El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Epílogo 1
97%

Epílogo 1

La jubilación

Ocho semanas después

Las semanas pasaron con rapidez. Octubre llegó a Cádiz sin avisar y para finales de mes, ya se notaba que las mañanas habían dejado de ser solo agradablemente frescas.

La chaqueta se había vuelto una prenda imprescindible al salir temprano de casa, señal de que el otoño iba avanzando poco a poco.

Los días también se iban acortando, pero todavía había suficiente luz diurna para poder disfrutar de suaves tardes en la playa, sin la aglomeración de turistas, propia del verano.

—Buenos días, Sofí. ¿Qué hora son estas de llegar a tu puesto de trabajo?

Sofía se detuvo en seco al ver a Daniel sentado cómodamente en la silla de su escritorio, esperándola con su habitual café .

—Y tú, ¿qué haces aquí? —le preguntó con una sonrisa que a él le pareció la más hermosa del universo. Se acercó a donde estaba y lo besó en los labios—. ¿Cuándo has llegado? Pensaba que no volverías hasta mañana de Valladolid.

—Sí, pero como me quedaba poco para terminar, preferí darle un achuchón final para entregar la tasación un par de días antes de lo previsto. La verdad es que tenía ganas de volver.

«Ganas de volver...»

Uf, quién se hubiera imaginado que él pudiera decir algo así apenas dos meses atrás.

—Por cierto —continuó—, me han llamado de la inmobiliaria para ver un piso esta tarde. ¿Vendrás conmigo? Ya que espero que pases gran parte de tu tiempo en él, me gustaría conocer tu opinión.

Sí; definitivamente habían cambiado muchas cosas.

Era cierto que había semanas que se las pasaba fuera de lunes a domingo, pero siempre terminaba por volver a ella. Por volver a sus raíces.

Habían pasado juntos el mes de septiembre, aprovechando las vacaciones anuales de Sofía.

Para esas fechas, Daniel tenía un encargo en Cartagena de Indias que consistía en la tasación de unos legajos antiguos, así que ella lo acompañó y, en sus ratos libres, aprovecharon para disfrutar del ambiente, las playas y la cultura de Colombia.

Había sido un viaje de ensueño.

—¿Dónde? ¿En la Viña?

Daniel bufó.

—Sofi, sabes que quiero muchísimo a mi madre, pero como me mude al barrio, la voy a tener todos los días metida en casa queriendo cocinar y lavándome la ropa como cuando tenía quince años. Esa mujer se cree que todavía soy un niño .

—No te quejes. Eres su único hijo y has estado fuera demasiados años. A la pobre mujer todavía le parece mentira que estés buscando casa en Cádiz.

—Supongo que tienes razón. Pero tiene que comprender que todo requiere su proceso. Todavía me cuesta, no lo voy a negar.

—Lo sé. —Rodeó la silla en la que él estaba y lo abrazó por detrás —. Por eso estoy tan orgullosa de lo mucho que has avanzado en tan poco tiempo.

—Bueno, todavía me cuesta bajar a la playa...

—Pero lo haces. E incluso nos hemos bañado juntos. Como dices, es un proceso, y Roma no se construyó en un día. Pero vas avanzando y eso es lo que importa.

Él se aferró a los brazos que lo rodeaban.

—No lo hubiera conseguido sin ti.

—Claro que sí. Solo tenías que tener fe en ti mismo.

—Te quiero tanto, Sofi.

—Y yo a ti.

—¿Eso significa que puedo contar contigo para ver el piso? —giró la cabeza por encima del hombro y la miró, con una sonrisa en los labios.

—Claro, pero todavía no me has dicho dónde está.

—A dos calles de tu casa. Así te puedo tener cerca por si me vuelven los fantasmas.

—Tus fantasmas se están alejando, Daniel. Déjalos correr y disfrutemos del momento.

—Nada me gustaría más.

Doña Pilar se jubiló el dieciocho de noviembre. Sofía la ayudó a recoger sus cosas: una planta que tenía en la esquina del despacho desde antes de que Sofía llegara, dos marcos con fotos y una taza con el logo de unas jornadas de 2007.

Cuando terminaron de empaquetar, doña Pilar miró el despacho vacío durante un momento.

—Cuarenta años… —dijo, sin dirigirse expresamente a Sofía. Era más bien un pensamiento propio.

—Ya es tiempo de que descanses. Te lo mereces.

Doña Pilar se volvió hacia ella.

—Sí, pero va a ser raro no volver cada mañana a la oficina.

—Esta siempre será tu casa, aunque no hace falta que yo te lo diga.

—Cuida bien el archivo, Sofía. Sé que contigo estará en buenas manos.

—Gracias, doña Pilar. Así lo haré.

—Bueno, vamos de una vez. Es la hora.

Cogió la caja con sus cosas, con la planta encima de todo, y salió del despacho por última vez.

Aunque no quería que se hiciera ninguna despedida oficial, media Diputación fue a la puerta a compartir con ella el momento de la última picada oficial.

Le entregaron un ramo de flores y se hicieron fotos colectivas en la escalera principal de la Diputación.

Fue un momento muy emotivo para todos, en especial para la jubilada que dejaba atrás más de media vida dedicada a aquella institución.

De regreso al archivo, Sofía se quedó en el umbral mirando el despacho vacío durante un momento. Sintió el teléfono vibrar en el bolsillo y comprobó que era Daniel.

Lo cogió al momento.

—Hola, Sofi. ¿Todo bien?

—Sí. Ya se ha ido. Comienza una nueva etapa. Ahora a esperar a que venga su sustituta.

—Deberían ponerte a ti. Conoces aquello mejor que nadie.

—Ya, pero las cosas no funcionan así, y lo sabes. No pasa nada. Esperemos que quien venga lo haga con ganas de trabajar.

—Te recuerdo que tienes un puesto en mi empresa, si algún día te cansas de lo público.

—¡Ja! No te lo crees ni tú. Con el trabajo que me costó sacar la oposición, no voy a renunciar a mi puesto. Si algún día se deciden a convocar promociones internas en esta bendita institución, igual me presento. Pero yo seré quien forje mi propio camino.

—Oye, qué bonito te ha quedado eso. ¿Me estás diciendo que me vaya a freír espárragos?

Sofía se rió.

—No, tonto. Pero ambos estamos contentos con nuestros trabajos y, sobre todo, de nuestra independencia profesional.

—Que no personal... —matizó él.

—Que no personal —confirmó ella.

—Bueno, pues cuando salgas, ven para mi casa que te tengo preparada la comida. He puesto papas con chocos.

—Humm. Eso sí que no me lo pierdo.

—Receta de doña Concha, que conste.

—Entonces, mucho menos .

Cuando colgaron, Sofía miró el teléfono y se rió. Luego volvió al trastero y fue a visitar a su estrella.

—Gracias por traerme a Daniel —dijo acariciando la figura geométrica—.

Y, sobre todo, por unirnos y darnos esta oportunidad.

Quizás si tú no hubieras estado, él se habría limitado a hacer su trabajo y se hubiera ido.

Pero encontró algo en ti que merecía la pena descubrir.

Y de paso, nos encontramos el uno al otro.

Suspiró y apartó la mano. Se dio media vuelta y dejó el trastero mientras el sol entraba por la ventana, iluminando las marcas grabadas en la piedra.