El susurro de las amapolas 6
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Mira al pajarito

Los recuerdos quedan almacenados en la memoria por lejanos que sean.

Por eso, Julia intenta con todas sus fuerzas recordar el momento congelado que capta la fotografía. Qué pena que siga creyendo que por más que se apriete las sienes y frunza el ceño va a recordar más rápido. El mérito se lo lleva su cerebro, que trabaja a toda velocidad para recuperar lo que busca.

Por más que trabaja, no obtiene resultado. Esa fotografía le es similar a un folio en blanco porque no le transmite nada, está vacío.

Julia observa la fotografía, antigua y con el color clásico de las cámaras Polaroid.

El color sepia se abre paso por el papel ZINK que compone la imagen.

Aunque la forma del marco es cuadrada, la imagen posee una especie de viñeta oscurecida que recubre los bordes de una manera circular, sin un perímetro geométrico.

El papel que recubre el rectángulo fue una vez blanco, pero ahora, debido al clima y a la acumulación de polvo, se ha amarilleado.

Una familia posa, sonriente, ante la cámara de fotos.

Son cinco, dos mujeres (muy parecidas y casi de la misma edad), un hombre (rudo pero sonriente, con su pequeño corazoncillo latiendo en su pecho), un niño (con más pinta de ser un trasto que un niño repipi y repeinado) y una niña (buena, guapa, con una sonrisa que hace años que no sale de su boca).

Detrás de ellos se alza un humilde, aunque majestuoso, chalé.

No tiene dos plantas, pero es lo suficientemente espacioso como para que la familia resida en él con comodidad.

Se encuentran en una especie de porche recubierto por zarzas de mora y troncos de parra.

Las uvas, ya maduras, cuelgan de las ramas suplicando la vendimia de finales de agosto.

El sol les da de lleno, pero no por eso dejan de abrir los ojos.

Las sombras se dispersan por las baldosas de piedra, dando volumen a la composición.

Ahí es donde Julia ve a la mujer de los ojos color verde aceituna y pelo negro azabache, sujetándola de la mano. Sus neuronas activas ejercen un último esfuerzo y se conectan entre ellas. Comprende que, la mujer de sus sueños que aparece ante ella día sí y día también, es su verdadera madre.

Comprende que, su mente ha jugado con ella. Ha extraído los datos de su polvorienta esquina y los ha presentado bajo las luces del escenario mental, como una gran ópera.

Lo que no consigue recordar es si de verdad llegaron a saltar del acantilado. ¿Fue todo imaginado o fue real? No lo sabe, o no es capaz de recordarlo. Lo que sí que sabe es que no es casualidad que el sueño se lo muestre. Ella está viva, por lo que si hubo un salto, tuvo que ser el de la mujer.

Todo pasa por algo le decía siempre su madre.

Julia le da la vuelta a la foto al no ver ningún otro rastro de información. Ve la inscripción hecha con una pluma estilográfica. Se ha enmarcado la foto ideal bajo un título poco original.

Praixze, 4 de agosto de 1992 .

De forma curiosa, la misma fecha sigue un patrón cíclico. Hoy también es 4 de agosto, pero de 2025.

33 años de diferencia , hay que joderse con las casualidades , piensa.

Julia ha encontrado sus raíces.

Ahora debe decidir qué es lo que va a hacer con toda esta amalgama de información. Debe decidir qué hacer, pero sin entrar en otro colapso.