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Experiencias oníricas
Experimentó la pesadilla por primera vez hace un año, vino a ella en una noche de febrero, acompañada del gélido aliento del invierno en la nuca.
Los sueños no son más que recuerdos necesitados de un procesamiento extra. Todos puedes asociarse, ya sea consciente o inconscientemente, a recuerdos desperdigados por la memoria a largo plazo. Este sueño no es uno de ellos.
Las pesadillas no son sueños comunes. Son experiencias que perturban al individuo.
Suelen producirse en la fase REM del sueño, donde estos se materializan intensamente dentro del subconsciente, por eso se sienten tan reales.
Eso es lo que de verdad da miedo, el no saber si es real o si es un producto de tu imaginación.
Lo que de verdad la perturba, es recordar cada detalle, por minúsculo que sea, y repensar incansablemente por qué ese sueño la visita cada vez que cierra los ojos en busca de paz.
He aquí el sueño que perturba la mente de Julia todas las noches. Al sueño le da igual que sea entre semana o festivo. Cada noche es siempre lo mismo, un patrón de estructura cíclica que termina con un grito ahogado en la garganta.
Está en un lugar que no ha visto en la vida. Mira que ha viajado por sitios de lo más variopintos, pero nunca había pisado ese bosque tan frondoso poblado de nidos de cuervos.
Va de la mano con una mujer mucho más alta que ella.
Aunque apenas puede verla bien, sabe distinguir los rasgos fundamentales.
El pelo largo con flequillo, de un color negro azabache.
La sonrisa de oreja a oreja, con hoyuelos en los carrillos.
Los ojos verdes color aceituna, en los cuales puedes perderte con solo mirar la pupila.
También está el dolor, inmediato, punzante. Las ramas caídas de los pinos se clavan en las puntas de los pies, ese lugar tan vulnerable. El dolor aumenta con cada pisotón, con cada paso en el que se clava una piedra de forma irregular.
No puede detenerse, no puede parar de correr. La mujer que le da la mano suda y mira hacia detrás compulsivamente.
No están huyendo de ningún animal, porque no se escucha ni el más mínimo rugido. Tampoco de una persona peligrosa, porque en ese bosque, a excepción de las expectantes aves, solo están ellas dos.
La mujer comienza a hiperventilar, se le acaba el aire en los pulmones.
La carrera, de la cual lleva unos cuantos metros recorridos a pleno pulmón, la está dejando extasiada.
El diafragma se le contrae y un atisbo de dolor le inunda el rostro.
Aprieta los puños con firmeza, no se detiene.
Cierra los ojos y respira primero cogiendo aire por la nariz y después soltándolo por la boca para calmar el flato.
Cuando vuelve a abrir los ojos, se topa de bruces con un callejón sin salida.
El inmenso espacio forestal abandona el primer plano y ante sus ojos se muestra el final del camino.
Un acantilado rocoso marca el desenlace de la frenética carrera. El estruendo de las olas impactando en las rocas, envueltas en una masa de algas, tierra y sal, establece el tempo que sigue el corazón de la mujer.
Al pie del cañón, con la niña cogida del brazo, la mujer se plantea cómo va a acabar su historia.
Mira al frente, siente que algo se acerca.
Sigue pensando qué hacer. El corazón le zapatea en el pecho como un bailaor de flamenco.
1. Dejarse atrapar, no es una opción.
2. Correr hacia otro lado, no le gusta demasiado.
3. Saltar, no sabe ni qué pensar sobre esta.
La taquicardia le inunda el pecho. La respiración entrecortada, fruto de la carrera y de la adrenalina, le impide seguir teniéndose en pie.
La mujer, o lo que queda de ella, se agacha hacia la niña, es decir, a Julia.
—Todo saldrá bien, Julia, mi niña. Te querré siempre.
Acto seguido, agarra con firmeza a la criatura que tiene a su cargo. Coge impulso, salta al vacío sin mirar atrás.
La danza en el aire es de una majestuosidad admirable. Los brazos aleteando y las piernas moviéndose componen todo el movimiento de la caída.
Quedan diez metros hasta las rocas, van de lleno a estrellarse.
Cuando los dos cuerpos impactan, provocando la muerte, Julia se despierta antes de ver el rastro de sangre y los cuerpos moribundos.
Se despierta con dolor de cabeza, con la respiración entrecortada y con las pulsaciones más aceleradas de lo normal.
Cuando ya se ha tranquilizado, le surge la duda que la inquieta todavía más que el propio sueño.
¿Cómo es posible que la mujer sepa mi nombre? No la he visto en mi vida , se pregunta cada vez que el sueño la visita otra vez.
Nunca le da mayor importancia, siempre espera a la noche siguiente para ver si el patrón ha dejado de cumplirse.
Nunca le da el gusto.
Julia no se permite tener pensamientos de loca.