El susurro de las amapolas 1
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Así es la vida y así la hemos contado

Ha pasado casi un año desde que cerró la trilogía de la Marea Alta , no puede recurrir a ella, ambos protagonistas acaban muertos.

Todas las bocas de España alaban su figura, la nueva autora superventas de la literatura policíaca.

Después de casi quince años autopublicando en internet, consiguió publicar su primera novela con una editorial tradicional.

Vendió lo justo, unos doscientos mil ejemplares, aunque lo suficiente para que los críticos comenzaran a escribir sobre sus libros.

Había luchado mucho para llegar hasta allí.

Desde que solo era una niña desarrolló una capacidad especial para contar historias.

Siempre que su madre le preguntaba cómo le había ido el día, ella manipulaba los datos y tergiversaba la estructura de los hechos para dar un mayor dramatismo a la acción.

Se le daba muy bien contar historias, tanto que se convirtió en una mentirosa compulsiva a los doce años.

Sus detalles, sus descripciones y sus tramas complejas hacían que fuera impensable no creer la veracidad de los hechos.

Ganó muchos de los concursos literarios de su instituto, y algunos a nivel nacional.

Tanto fue el revuelo, que comenzó a correrse la voz sobre la futura escritora.

¿Era lo que deseaba?: probablemente no. Esa idea se le inculcó hasta la médula, fue la gente la que acabó por convertirla en lo que ahora es.

Una escritora de éxito. Uno de esos tantos rostros televisivos que inundan las páginas web de las librerías.

De esos nombres que reverberan por los centros comerciales y en los reels de Instagram que promocionan nuevas lecturas, aunque sean las mismas que siempre.

De esas personalidades que ya acumulan miles y miles de seguidores en redes sociales.

A la par que publicaba microrrelatos en un blog de internet, fue desarrollando la trama para su primera novela de verdad.

Compró tres libretas, una para cada libro de la trilogía.

Estuvo cinco años planeando, desglosando y exprimiendo cada idea que se le pasaba por la mente para convertirla en algo que mereciera la pena.

Una vez que tuvo el corcho lleno de papeles de colores muy anotados y la pizarra llena de conexiones imposibles, pidió una excedencia en su trabajo para dedicarse por completo a su ópera prima.

Se pasó dieciocho meses escribiendo su primera novela, y parte de las otras dos.

Después de cincuenta y tres revisiones consiguió el objetivo de cualquier novelista, llegar a las cien mil palabras en unas cuatrocientas setenta páginas y se decidió a mandarlo a la mayor editorial sobre suelo español.

Tardaron unos seis meses en leer el manuscrito, pero ella no se quedó de brazos cruzados y siguió adelantando la segunda parte de la trilogía.

No dudó ni un día en que la novela vería la luz, fuese como fuese.

Aún recuerda la cara que puso cuando vio el correo de la editorial en su bandeja de entrada.

Abrió el email convencida de que rechazaban la propuesta y firmaban con un: sigue intentándolo, gracias por habernos elegido y por haber depositado tu confianza en nosotros.

Pero, nada más lejos de la realidad. Al parecer, hay sueños que sí que se cumplen.

Al director jefe le había encantado la propuesta: trama adictiva, capítulos cortos, giros constantes en la trama y alguna que otra escena subida de tono entre los protagonistas.

Le ofrecieron una oferta que difícilmente iba a rechazar.

La publicaron al cabo de tres meses.

La gira promocional y las firmas duraron cuatro. Recorrió toda España encontrándose con los lectores y pintando rayajos en las páginas de cortesía.

Al fin era feliz.

Un año después, con más de doscientos cincuenta mil ejemplares a la espalda y una quinta edición en camino, el libro terminó por consagrar su figura.

Mar de Fuego , la primera parte de su aclamada trilogía, llegó a vender un millón de ejemplares a tan solo unos meses desde su publicación.

La pareja inspectores protagonistas, Raquel y Arturo, penetraron en el corazón de la gente.

A este le siguieron Mar de Almas y Mar de Sombras , que finalizaron la labor de volverla una figura de renombre en el ámbito de los literatos.

Sus novelas consiguieron enganchar a públicos de todas las edades.

Gente que antes no leía, ahora devoraba las páginas como si fueran lacasitos.

Estos dos personajes la llevaron de lleno a la fama, lo que tanto había ansiado.

Sus novelas se traducían a más de cuarenta idiomas y se editaban en sus respectivos países.

Millones de lectores conocían a los protagonistas del momento, no quedaba ni una persona que no hubiera oído hablar de la trilogía cumbre de la novela negra española.

Cuando se dio cuenta de que la historia debía de cerrarse con la muerte de los inspectores, no dudó en darle a los lectores lo que merecían.

Asesinó a sangre fría a las gallinas de los huevos de oro, sin posibilidad de recuperarlas (cualquiera diría que los mató de verdad por la manera en la que lo hizo.

A decir verdad, deberían haberla llevado a la cárcel después de aquello).

No le tembló el pulso al escribir los dos párrafos del último capítulo del libro.

Confiaba que las ideas, esas musas que viven en un rincón de tu alma, surgirían de la nada para alumbrarle en el camino de una nueva novela.

Un año después, tras experimentar de primera mano el éxito, se encuentra con el bloqueo de los escritores, esa enfermedad —por suerte indolora— que lleva consumiéndola cada vez que se sienta delante del ordenador para escribir.

Se ha pasado los trescientos sesenta y cinco días de este año buscando un resquicio del que tirar para elaborar la que quiere que sea su siguiente obra maestra.

Y, la verdad, no ha pasado de la página en blanco.

Ni el título ha conseguido poner, cosa que ni le cuesta.

¿Dónde coño está ese fuego que lo hacía todo fácil?

¿Dónde está esa llama que le hacía escribir cincuenta páginas en una noche sin darse cuenta?

El boom que pegan los libros y el éxito que generan es exógeno, no duran más de un año.

El gran público espera con ansias el regreso de la reina del thriller español, y no tiene ni una miga para darles.

En cuanto explote otro autor nuevo con una trama más original que la suya —o uno mediocre pero que caiga en gracia—, uno que sí deje huella en los lectores, desaparecerá de la mente de aquellos que la han idolatrado.

No puede permitirse perder aquello que tanto tiempo y esfuerzo le ha llevado conseguir.

La editorial está ansiosa por leer el nuevo manuscrito, el que les ha asegurado que está terminando. Tiene algo menos de un mes para entregarlo, si no, puede que le den la patada y dejen de publicarla.

¡Pero cómo vas a matar a tus personajes estrella, estás loca! ¡Haz un universo, expande su historia! ¡No pierdas la oportunidad de seguir vendiendo, al público le encantan tus novelas, dales lo que quieren!

Eso fue lo que le dijo su jefe, Rodrigo, cuando comenzó a corregir su última novela.

Ella se defendió como las escritoras egocéntricas que creen que por haber vendido exitosamente, a pesar de haber tenido más fracasos que éxitos, pueden hacer lo que les plazca sin mirar atrás.

Le dijo a su jefe —al cual odia y ama a partes iguales— que esa era su gran historia, tal y como la concibió mientras dormía a su hijo en plena ola de calor.

Ojalá le hubiera hecho caso antes, se habría ahorrado muchas horas infructíferas delante de la pantalla.

Es una impostora y una mentirosa, a partes iguales.

Se llama Julia y es escritora, entre otras cosas. No es que se le den bien más disciplinas, pero se apaña. Ahora, puede que solo sea Julia, lo de escritora mejor lo dejamos apartado hasta que consiga hilar más de dos párrafos que le gusten.

Eso es todo en cuanto a la vida profesional, toca abrirse en lo personal, lo que es peor. Hablar de su vida le cuesta lo suyo, tiene traumas, como todo el mundo, pero ya hemos dicho que es egocéntrica, y el hecho de sincerarse con desconocidos no le resulta del todo agradable.

Se divorció de su marido, Jacobo, hace un año.

Su impulsividad hizo que se casara muy joven, lo que fue una alegría inmensa para sus padres. Ella, feliz de la vida, creía que tener un compromiso con una persona que no eres tú mismo era facilísimo.

No hubo cuernos, si eso es lo que se pregunta cualquiera que tenga una brizna de curiosidad. Simplemente, se hartó de aguantar a una escritora que está como una puta cabra.

Cuando Julia se quedó embarazada, llevaba meses intentando dejar a Jacobo, después de toda la adrenalina que supuso la boda, Julia ya se había cansado de tener que compartir un techo con alguien que no le hacía sentir nada por dentro.

Él, en cambio, se ilusionó demasiado con el tema del bebé.

Jacobo es un padrazo, eso no se lo vamos a negar.

Al quinto llanto del bebé la primera noche, Julia ya estaba hasta el coño de su hijo.

Parece que es una madre horrible, pero no es oro todo lo que reluce, tiene sus puntos positivos que no vamos a mencionar aquí.

Julia se cargó su matrimonio desde dentro, perdió a su marido por perseguir su sueño.

Pasaba prácticamente todo el día encerrada en su despacho escribiendo la novela, incluso si te acercabas a la puerta y había el suficiente silencio, podías escuchar el tecleo incesante de una escritora obsesionada.

Solo salía para ir al baño, apenas se cruzaban.

Dejaba todo el día y toda la noche a Jacobo cuidando al niño, que luego no se extrañe si le tiene más cariño a su padre.

Ahora, mirando con distancia al que ha sido el hombre de su vida, y que es el padre de su primogénito, le compadece por aguantar todas las veces que ha descargado su frustración contra él por no sacar una frase. Menos mal que la dejó, si tuviera que aguantarla ahora, ya la habría estrangulado.

Daniel, el hijo al que adora, se pasa gran parte del día con sus abuelos, lo que contribuye a que su actitud cambie con la que él cree que es su madre.

Su madre se pasa más de dieciséis horas para intentar poner la mayor cantidad de letras en un folio en blanco.

Para lo que sirve, ya podría pasar más tiempo con él, que luego crecen sin que te des cuenta y te arrepientes de un montón cosas.

Como su hijo no la ve, y cuando lo hace no presta atención, considera a sus abuelos como sus verdaderos padres.

En cuanto a sus padres, la soportan, que no es poco.

Con la edad que arrastran, ya no tienen la cabeza para aguantar las preguntas de una escritora frustrada y perturbada.

¿Os gusta el título? ¿Cómo desarrollaríais este capítulo?

¿Es original? Sus progenitores, que no han ido a la escuela en su vida, se esfuerzan todo lo posible por contestar cosas coherentes sin apenas errores gramaticales.

Yo, hija, no sé si esto será asín . Este es el tipo de respuestas que le dan, pero no se queja, porque aprecia el gesto y al menos le dirigen la palabra.

Ellos han sido unos currantes natos toda la vida, de esa gente que salió de su pueblo para buscar un futuro mejor.

Él se convirtió en obrero y ella en limpiadora, nunca se han quejado del dolor de espalda.

Son esas típicas personas mayores que se sientan a tu lado en el banco de un parque y te dice que donde ahora hay rascacielos antes todo era campo.

Hemos hablado ya de dos de sus vidas, la pública, en la que ejerce como escritora y la privada, donde residen sus ámbitos personales y familiares.

Solo falta la tercera vida, la secreta. Tampoco nos volvamos locos, que Julia no tiene muertos en el armario.

Lo único que esconde es una vivencia que no ha relatado todavía ni a su psicóloga, porque ya hemos dicho que contar sus vivencias a desconocidos le resulta de todo menos fácil.

Ella es más de ir a un 100 Montaditos y ponerse hasta las cejas de cerveza (o un buen tinto de verano), que con un poco de alcohol todo se arregla.

Ahora, le toca confesar, tiene que ser valiente. Julia es experta en mentirse a sí misma. Lo que falta es una experiencia onírica. Lo del sueño, eso es lo que falta por contar.

Creo que os va a encantar.