiera con su marido, puede que tuviera un nuevo manuscrito y así una larga lista de cosas que no tiene o ha perdido por el mero hecho de ser una ansiosa de cojones.

Si quiere sanar la reciente herida que le han creado sus falsos padres, debe irse. Debe volver a sus raíces.

—Está decidido, no insistas. No voy a quedarme con la espina clavada. No quiero estar el resto de mi vida pensando: ¿y si me hubiera ido? Aunque pierda el tiempo, seguro que despejo algunas dudas.

—¿Vas a irte?

Julia responde lo único que puede responderle.