El susurro de las amapolas 8
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Road trip

Nunca sabes lo que llevar en una maleta. Casi siempre el espacio lo ocupan los por si acasos más que las cosas esenciales.

Y es que hace muchos años —incontables ya— Julia no tenía que preocuparse por lo que metía o dejaba de meter en la maleta.

Del equipaje y del resto de cosas se ocupaba Jacobo, por eso Julia no se quejaba ni lo más mínimo de las mudas, pijamas, pantalones y camisetas de mangas largas que completaban y cargaban la maleta solo por si acaso.

Por eso, ahora mismo, Julia no tiene ni la más remota idea de hacer el equipaje.

No sabe cómo se meten las camisetas para que no se doblen y arruguen, no sabe de qué manera se aprovecha más el espacio.

Julia no sabe hacer nada por sí sola desde que dejó a su marido.

Hace meses que Julia no sale de su piso en Madrid, recluida en un sinfín de pensamientos negativos e intrusivos. De puertas para adentro, se cierra en canal. De copas para afuera, es un libro abierto, valga la redundancia.

Julia deja su piso, caro, hermoso, amplio y elegante a las tres y veintidós minutos de la tarde del miércoles.

Baja por el ascensor los más de quince pisos con casas iguales a la suya.

En ese edificio, uno de los más antiguos de Madrid, solo pueden vivir personas que dediquen el cincuenta por ciento de sus ingresos a pagar las letras del hogar.

El Opel Astra está aparcado a unos quince minutos de la puerta del edificio, ya que por muy escritora de renombre que sea, Madrid es Madrid para todos por igual.

Carga con la pesada maleta por más de tres aceras esquivando al mismo tiempo a oleadas de turistas asiáticos y algún que otro carterista en busca de la Plaza Mayor.

Cuando llega al coche, se da cuenta de que la última vez que lo aparcó se le olvidó hacer una cosa.

Mierda, se me olvidó ponerle el cartón al parabrisas , se lamenta, inútilmente. Después de una semana en plena ola de calor, una sauna se le queda corta al coche.

Julia abre el maletero e introduce la maleta.

Es ahí donde piensa, quizá por última vez, si lo que está haciendo no es más que un impulso tonto que acabará convertido en un error fatal.

Ya lleva varios errores fatales en su vida, y todos ellos han sido fruto de la impulsividad del momento.

Con la adrenalina que lleva en el cuerpo negarle algo a Julia no es una opción viable.

Si se trata de un error, ya lo solucionará después. Será un problema para la Julia del futuro. Eso es lo que dice siempre y no acaba bien, no hay más que verla.

No se lo piensa dos veces y se mete en el coche a configurar el GPS.

Tras quemarse un poco el cuerpo con la tapicería de cuero y los brazos con el cinturón, Julia agarra el volante con fuerza, pisa el acelerador a lo Thelma y Louise, y pone rumbo al País Vasco.

Tres horas y veintisiete minutos después, Julia ya está harta de escuchar Kiss FM en la radio del coche.

Como buena chica urbanita podría haberse acordado de llevarse los auriculares, pero resulta que eso no lo ha metido en la maleta.

Tampoco había reparado en que han desactivado la aplicación pirateada del Spotify, así que se ha conformado con sintonizar la radio y rezar para que salgan canciones de Aitana.

No tarda en encontrar un desvío que conduce hacia una gasolinera. Valora parar para descansar un poco.

Cuando vuelven a repetir por quinta vez la canción de Esa Diva de Melody, y las tripas le rugen con fiereza, se decide a hacerlo.

Un sándwich de pavo con queso y varios refrescos después, Julia valora si echarse una siesta en el coche.

Tener el estómago lleno es peligroso , piensa.

El flujo de melatonina se le corta en seco cuando una melodía resuena en su móvil.

Lo que se le dispara ahora es la adrenalina cuando ve que la persona que la está llamando es su jefe.

Siempre que descuelga el teléfono y él está al otro lado de la línea, casi siempre son malas noticias.

Hoy no van a ser menos teniendo en cuenta el vacío que hizo Julia en la reunión editorial del otro día.

—Hola, Rodrigo.

—Hola, Julia, siento mucho lo de tu madre.

—Gracias.

Tres segundos de silencio. Un interminable lapso de tiempo.

—Oye, ¿estás en casa?

—Ahora mismo no, me pillas fuera. ¿Por?

—Quería comentarte lo de la entrega de tu manuscrito.

—Rodrigo, no es el momento adecuado para hablar de trabajo, se acaba de morir mi madre —contesta, muy seca.

—Lo entiendo, pero que sepas que te hemos dado una semana más de plazo, con lo de tu bloqueo seguro que te viene bien para darle vueltas a alguna que otra idea.

—Bien, ahora te tengo que dejar.

—Una semana, no más —repite Urquieta, como si la presión que tiene Julia fuera insuficiente.

Cuando Rodrigo le tiene que repetir algo a Julia más de dos veces, la cosa no suele acabar bien. Entre que una es cabezota y el otro avaricioso, tenemos el corral de gallitos al completo.

Después del recordatorio, ambos cuelgan.

Bien entrada ya en el norte de la península, oliendo ya la brisa salina que se cuela por las ventanillas del coche, Julia se permite dejar su mente en blanco y parar la maquinaria.

Se pregunta si Daniel habrá cenado ya, ni le ha llamado siquiera antes de partir de Madrid.

Al ser el primer viernes del mes, su padre le habrá llevado a cenar esa hamburguesa que tanto le gusta y que nunca se termina.

Después seguro que subirán a casa y se quedarán dormidos viendo El libro de la selva .

Ya ni siquiera recuerda cuándo fue la última vez que hizo algo con él.

Lo que si recuerda fue lo último que le dijo: no molestes a mamá, que está trabajando, vete al salón con el abuelo .

Soy una madre de mierda , se lamenta.

Aún le quedan unos cuantos años para que su hijo desarrolle una conciencia propia y elija estar con su padre a tiempo completo. Jura que se va a poner las pilas en cuanto aclare lo de su familia perdida. Ella no va a permitirse perder a su hijo, a menos que sea él quien decida marcharse.

El sol está comenzando a descender, en pocas horas se habrá ocultado por completo, dejando al descubierto un precioso manto de estrellas, esas viejas amigas ancestrales que no se dejan ver en ambientes de ciudad.

Pero ellas siempre están ahí, observándolo todo.

Debe darse prisa si quiere registrarse en el hostal.

Enfilando el último tramo antes de atravesar Bilbao, a cien kilómetros por hora y con la brisa bilbaína acariciándole el cabello rubio ondulado, Julia tiene una duda trascendental.

Aún le queda una hora para contestarla.