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Soy una impostora
A nadie le gusta levantarse a las ocho de la mañana para que le echen la bronca. Julia lleva despierta desde las cinco de la mañana, no ha podido pegar ojo. Ya se ha bebido tres cafés dobles y va camino del cuarto.
Hoy tiene que presentar su siguiente novela. No le da buena espina. No tiene ni el título, ya sabe cómo va a ir el resto. Mira cada cinco minutos su reloj de muñeca, esperando que las manecillas se detengan y que las horas no avancen.
Una hora y diez minutos después, Julia llega a las puertas de la Editorial Heredia.
Te quedan veinte minutos para verle el careto a tu jefe, piensa algo, estúpida. Van a darse cuenta de que eres una impostora , se repite, mientras entra en el rascacielos.
Saluda a Amanda, la recepcionista, con una sonrisa improvisada.
Recorre el pasillo, atiborrado de salas de juntas llenos de peces gordos sin un pelo de tontos, y se mete en el ascensor de cristal.
Pulsa el redondel de metal que tiene incrustado el número veintitrés. Una vez ha ejercido la suficiente presión sobre el botón de acero, su contorno se ilumina con una luz led de tono rojiza.
Siente que la subida dura siglos. En realidad, no llega a sesenta segundos, pero el miedo le impide vivir la realidad tal cual es. El asistente virtual, instalado por la empresa de ascensores, anuncia la llegada a la vigesimotercera planta.
Las puertas se abren, dejando a Julia desnuda ante el interminable pasillo. Cuadros de impresores pueblan las dos extensas paredes que sujetan la infraestructura del piso.
Tercera a la derecha, esa es su parada. Julia llama dos veces a la puerta con los nudillos, cagada de miedo. Una voz masculina le dice que pase.
La sala de juntas número cincuenta y dos es un lugar asfixiante. La enorme mesa de juntas, larga como ella sola, da una falsa sensación de amplitud. Las sillas, caras e incómodas, auguran la presencia de los editores.
Rodrigo Urquieta, uno de los editores jefe de la Editorial Heredia, está sentado en su asiento habitual junto a la ventana, para poder fumar tranquilo.
Se peina suavemente los cuatro escasos pelos canosos que cubren su cabellera.
Cuando ve a Julia, se le iluminan los ojos, solo hace falta que le salga el símbolo del dólar en las pupilas.
—Aquí está mi escritora bestseller. —Rodrigo le da un caluroso abrazo a Julia—. Tienes a todos en la oficina intrigados con tu nuevo manuscrito.
Julia se pregunta si debería decírselo.
—No tengo nada, Rodrigo.
Ha sido más rápido de lo que esperaba.
Rodrigo estalla en risa, para sorpresa de Julia.
—Tú siempre tan cachonda, con razón vendes tantos ejemplares.
—No hay manuscrito, Rodrigo, no he escrito una sola palabra desde que publiqué el final de la trilogía. Ni título le he puesto al documento.
El editor cambia la cara, cosa con la que Julia lleva soñando toda la noche.
—¿Me estás diciendo que dentro de cinco minutos vamos a tener a todo el equipo aquí, y que tú no tienes nada?
Julia no añade nada, solo asiente.
Me cago en mi puta vida ... piensa Rodrigo, esto me pasa por dejarla hacer lo que le sale del coño .
—Pues ya me dirás qué hacemos, porque esto no es lo que acordamos.
—¡Estoy bloqueada, no soy capaz de escribir nada!
Para colmo, y empeorando más la situación, llega el resto del equipo para la reunión.
Entre saludos y posicionamientos, se van diez minutos de la hora. Ese tiempo es el que emplea Julia para intentar tejer una excusa verosímil para largarse. Ni eso es capaz de inventar.
Los distintos departamentos se sientan en sus respectivas posiciones concediendo el turno de palabra a Rodrigo.
—Gracias a todos por asistir a la reunión para planificar los distintos aspectos de la nueva novela de nuestra autora estrella, Julia Haro.
Rodrigo le dedica una mirada de compasión a la escritora, que no sabe dónde meterse.
—A continuación... —continúa el mandamás— nos explicará los detalles de su próximo proyecto.
Rodrigo baja la cabeza, queriendo ocultarse en tierra mojada. Julia carraspea, sin saber muy bien cómo salir indemne de ese atolladero.
—Bueno, mi nueva novela... va de unos personajes, pues que... hacen cosas todo el rato.
Rodrigo emite un suspiro exasperado, el resto siguen escuchando. Un silencio incómodo, de esos que escuecen. Una canción pop interrumpe y quiebra el silencio. El bolsillo derecho de Julia vibra sin ton ni son, a su antojo.
—Disculpad —dice, mirando la pantalla iluminada del teléfono—, tengo que cogerlo.
Julia se retira de la mesa. Apoya el auricular a su oreja.
—Dime —susurra— estoy en medio de una reunión.
Pausa.
La persona al otro lado de la línea le ofrece una larga y tendida explicación de la motivación que ha llevado a efectuar la llamada.
Julia se gira, completamente ida, hacia Rodrigo. Se aparta el teléfono de la oreja.
—Vais a tener que disculparme, pero tengo que irme.
Julia recoge su bolso y su chaqueta a toda prisa. Le hace una mirada cómplice a su editor, algo no va bien.
Sale de la sala, cerrando la puerta a su paso. Prefiere no reparar en los pensamientos de los distintos departamentos ahora mismo. Lo que sucede al otro lado del aparato es mucho más importante.
—Vale, papá. Ya estoy.
Otra larga pausa, otra larga y tendida explicación.
—De acuerdo —dice, entrecortada, conteniendo el torrente lacrimal— voy para allá. ¿A qué tanatorio se la han llevado?