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Vestidos de negro
El hormigueo en la comisura de los labios fue solo un atisbo de lo que después fue una tragedia.
Amelia Ventura estaba acostumbrada a experimentar ese tipo de síntomas somáticos. Después de convivir toda la vida con una migraña hemipléjica, se había acostumbrado a lidiar con el hormigueo, la dificultad para hablar y la parálisis en medio cuerpo.
Esa noche, la migraña no la visitó.
Su marido, Tomás, no le notó nada raro antes de irse a la cama. Hablas un poco raro , eso fue lo único que le dijo.
Amelia no le dio excesiva importancia.
El infarto cerebral que la golpeó fue fulminante.
Aunque hubieran actuado lo más rápido posible, aunque hubieran podido salvarla, viviría hoy en unas condiciones deplorables.
Puede que su espíritu agradezca que la vida se haya apiadado de ella.
Cuando visitaba a su padre en la residencia, que en paz descanse el hombre, tenía que lidiar con el cambio de pañales, la limpieza de las babas y la tristeza que veía reflejada en los ojos del hombre que le dio la vida.
En cierta parte, agradece no haberse quedado como su padre.
Amelia no sufrió cuando la muerte le rasgó la vena del cerebro con su guadaña. Se quedó dormida, esta vez para siempre. Lo último que sintió, antes de perder el conocimiento, fue la mano de su marido en contacto con su torso y un ligero beso en su mejilla.
Después, cuando cerró los ojos, todo lo que hubo fue oscuridad.
A la mañana siguiente, Tomás se levanta a las siete para echar una meada.
Cuando consulta el reloj y ve la hora, se dirige a la cocina para darle una sorpresa a su mujer.
Exprime unas cuantas naranjas de mesa, tuesta pan, ralla tomate...
Tomás prepara un desayuno digno de una reina.
Lleva la bandeja de plata a la habitación de matrimonio en la que sigue dormida su mujer.
Cuando llega a la habitación, deja la bandeja apoyada en el mueble e intenta despertar a Amelia.
Cuando palpa su piel, se da cuenta de que está helada.
En un acto reflejo, Tomás tapa a su mujer con una manta mientras sigue llamándola.
El horror le llega cuando intenta cogerle el pulso y descubre que el tamborileo incesante que le daba la vida ha desaparecido.
El SAMUR y la policía llegan una hora después para levantar el cadáver.
En el funeral de Amelia Ventura hay más personas de las esperadas.
Han llegado sus hermanas de Madrid, sus sobrinos, sus tíos y primos.
También han hecho acto de presencia varios conocidos del pueblo en el que se crio.
Siempre resulta curioso el ambiente en los tanatorios, llegan más personas de las que te esperas buscando el consuelo de un cónyuge afligido y de unos hijos desamparados.
Hay veces en las que morderse la lengua no es una opción, es una necesidad para mantener unida a la familia.
Por último, están los llamados rezagados, esos familiares que ves si acaso una vez al año y que corren para decirte cuánto te querían cuando tú ya no estás consciente para verlo.
Hay que joderse con la familia .
El tanatorio, lejos de ser lúgubre, es bastante hermoso por fuera.
Tiene un aspecto moderno, similar a un chalé, con grandes vistas a la sierra de Madrid.
Su diseño por dentro, con madera y sillones cuero, hacen que sea un lugar idóneo para echarte una siesta cuando llevas más de dieciséis horas velando a un difunto.
También tiene una sala con máquinas expendedoras provistas de chocolatinas y sándwiches para acompañar el mal trago.
El café no falta, por lo que hay tres máquinas cargadas con cafeína y leche.
Un taxi avanza por la colina que da a la fachada del edificio. Julia se baja cuando el vehículo se detiene.
Cuando sus tías la ven, se desata una competición por ver quién le va a dar antes el pésame.
Julia no escucha nada, solo se limita a asentir.
Aún está procesando que su madre ha muerto de la noche a la mañana, y que ella no ha podido despedirse.
Aunque no lo muestre, tiene un yunque invisible de quinientos kilos en el que está labrado la palabra culpa .
Se arrepiente por no haber ido a visitar a su madre en dos semanas con la excusa de trabajar en el nuevo manuscrito.
Para lo que he hecho, ya podría haber estado con ella , se recrimina.
Julia da un abrazo a todos los miembros de su familia, casi de manera automática.
Cuando entra a la segunda sala, ve a su padre sentado en unos de los tres sofás de cuero que da a la vitrina en la que está el ataúd abierto de su madre. Julia le posa la mano en el hombro a su padre, este se la besa. Padre e hija se sientan juntos.
—¿Cuándo ha sido, papá?
—Dicen que murió mientras dormía, que no sufrió.
Al afligido viudo se le cae la coraza al suelo, que se le parte en mil pedazos. Detrás de esa melena canosa y esa perilla perfilada, lo que destacan son los ojos negros que se funden con el luto de su alma.
—No pude ni despedirme, papá. ¿Qué habrá pensado de mí?
—Ella te quiere mucho, no lo dudes nunca.
Padre e hija se dan un beso en la mejilla. Tomás saca un sobre que lleva escrito el nombre de Julia en el reverso. Se lo tiende a su hija.
—¿Qué es esto?
—Tienes que leerla.
—La leeré cuando pueda.
—Tienes que hacerlo ahora, tu madre y yo tenemos que hacerte una confesión.