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Querida Julia
Querida Julia:
Si estás leyendo esto, es que nos ha pasado algo a tu padre o a mí.
Esta carta te la escribimos los dos para despedirnos de la hija más maravillosa que hemos podido tener.
Aparte de despedirnos, hemos de reconocerte que somos unos cobardes, porque te hemos ocultado algo durante toda la vida.
No sé si algún día podrás perdonarnos por lo que hicimos, pero creíamos que era lo mejor para ti.
Hemos hablado mucho sobre cómo afrontar esta conversación, pero no ha sido nada fácil.
Tu padre no quería decírtelo, pero ya me conoces, hija, soy demasiado cabezota.
Tenía que cerrar mis heridas para que, el día que me vaya, poder hacerlo en paz conmigo misma.
Tenemos que ser justos, te mereces y te debemos una explicación. Te mereces saber la verdad.
Cuando me casé con tu padre, hace ya muchos años, tenía muy claro que mi principal objetivo en la vida era formar una familia.
Te juro que lo intentamos por todos los medios posibles.
Fueron más de cuatro hospitales, más de veinte pruebas.
Nada nos dio resultado. Ninguno de los médicos podía explicarse el motivo de la infertilidad.
Pasaron los años y las ganas de ser padres nos reconcomían por dentro, todo nuestro alrededor estaba poblado por niños.
Hicimos lo que creímos que era lo correcto. Nos pusimos en contacto con una casa de adopción para que nos hicieran algunas entrevistas. Y allí estabas tú, confusa y asustada, pero con los mismos ojos de niña buena.
Enseguida nos enamoramos de ti y agilizamos los papeles para poder tenerte en casa. Fue en septiembre de 1992 cuando pudimos llevarte a nuestro hogar. Desde ese día, has llenado nuestras vidas de un color inmenso.
Eres todo lo que hemos deseado en la vida, no lo olvides.
Te quieren mucho:
Papá y Mamá
Julia termina de leer la carta sumida en un mar de lágrimas.
El baúl de los recuerdos traumáticos ha vuelto a abrirse, y esta vez no va a cerrarse tan fácilmente.
Tras muchos años de terapia y orfidal, Julia consiguió echar el cierre a esa caja de madera que contenía cada uno de sus recuerdos más dolorosos.
No cerró el baúl porque este estuviera vacío, lo cerró a la fuerza, contra su voluntad.
Julia decidió cerrar el baúl sin pensar, sin terminar de digerir las cosas.
Prefirió no pensar para ser feliz. Ahora que el cierre ha estallado y el cofre ha vuelto a abrirse, le ha pasado lo mismo que le ocurre siempre, está teniendo una crisis existencial.
—¿Soy adoptada?
Su padre, si es que lo es, baja la cabeza.
Ha dedicado los últimos años a pensar de qué manera afrontar la conversación.
La manera en la que trate el tema es fundamental para el bienestar de su hija.
Para Tomás no es fácil abrir esta herida, y mucho menos con su mujer de cuerpo presente. Pero debe hacerlo, se lo debe.
—¿Por qué no me lo habíais dicho antes? —recrimina.
—Hija, no era algo sencillo para nosotros. Llevábamos mucho tiempo queriéndotelo decir, pero nunca encontrábamos el momento.
—¿Y para mí sí que lo es? —exclama, irónica— Ahora, con treinta y ocho años me entero de que mis padres no son mis padres.
—Nosotros te hemos cuidado como si fueras nuestra hija de sangre.
Julia se seca con el dorso de la mano las lágrimas que deja escapar y correr por sus mejillas. Su garganta está envuelta en espinas, que forman un nudo de hierro que le rasga las paredes glotales.
—¿Por qué me lo dices ahora, por qué no lo habéis ocultado?
Casi siempre preferimos lo verosímil a la verdad, porque ese último rostro, ese abismo fuera de las mentiras, nos engulle y no deja ni los huesos.
Preferimos historias bien contadas antes que la verdad.
La verdad nos deja un vacío, un hueco en nuestra alma, que pocas cosas son capaces de llenarlo.
Porque, después de decir la verdad esta ya no puede contradecirse ni manipularse.
Eso ya queda grabado para siempre y, por mucho que uno se esfuerce, no lo podrá olvidar jamás.
—Tu madre y yo llegamos a un acuerdo, si alguno de los dos se iba, el otro debía contarte la verdad.
—¿Y no habría sido una mejor idea que estuvierais los dos para contármelo? Porque vaya dramatismo con la cartita.
—¿Cuándo se supone que debíamos hacerlo? ¿Cuándo terminaras la gira, cuándo dejaras de firmar, cuándo sacaras un poco de tiempo para ver a tus padres entre capítulo y capítulo?
Julia no es capaz de mirar a su padre, porque sabe que todo lo que dice es verdad. El trabajo ha acabado por consumirla hasta los huesos. Ya apenas los visitaba, a duras penas conseguía sacar cinco minutos para hacerles una videollamada antes de la hora de cenar.
—¿Cómo me adoptasteis?
—Tu padre te dejó en una casa de adopción cuando todavía eras muy pequeña, no tendrías más de cuatro años.
—¿Viste a mi padre? ¿Cómo era?
—Nosotros no le vimos, llevabas unas cuantas semanas en el centro cuando te adoptamos.
—¿Y quiénes son mis verdaderos padres?
Tomás chasquea la lengua. Ese gesto, por simple que sea, es el presagio de algo terrible.
Viene la segunda parte, puede que la más dolorosa.
Saca otro sobre y se lo tiende a Julia.
El logo de la empresa de revelación de fotografías viene impreso en la esquina inferior.
Julia lo abre, temerosa. Después de haberse encontrado con una confesión inesperada, sabe que lo que contenga no puede ser mucho peor.
Nunca digas nunca, siempre puede ser peor.
Extrae del interior una única cosa, una fotografía.
Es una polaroid, la reconoce enseguida. Ese margen blanco que deja el papel para que tú mismo pongas el título a la fotografía de tus sueños.
Esas fotografías son las únicas que tienen la capacidad de impresionar recuerdos para conservarlos para siempre, para que la huella imborrable del tiempo no los amontone en una esquina del cerebro y acaben cogiendo polvo.
Y, cuando ve la fotografía, descubre el porqué de sus recurrentes pesadillas.