El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Lo que no quiere perder

Los dos eran conscientes de que aquel domingo iba a ser el último que estarían juntos.

Arturo había confirmado la aceptación del informe el viernes por la tarde, antes de que completaran la activación de la estrella, por lo que el fondo virreinal de la Diputación Provincial de Cádiz quedaba catalogado y valorado.

Daniel ya había terminado su trabajo y tenía varios encargos pendientes de atender. Su presencia en Cádiz tocaba a su fin.

En definitiva, era hora de que su vida recuperase la rutina.

Pero solo Dios sabía que, en esta ocasión, no iba a resultar tan fácil.

Daniel giró la cabeza sobre la almohada y vio a Sofía a su lado que lo observaba con detenimiento. Se incorporó un poco y alargó la mano para apartar uno de sus rizos.

—Un real de a ocho a cambio de tus pensamientos — dijo él con una sonrisa.

—No pensaba en nada en particular. Solo que no me apetece moverme de aquí. El día de ayer fue muy intenso y tengo la sensación de estar de resaca.

Aunque había sonado convincente, aquello no era más que una enorme mentira. Lo que de verdad pasaba por la mente de Sofía no tenía nada que ver con los acontecimientos de la jornada anterior, sino más bien, con lo que tendría que afrontar a partir de la siguiente.

No quería que él se fuera. Así de simple. Solo deseaba que se quedara con ella y juntos pudieran descubrir a dónde les podía llevar aquello que habían comenzado.

Pero eso, por supuesto, no se lo diría.

No era de las que jugaban sucio y buscaban dar pena a un hombre para que no se marchara. Si él tenía claro cuál era su camino, ella también.

Tan solo le quedaba disfrutar de las últimas horas a su lado, asumir que lo eran y aceptar que cuando llegara el lunes, Daniel habría salido de su vida para siempre.

—¿Te apetece que desayunemos en la calle? —sugirió Daniel.

—Claro, ¿por qué no? Si quieres podemos ir a alguna cafetería del centro para que cuando terminemos, puedas ir al apartamento a recoger tus cosas…

Era un comentario sin ninguna intención, pero que, de nuevo, constataba el hecho de que aquello tocaba a su fin.

Daniel volvió a dejarse caer sobre la cama, abriendo los brazos en cruz.

—Estaba pensando que podría intentar cambiar el billete de tren para mañana… —sugirió, como si hubiera una gran diferencia entre irse un domingo por la tarde a un lunes por la mañana .

Sofía suspiró. No tenía sentido alargar lo inevitable.

—Venga, levantémonos de una vez que tienes cosas que hacer —dijo ella, incapaz de mirarlo a los ojos—. Además, te recuerdo que has quedado con tu madre para comer…

—Seguro que a ella no le importa si cancelo la comida.

—No, de eso nada. Madre no hay más que una y te lo digo yo, que ya no tengo la mía y daría lo que fuera por poder pasar un rato con ella.

Sofía sacó los pies de la cama y se dirigió al baño.

Daniel se sentó en su parte del colchón, pensativo.

Cuando ella volvió a aparecer, llevaba unos shorts vaqueros y una camiseta.

—¿Y si vienes conmigo? —sugirió él.

—¿A desayunar? Claro, si ya te he dicho que podríamos ir a…

—No, me refiero a comer a casa de mi madre. ¿Vendrías?

Sofía volvió a mirarlo y se sentó junto a él en la cama.

—Dani, ¿para qué?

Él sonrió.

—Es la primera vez que me llamas así. Solo mi madre y mis amigos de la infancia me llaman Dani. —Le cogió la mano sobre el colchón—. Me gusta que lo hagas tú también.

Ella apartó la mano.

—Anda, vístete —Le palmeó la rodilla un par de veces y se levantó.

Necesitaba un poco de espacio. Y Daniel supo entenderlo, así que no insistió más.

Fueron a la cafetería de la esquina donde muchas mañanas solían desayunar. Como el camarero ya los conocía, les sirvió sus consumiciones habituales sin necesidad de pedirlas.

Conversaron sobre cosas cotidianas, de los planes que tenía Daniel para el próximo encargo o de las vacaciones que iba a coger Sofía en apenas unos días, cuando llegara septiembre.

Pero no hablaron de lo que iba a pasar, al menos no directamente.

—¿A qué hora sale tu tren? —le preguntó Sofía.

Daniel dejó la taza sobre el plato.

—A las siete. —Movió la porcelana sobre el platillo, sin llegar a cogerla—. ¿Vendrás a la estación a despedirme?

Era la segunda vez que él mostraba un gesto que le daba a entender que quizás le costara el mismo trabajo que a ella el tener que separarse. Pero si él seguía con la intención firme de irse, ¿qué sentido tenía todo?

—No. No quiero ver cómo te vas —reconoció sin ningún pudor. Levantó la mano cuando vio que él iba a replicar—. No tienes que explicar nada. El encargo ha terminado. Es lo que hay.

Daniel la miró.

—Es que no creo que sea así.

—Daniel...

—Te estoy diciendo que no es solo el encargo. Que hay más…

Ella suspiró.

—Lo sé, pero eso no cambia el resultado, ¿verdad?

—Sonrió levemente—. ¿Sabes? Cuando llegué a la Diputación tampoco pensaba en quedarme.

Era para un contrato de seis meses y se suponía que, al terminar, volvería a mi casa.

Hasta que un día me di cuenta de que Cádiz era mi sitio y ya no me planteé otra opción.

No te estoy diciendo que hagas lo mismo. Solo te digo que las cosas cambian.

Daniel no respondió de inmediato.

—Supongo que sí.

—Pero...

—Pero no sé si puedo prometerte cuándo.

—Jamás te he pedido que me prometas nada —dijo—. Lo que te pedí fue que no me dieras algo con fecha de caducidad. Eso es diferente.

Y ahí, tuvo que reconocer Daniel, tenía razón.

Se despidieron en la esquina de la calle Columela. A Sofía no le apetecía acompañarlo al apartamento, aquel que ni siquiera había llegado a visitar, y ver cómo él hacía sus maletas. Ella le echó los brazos al cuello, hundió la cabeza en su hombro y se abrazaron con fuerza.

—Espero que te vaya todo bien —le deseó Sofía antes de soltarlo.

—¿Nos mantendremos en contacto?

Ella lo miró.

—El tiempo lo dirá.

Mientras hacía las maletas, en más de una ocasión Daniel se miró las coordenadas grabadas con tinta en su piel mientras pensaba en su madre que siempre le repetía aquello de « la tierra siempre tira .»

Sin embargo, llevaba demasiados años construyendo una vida fuera para no tener que mirar lo que había dejado dentro. No podía echar por tierra todo cuanto había construido.

Pero demonios… entonces, ¿por qué le dolía tanto el pecho?

El lunes, Sofía llegó al archivo temprano, a eso de las siete y media. Había dormido poco y mal, y en más de una ocasión había mirado su móvil esperando un mensaje que no había llegado. Pero que tampoco ella había remitido.

Quizás fuera mejor así. Cortar la comunicación y que el paso de los días, o de las semanas, fuera haciendo su trabajo.

Su oficina la recibió con un silencio distinto al de otras veces. Alzó la vista esperando oír la voz del comerciante en cualquier momento, pero aquella mañana ninguna de sus habituales frases la acompañó.

Sí. El silencio era silencio, pero este lo sentía diferente, y aquello la hizo sonreír porque sabía que, si todo había salido bien, así debía ser.

Encendió el ordenador, dispuesta a concentrarse en el trabajo.

Era lo mejor que podía hacer para despejar la mente de pensamientos y recuerdos que no tenían razón de ser.

Sin embargo, sentía que debía hacer una cosa antes de empezar su jornada.

Era como una última deuda pendiente con la que era necesario cumplir antes de volver a la rutina.

Se dirigió al trastero y al entrar, el ambiente la sobrecogió. No porque hubiera nada en especial. O quizás sí. Era como si hubiera cerrado un capítulo y necesitaba despedirse de Álvaro Montemayor desde el lugar donde más horas había compartido con él.

El día ya despuntaba y la claridad empezaba a entrar por la ventana. La estrella de ocho puntas, con la marca del cincel de Bernardo en uno de sus laterales, se mantenía todavía visible, aunque parcialmente en penumbra.

Se acercó a ella y siguiendo un impulso, alzó la mano y posó la palma sobre las líneas entrecruzadas.

—Descansa al fin, Álvaro. Espero que ahora estés junto a Isabel y puedas disfrutar en el más allá del tiempo que no tuvisteis en la tierra.

Cerró los ojos y simplemente dejó que los segundos transcurrieran para superar la momentánea sensación de soledad que la invadió.

No pudo.

—Sabía que te encontraría aquí. Por cierto, te he traído un café.

Su voz hizo que diera un respingo involuntario.

Se volvió a la velocidad de la luz y lo vio allí, de pie, con sendos vasos de café y una sonrisa que pocas veces le había visto.

Vestía unos vaqueros gastados y una camiseta de manga corta, prendas que tampoco le había visto jamás y que dejaba al descubierto las coordenadas de Cádiz grabadas en su brazo.

—¡Daniel! ¿Qué haces aquí? —preguntó, separando los dedos de la pared—. Te hacía en Madrid…

—Ya, y yo también. Pero no pude hacerlo.

Cuando llegué a Sevilla, me tuve que bajar en la estación de Santa Justa.

Traté de encontrar un tren de vuelta, y como no había ninguno, tuve que pillar una habitación en un hotel cercano.

Y tengo que reconocer que me vino muy bien. Necesitaba pensar y aclarar las ideas.

—Yo… No puedo creer que estés aquí. No sé ni qué decir.

—Podrías empezar por coger tu vaso de café, ¿te parece?

Sofía sonrió e hizo lo que le pedía. Sin embargo, no quería hacerse ilusiones antes de tiempo.

—¿Y has llegado a alguna conclusión ?

—No sé. Aunque si hay algo que me ha quedado muy claro. —Ella aguardó que el continuara hablando, expectante—. Que no me gustaría perder lo que por fin he encontrado aquí.

Sofía no dijo nada durante un momento.

—Pero, ¿y tú trabajo?

Él se encogió de hombros.

—Bueno, soy mi propio jefe, ¿no? Supongo que yo decido desde donde puedo trabajar, como llevo haciendo durante años. Pero no te quiero engañar…

Las alarmas de Sofía volvieron a activarse. Imaginar que se quedaría sin más era demasiado bonito para ser verdad.

Siempre había un pero .

—Como sabes, tengo varios encargos que atender con los que me he comprometido. Unos están en España, pero también los hay en Hispanoamérica. Y tú sabes cómo trabajo: necesito ver el material para poder realizar mi tarea. Eso supone viajes, idas y venidas.

—¿Y Cádiz? —preguntó.

—Cádiz de momento sigue siendo complicado —reconoció—. No creo que eso vaya a cambiar de repente. Voy a necesitar tiempo...

Sofía se mordió el labio inferior.

No era un « me voy a quedar aquí porque no puedo vivir sin ti», pero sí era un paso en la dirección correcta. O al menos, en un camino que podía llevarlos de la mano.

—Esto no va a ser fácil para mí. Quiero que lo entiendas —continuó—.

Sabes cuáles son mis demonios. Durante mucho tiempo pensé que, si me marchaba lejos, ellos se quedarían atrás.

Pero me he dado cuenta de que no es así.

Conoces los recuerdos que me atormentan, pero estoy dispuesto a intentar crear unos nuevos contigo. Solo te pido un poco de paciencia.

—Daniel.

—Sé lo que me vas a decir: que los proyectos no son más que una excusa para no afrontar por derecho lo que me atormenta y que…

—No, no te iba a decir eso. —Lo detuvo, haciendo que él la mirase—. Sólo quería recordarte lo que te dije en la playa el otro día: que no voy a dejarte caer. Que, si tú estás dispuesto, yo también. Y que dejemos que sea el tiempo el que decida a dónde nos lleva esto.

—No quiero tener que irme, Sofía. No quiero huir más.

A Sofía se le estrujó el corazón. Eran tantas las ganas que tenía de tocarlo, de sentirlo, de calmarlo, que dejó su vaso en una de las baldas del armario y se acercó a él para abrazarlo.

—Quédate conmigo, Daniel. Deja que juntos lo intentemos para que el día de mañana no tengamos que lamentar no habernos dado una oportunidad.

—Nada me gustaría más, te lo juro.

La abrazó con toda la ilusión y la esperanza que le provocaba un nuevo proyecto que, en esta ocasión no iba de un catálogo o una tasación, sino de algo mucho más importante.

Un proyecto de vida y de futuro.